INTERNACIONAL Crece
el cerco judicial y político Con Bush situado en los índices más bajo de popularidad, todo el fuego se dirige ahora a neutralizar al verdadero poder en la sombra de su gobierno: la camarilla Cheney-Rumsfeld |
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| Mientras el gobierno de Bush presionaba en el Congreso norteamericano para impedir la aprobación de una enmienda del senador republicano John Mac Cain –antiguo prisionero de guerra en Vietnam– prohibiendo expresamente la utilización de la tortura y el tratamiento cruel o inhumano a los detenidos, el periódico The Washigton Post hacía público que la CIA mantiene una red de al menos ocho cárceles secretas, financiadas por la agencia estadounidense y gestionadas por su personal, diseminadas por todo el mundo, entre ellas, al parecer, varias en países de la Unión Europea. En los últimos 4 años, más de 100 detenidos han pasado por esas cárceles, denominadas en los informes reservados de la CIA como “lugares negros”. Y, en efecto, la opacidad que envuelve todo lo que allí dentro sucede los convierte en auténticos “agujeros negros”. Nada se sabe de ellos. Ni donde están instaladas exactamente, ni quienes ni cuantos permanecen detenidos o han pasado por sus instalaciones, ni, por supuesto, lo que ocurre en su interior. El único caso que ha trascendido hasta el momento fue la muerte por congelación de un detenido en noviembre de 2002 en la llamada “Mina de Sal”, el nombre en código de una prisión secreta de la CIA en Afganistán que ahora ha sido trasladada a la base aérea Bagram, en los alrededores de Kabul. El prisionero murió después de que un agente de la CIA, contra el que no se ha presentado ningún cargo, ordenara que se le dejase encadenado al suelo de cemento sin ropa de abrigo durante toda la noche. Según informó el rotativo norteamericano, al menos desde 2004 en estas cárceles secretas los agentes de la CIA tienen autorización para utilizar lo que la agencia llama “técnicas ampliadas de presión en los interrogatorios”, un eufemismo para denominar distintos métodos de tortura que violan la Convención de la ONU contra la Tortura, entre ellos el conocido como “la bañera”, la inmersión del detenido en agua para hacerle creer que le van a ahogar. Esta alternativa de crear un red internacional encubierta de prisiones surgió poco después del 11-S, tras desechar los servicios de inteligencia norteamericanos la idea inicial de localizar y asesinar uno por uno a los principales dirigentes de la red de Al Qaeda utilizando métodos de “guerra sucia” o acciones militares similares a las que usa el ejército israelí contra los dirigentes de las milicias armadas palestinas. Consideraron entonces que les serían más útiles vivos que muertos para obtener información sobre la estructura de la organización de Bin Laden, convirtiéndose así la red de cárceles secretas en un elemento central en la guerra “no convencional” contra el terrorismo. En estos 4 años, la CIA ha mantenido dentro de esta red de instalaciones ultrasecretas a más de 100 detenidos, a 30 de los cuales califica de “importantes terroristas”. Estos prisioneros están aislados del mundo exterior, en la oscuridad, en celdas subterráneas, no se les reconocen derechos legales y nadie que no sea de la CIA puede hablar con ellos o verles. Otros grupos más numerosos pero considerados “menos importantes”, después de su paso por los “lugares negros” fueron enviados a Egipto, Jordania, Marruecos, Afganistán y otros países para ser entregados a sus servicios de inteligencia. Pese a la aprobación por el Senado de la enmienda del senador Mac Cain, el vicepresidente de EEUU, Dick Cheney, y el director de la CIA, Porter Goss, ya han advertido que no piensan aplicarla, solicitando que se libre de esa obligación a los miembros de la agencia. Cerco judicial a la camarilla de Cheney Al mismo tiempo que la prensa norteamericana desvelaba la existencia de esta red de centros clandestinos de tortura, el caso de la filtración de la identidad de Valerie Plame-Wilson –una agente de la CIA en la “Estación Ryad” de Arabia Saudí– concluía, por el momento, con la imputación de 5 cargos (falsedad en el testimonio, obstrucción a la justicia y perjurio) a Lewis “Scooter” Libby, jefe de la oficina del vicepresidente Cheney y su principal asesor. Durante la instrucción del caso lo que ha salido a la luz es cómo la identificación de la espía (esposa de un diplomático que denunció las mentiras de la administración Bush para intoxicar a la opinión pública y crear un clima de opinión favorable a la guerra de Irak) formaba parte de una campaña –diseñada en los aledaños de la Casa Blanca– dirigida a desacreditar públicamente al matrimonio y arruinar sus carreras profesionales. Campaña cuyo objetivo no era otro que hacer “un aviso a navegantes”; demostrar abierta e implacablemente lo que podría llegar a ocurrirle a cualquier alto cargo de la administración que se atreviera a denunciar las maniobras de la camarilla Cheney-Rumsfeld. El fiscal especial que instruye el caso ha dejado, además, la puerta abierta para imputar a Karl Rowe, principal asesor político de Bush y artífice de las campañas electorales que le condujeron primero a ser elegido gobernador de Texas y, posteriormente, a la Casa Blanca en dos ocasiones. Es en torno a lo que los propios sectores centristas del partido Republicano han pasado a denominar “la camarilla Cheney-Rumsfeld” donde está concentrándose ahora mismo el blanco de los ataques políticos, judiciales y mediáticos contra la línea Bush. Ataques que provienen ya abiertamente de sus propias filas. Con un presidente situado en los índices históricamente más bajo de popularidad, todo el fuego se dirige ahora a neutralizar al verdadero poder en la sombra de su gobierno: la camarilla Cheney-Rumsfeld. Quienes han acumulado en estos 5 años los suficientes enemigos, tanto en la clase dominante norteamericana, en el stablishment de Washington, en los medios de comunicación o en la opinión pública, como para enfrentarse ahora a un cerco que promete convertir los tres años que restan de mandato a Bush en un auténtico calvario judicial, mediático y político. Y con el empantanamiento de Irak y la doble amenaza del estallido de los déficit gemelos y el ascenso de China como telón de fondo. A. Beloki |
En estas cárceles secretas los agentes de la CIA tienen autorización para utilizar lo que la agencia llama “técnicas ampliadas de presión en los interrogatorios”, un eufemismo para denominar distintos métodos de tortura que violan la Convención de la ONU contra la Tortura.
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