EDITORIAL NACIONAL Cambio
de rumbo: Las señales que indican que la situación política ha entrado en un período de crisis profunda son cada vez más poderosas y se emiten cada vez desde entornos más cercanos a los círculos de poder con más peso e influencia en España |
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| “Derroteros de gravedad, país a la deriva”; “golpes de timón, cambios de rumbo, necesidad de un gobierno fuerte”; “reconducir la acción del Gobierno”;... Las afirmaciones que con insistencia repiten estos días algunos medios de comunicación no son nuevos en nuestra historia reciente. Los hemos conocido cada vez que los grandes centros de poder –de España o, principalmente, de fuera de ella– preparaban una reconducción del rumbo político del país. Que hoy vuelvan a salir a la luz es el mejor indicador de la gravedad de la crisis política a la que se dirige a pasos agigantados el gobierno Zapatero. Una cadena de agudas reacciones se ha adueñado del país desde la aprobación, el pasado mes de septiembre, del nuevo Estatuto catalán. Analistas y medios de comunicación coinciden en señalar que la crispación se ha adueñado de la vida política española. Mientras la izquierda lo achaca a la actitud de un PP que sigue sin asumir su derrota electoral del 14-M, para la derecha el problema reside en el sectarismo del gobierno de Zapatero. Tanto una como otra explicación, en apariencia tan dispares, tienen sin embargo un denominador común: ambas se quedan en la superficie del asunto, ponen de relieve alguno de los síntomas del enfermo, pero no la naturaleza de la enfermedad misma ni sus causas. Sin embargo, las señales que indican que la situación política ha entrado en un período de crisis profunda son cada vez más poderosas y se emiten cada vez desde entornos más cercanos a los círculos de poder con más peso e influencia en España. Del ámbar al rojo Las dos últimas señales, por el momento, han sido el espectacular descenso en la valoración de la gestión de Zapatero y en las expectativas electorales del PSOE que manifiestan todas las encuestas (y que amplios sectores del PSOE consideran que son sólo un pálido reflejo de la realidad), y las repetidas afirmaciones que los medios de comunicación atribuyen a Felipe González –no desmentidas por la cúpula del PSOE ni por él mismo– sobre la conveniencia de pensar en “una gran coalición a la alemana” entre PP y PSOE si el gobierno Zapatero no es capaz de cambiar el incierto rumbo en que ha embarcado al país con la reforma del modelo de Estado. Respecto a la primera no caben dudas sobre su significado: la mayoría social de izquierdas que aupó a Zapatero el 14-M exige firmeza en la defensa de la unidad de España. Y no está dispuesta a transigir con la falsa premisa de que más Cataluña signifique menos España. Mucho menos con que para contentar las exigencias de los nacionalistas se desarticule políticamente el Estado y se debiliten los sólidos, múltiples e históricos lazos de unidad, cohesión y solidaridad que siempre han existido entre el pueblo de todas las nacionalidades y regiones de España. Y ello tiene su reflejo en las encuestas. Al menos uno de cada tres votantes de izquierdas que el 14-M dieron su voto a Zapatero, hoy no lo harían. Interpretar la segunda señal, sin embargo, requiere de más perspicacia. Y no sólo por la versatilidad y la trayectoria política de González, sino por su cercanía a distintos centros de poder, tanto internos como externos, y su contrastada capacidad para convertirse en portavoz de sus intereses. En él no sólo son importantes las palabras, también los gestos y el momento elegido. Hay que valorar lo que dice, pero también dónde lo dice. Que sus primeras declaraciones las hiciera en Alemania, en vísperas de formarse el gobierno de “grossen koalition” y en el acto de recibir un premio por su destacada contribución al proyecto de unión europea es ya sumamente significativo. Sobre todo si tenemos en cuenta que es justamente de Berlín desde donde soplan los vientos que alientan la fractura del mapa político europeo. Y donde buscan impulso y cobijo los planes de desarticulación política y fragmentación de los viejos Estados-nación bajo el manto del proyecto de hegemonía germánica conocido como la Europa de los pueblos. Como tampoco parece casual que las repita, apenas 15 después, en el marco de un cenáculo oligárquico (el cumpleaños de Polanco) donde se dan cita los sectores de la clase dominante que más decididamente han apostado hasta ahora por Zapatero. Los conocidos vínculos de González a la clase política alemana y la cercanía de la fracción oligárquica representada por Polanco al eje franco-alemán dejan en el aire tantas incógnitas como certezas a la hora de interpretar el alcance exacto de sus palabras. ¿Está expresando González la inquietud de los centros de poder alemán porque la creciente y descontrolada deriva que manifiesta Zapatero les haga perder en meses la influencia política que les ha costado 8 años recuperar? ¿Está proponiendo la sustitución del actual “gobierno de coalición de antropófagos” por una especie de “pacto de no agresión” entre los distintos sectores de la oligarquía y los centros hegemonistas con los que se alinean unos y otros? ¿Y en nombre de quién lo hace? De lo que no cabe duda es de que, sea cual sea la respuesta, las afirmaciones de González anuncian un próximo punto de no retorno: o Zapatero cuestiona de forma inmediata el rumbo emprendido con la reforma del Estatuto catalán, o el cuestionado pasará a ser él. Tomar la iniciativa en dos frentes “La principal debilidad de Zapatero y del proyecto de fragmentación radica en la fortaleza de las corrientes patrióticas en el seno mismo del PSOE y que se oponen a la desarticulación y el desmembramiento. No pueden avanzar sin el PSOE, pero éste les puede jugar una mala pasada porque en su seno hay mucha más fuerza de la que parece” (De Verdad, septiembre 2005) Lo que las encuestas –y posiblemente también, de algún modo, la posición de Felipe González– no hacen más que reflejar es la verdadera correlación de fuerzas interna existente en el seno del PSOE. Mientras su actual dirección se ha embarcado con los Maragall, Carod e Imaz de turno en un peligroso rumbo hacia la desarticulación y la disolución de la unidad nacional, la inmensa mayoría de sus afiliados y votantes, en una proporción que debe superar seguramente el 80 o el 90% incluidos Cataluña y Euskadi, están por la defensa de la unidad de España y se sienten representados por las posiciones patrióticas y democráticas que encabezan algunos de los más destacados representantes socialistas como Bono, Guerra, Paco Vázquez o Rosa Díez. En el seno del PSOE y en su base de votantes existe fuerza más que sobrada para oponerse a los planes de fragmentación. Todo el problema consiste en ponerse a la cabeza de ella, en unirla y movilizarla para poner fin a esta deriva opuesta a los intereses populares y nacionales. Y ajena a la tradición y la memoria histórica de la izquierda española de la que el PSOE –la inmensa mayoría de sus cuadros, de sus afiliados y de sus votantes– forma parte irrenunciable. En unos momentos donde se promueven oscuras maniobras de reconducción desde los centros de poder imperialistas, es más imperativo que nunca que los sectores patrióticos del PSOE tomen la iniciativa. Aunque ello suponga tomar medidas extraordinarias, como las que ya han adelantado los sectores críticos del PSC proponiendo la refundación del PSOE en Cataluña para acabar con la impostura de quienes, en nombre del socialismo, han hecho suyas las banderas del nacionalismo burgués más rancio. Y promoviendo un amplio acuerdo entre los tres grandes partidos nacionales (PSOE, PP e IU) sobre las cuestiones fundamentales que hacen referencia a la defensa de la unidad y al modelo de Estado. Asuntos sobre los que sus 24 millones de votantes tienen muchas más coincidencias entre sí que con las propuestas insolidarias y rupturistas de Maragall, Carod o Ibarretxe. Lo excepcional de la situación en la que nos encontramos así lo exige. |
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