NACIONAL - ANÁLISIS Reforma
del Estatuto catalán A lo que asistimos hoy es a una reedición actualizada de la vieja codicia imperialista de las potencias europeas por mantenernos a toda costa y al precio que sea bajo su área de influencia y dominio |
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| “Nuestro país se enfrenta a la situación más peligrosa que ha vivido en los últimos 200 años. En todo este tiempo, nunca como ahora había estado en la agenda del imperialismo la desmembración de España como objetivo inminente. En las últimas décadas hemos conocido presiones hegemonistas que han llegado incluso a poner en peligro la democracia y las libertades, pero nunca la fragmentación de España estuvo en la agenda política de ninguna potencia imperialista como un objetivo inmediato”. (De Verdad. Diciembre, 2003) A medida que avanza la reforma del Estatuto catalán, aumenta entre la opinión pública –tanto a derecha como izquierda– la percepción de que se está jugando algo más que una simple reforma estatutaria. Que detrás de la insistencia en definir a Cataluña como nación, en crear 17 agencias tributarias y 17 tribunales supremos o defender un sistema de financiación injusto e insolidario se esconde un peligroso proyecto de desarticulación política del Estado, premisa indispensable para avanzar, en una etapa posterior, hacia la fragmentación de España. Gobierno y sectores de la izquierda culpan a la demagogia y las falsedades del PP la creación de este clima. Pero si esta fuera la causa, ¿cómo explican que un electorado progresista que hace apenas año y medio desalojó a la derecha del poder harto de su mentiras y su complicidad en la guerra de Irak, ahora le preste oídos en este asunto? No es cierto que el rechazo de la mayoría de la sociedad española al proceso iniciado por la reforma del Estatuto catalán o la caída en picado de la valoración de Zapatero en las encuestas tengan su origen en “la crispación” propiciada por el PP. Argumentos de este tipo sólo sirven para ocultar la existencia de las poderosas corrientes patrióticas de la izquierda que, ya en la lucha contra el nazifascismo y el Plan Ibarretxe, pero sobre todo con el nuevo Estatuto catalán, han comenzado a surgir, extenderse y articularse políticamente a lo largo y ancho del país. ¿Puede alguien en su sano juicio imaginar a Alfonso Guerra o a José Bono convertidos en activistas del regreso de la derecha al poder? Y ellos son sólo dos de las múltiples voces que desde la izquierda, y en particular desde las filas socialistas, se han levantado contra el camino emprendido por el nuevo estatuto catalán. ¿Se han convertido los Boadella, Félix de Azúa, Umbral o Savater –en un increíble proceso de metamorfosis política y personal– en los nuevos adalides de la mentira y el enfrentamiento? O, justamente al contrario, lo que han hecho es recoger y levantar las banderas históricas de liberales y progresistas, de una izquierda que jamás en nuestra historia se avergonzó de llamarse española. Que siempre reivindicó con orgullo, como decía Vicente Uribe, ministro comunista en el gobierno de Frente Popular en 1938, que “al mismo tiempo que los más consecuentes internacionalistas somos los más fieles luchadores y defensores de la República española; los más entusiastas defensores de la Patria española; los más fieles ardientes patriotas de la España democrática; los más decididos enemigos de toda tendencia separatista, los más convencidos partidarios de la Unidad Nacional,...” No es a los Acebes o Zaplana a quienes corresponde el “mérito” de que entre numerosos sectores de la mayoría social de izquierda se haya disparado la alerta y la preocupación por las ambigüedades de un presidente de Gobierno que no hace sino potenciar, por activa y por pasiva, los caminos de la disgregación. Instintivamente –como cada vez que nos hemos enfrentado a una situación de crisis nacional– nuestro pueblo sabe que quienes pretenden dividirnos lo único que buscan es dominarnos mejor. A quién nos enfrentamos Pero no basta con saber detectar
el peligro. Esto es condición necesaria pero no suficiente para
dar la batalla con éxito. Hay que tomar conciencia, al mismo tiempo,
de a qué y a quiénes nos enfrentamos. Bajo la apariencia de un falso conflicto interno, el que enfrentaría, por un lado, a partidarios de la unidad y, por el otro, a partidarios de la pluralidad, la realidad es que, como en otras ocasiones en nuestra historia reciente, lo que estamos viviendo es una aguda intensificación de la intervención imperialista en nuestro país para mantenernos divididos y dominados. Ya Dolores Ibarrúri, en plena guerra civil, ponía el dedo en la llaga, señalando como el carácter del conflicto que enfrentaba a los españoles en 1936 hundía muchas de sus raíces (si no las principales) fuera de nuestras fronteras. Y no sólo por la descarada intervención de las potencias nazifascistas (Alemania e Italia) en apoyo a Franco: “Ni la burguesía francesa ni el capitalismo inglés deseaban el triunfo de la España popular por múltiples razones, entre otras, por su constante enemiga hacia España, a la que necesitaban pobre, atrasada, para imponerle tratados ominosos y pactos leoninos. Por ello actuaron como lo hicieron”. A lo que asistimos hoy es a una reedición actualizada de la vieja codicia imperialista de las potencias europeas por mantenernos a toda costa y al precio que sea bajo su área de influencia y dominio. Y una vez más, la voz cantante la lleva la poderosa burguesía monopolista alemana, en esta ocasión con la impagable ayuda de la tan decrépita como ambiciosa plutocracia gala. Tras su reunificación, Berlín ha visto y está aprovechando la oportunidad de avanzar en sus objetivos ante el cada vez más evidente e inevitable declive norteamericano. Y su plan no difiere sustancialmente del proyecto hitleriano de la “Europa de los pueblos”, el viejo sueño germánico para imponer su hegemonía sobre Europa. Reconvirtiendo el continente europeo y transformando los antiguos Estados-nación en pequeñas unidades productivas que giren en torno a la locomotora-tanque germana. Para cuestionar los límites de los Estados actuales se utiliza en unos casos las diferencias étnicas o lingüísticas; en otros las diferencias económicas entre las distintas regiones, pero en todos los casos la tendencia inexorable es a la desmembración de los actuales Estados y la integración de las nuevas comunidades en las superestructuras europeas en las que Alemania ya se ha asegurado la hegemonía. Como ya supo ver Arzallus hace años: “los movimientos económicos que ahora hace Alemania ¡son los mismos que hizo Hitler con sus tanques, son los eternos caminos de la expansión germánica!”. Es la existencia de este proyecto hegemonista de dividir a los pueblos para dominarlos mejor, de fragmentar los países europeos para poner bajo su órbita a los mini-Estados que surjan de la ruptura el que da alas y cobijo a quienes, de otra manera, jamás habrían pasado de ser personajes de tres al cuarto, dedicados al cambalache y el trapicheo político. La unidad es la clave Y frente a los proyectos imperialistas de división, el pueblo no tenemos mejor herramienta que nuestra unidad. La unidad es el único camino para avanzar en un futuro de libertad, bienestar y progreso. Para el conjunto del país y para todos y cada uno de sus territorios y ciudadanos. Sólo fortaleciendo la unidad es posible desarrollar la pluralidad, multiplicar la solidaridad y hacer avanzar el progreso social. Esta es la línea que se corresponde con los intereses de todo el pueblo de las nacionalidades y regiones de España, el que siempre ha hecho suyo el pensamiento más avanzado y progresista de nuestro país, el que históricamente ha defendido la izquierda más consecuente y combativa. Y la línea que han atacado siempre quienes han querido dominarnos. Por que debilitar la unidad, romper la cohesión o fomentar la desarticulación siempre nos hace más débiles, con menos capacidad para luchar por nuestros intereses frente a monopolios y multinacionales, frente a burguesías imperialistas y potencias hegemonistas que aspiran a mantenernos enfrentados y divididos para imponernos más fácilmente sus designios. N.I. |
¿Es imaginable que personajes política y personalmente tan irrelevantes como Maragall o Montilla, e incluso tan estrafalarios como Carod Rovira puedan ser los que estén decidiendo el destino de España, la quinta potencia de Europa, la novena economía del mundo?
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