INTERNACIONAL Israel El terremoto político en Israel añade nuevas dificultades a la complicada situación a la que se enfrentan los planes de Washington para la región |
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El primer intento serio de aplicación de la Hoja de Ruta –la retirada de los asentamientos ilegales judíos de Gaza– está teniendo, por el momento, el efecto devastador propio de un terremoto político en el sistema de partidos israelí. Al abandono de Sharon junto a sus fieles del Likud –el partido en el que ha militado toda su vida política– se le ha sumado la salida del Partido Laborista de uno de sus históricos dirigentes, el que fuera brazo derecho del asesinado Begin y sempiterno ministro de Asuntos Exteriores, Simon Peres. Una nueva situación que, ante la inminencia de las elecciones generales el próximo año, dibuja un panorama político preñado de incertidumbres. La sucesión de seísmos
provocados en el modelo político israelí tras la retirada
de Gaza vuelve a poner la situación en Oriente Próximo –y
por extensión en todo el Gran Oriente Medio– pendiente de
un hilo. La muerte de Arafat y las urgencias norteamericanas de estabilizar
la zona ante su empantanamiento en Irak crearon las condiciones desde
principios de año para que, por primera vez en mucho tiempo, pudiera
pensarse en la posibilidad real de algún tipo de salida, siquiera
fuera parcial y momentánea, al hasta ahora irresoluble conflicto
palestino. Mal que bien, los acuerdos de Sharm El-Sheij firmados hace ahora diez meses se han venido cumpliendo no sin múltiples roces y desencuentros entre ambas partes (liberación de presos palestinos, construcción del muro, ataques y atentados de las milicias, represalias israelíes,... ) Y sin embargo, la fractura se ha abierto por el sitio más insospechado. La movilización de judíos ultraortodoxos y los halcones del derechista Likud fue capaz de provocar tal grado de tensión y desestabilización durante el desmantelamiento de las colonias judías de Gaza el pasado verano, que sus efectos políticos se han dejado sentir ahora, 4 meses después. Encabezado por Netanyahu, el sector ultraderechista del Likud ha utilizado todas las vías de presión y fractura sobre Sharon creando en el seno del partido gobernante una correlación de fuerzas hasta tal punto desfavorable hacia el primer ministro, que éste se ha visto obligado a abandonar el partido y anunciar la formación de otro nuevo con el que se presentará a las próximas elecciones. Paralelamente a esta ruptura en la derecha, en el Partido Laborista se producía un movimiento todavía más inesperado. En las primarias, el candidato de la izquierda sindical y pacifista, Amir Peretz derrotaba a quien todas las encuestas daban como ganador, Simon Peres, y anunciaba el fin de la colaboración de los laboristas en el gobierno de Sharon. Estos dos inesperados y simultáneos acontecimientos implican un sorprendente movimiento del tablero político israelí hacia la izquierda de consecuencias todavía inciertas. El Likud vuelve al espacio político que siempre ocupó antes de su llegada al poder, una derecha agresiva y radical. Partidaria del “Eretz Ysrael” (El Gran Israel) que abarca desde el Mediterráneo al Jordán y enemiga decidida de cualquier acuerdo de paz o concesión hacia los palestinos. Kadima (Adelante), el nuevo partido de Sharon, ha hecho de la Hoja de Ruta el centro de su programa político. Y se perfila, por tanto, como la alternativa más acorde con los planes norteamericanos para el país y la región. La progresiva concesión de elementos que conduzcan a la creación de un Estado palestino tutelado por Washington y Tel Aviv, mientras que a cambio Israel se anexiona el 60% de Cisjordania, el Gran Jerusalén, las “zonas de seguridad” del valle del Jordán y los territorios que rodean las vías de comunicación entre los asentamientos constituye su alternativa. El Partido Laborista, por su parte, abandona la condición de apéndice del Likud al que lo había arrastrado Peres y anuncia un programa basado en un proceso de paz negociada con los palestinos que desemboque en la creación de un Estado palestino de acuerdo a las fronteras de 1967 y en dedicar una parte sustancial de los inmensos gastos militares a una nueva política social de ayuda a los sectores más desfavorecidos. Cómo se desarrolle esta situación y en qué correlación de fuerzas finalmente desemboquen las elecciones de la próxima primavera es, a día de hoy, una verdadera incógnita. Todas las encuestas auguran un amplio respaldo para el nuevo partido de Sharon-Peres. Pero no hay que desestimar los mecanismos de poder electoral en manos del Likud. Ni la experiencia histórica de otros dirigentes (entre ellos Ben Gurión, primer ministro desde la fundación del estado judío hasta 1953) que fracasaron, pese a su popularidad, en sus intentos de levantar una alternativa electoral distinta a los partidos tradicionales. Lo único seguro, por el momento, es que el terremoto político en Israel añade nuevas dificultades a la complicada situación a la que se enfrentan los planes de Washington para la región. Atascados en Irak, con un Irán crecientemente radicalizado y con Siria-Líbano en el que de momento son incapaces de tomar la iniciativa, la inestabilidad que parece avecinarse en el futuro mapa político israelí es la peor de las noticias para Bush. A. Beloki |
El candidato de la izquierda sindical y pacifista, Amir Peretz derrotaba a quien todas las encuestas daban como ganador, Simon Peres, y anunciaba el fin de la colaboración de los laboristas en el gobierno de Sharon
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