CULTURA Premio
Cervantes 2005 El “tercer aire de mi narrativa” –como Pitol lo llama–, y sin duda el más personal, el ya plenamente pitoliano, “está marcado por la parodia, la caricatura, el relajo, y por una repentina y jubilosa ferocidad”. |
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La concesión
del Premio Cervantes de literatura a Sergio Pitol no es sólo un
acto de justicia a un maestro indiscutible de la lengua española
sino también una gran noticia para la literatura. Considerado durante
décadas un “autor de culto”, minoritario y excéntrico,
el escritor mexicano ha sabido llevar hasta el fin su compromiso con la
literatura al margen, y a veces de espaldas, a las exigencias del mercado,
de la publicidad, del mundillo literario y de las listas de ventas. Sergio Pitol nació en Mexico en 1933. A los cuatro años perdió a sus padres: su madre ahogada en el río, su padre por meningitis y su hermana “por desesperación”. Huérfano absoluto, quedó al cuidado de “una abuela magnífica” y de sus tías. Entre los 6 y 12 años enfermó de malaria, lo que le mantuvo largo tiempo encamado, y allí nació y creció y se desbordó su afición a la lectura. No es casual que al interrogarse sobre lo que somos, Pitol comience afirmando: “Somos los libros que leemos,...”. Esos libros, magníficamente leídos, devendrán en sus obras “personajes” vivos, activos, con trayectoria propia: nacen, crecen, viven y mueren como sus lectores. Luego Pitol cumplió sus deberes universitarios cursando las carreras de derecho y filosofía en México DF. Los estudios convivían con las tertulias interminables, las visitas a librerías, las amistades que se harían ya inamovibles e imprescindibles: como la de Carlos Monsiváis, otro de los escritores esenciales de México, con quien comparte no sólo la pasión por los libros sino “un mismo sentido de justicia, de asco, de decencia”. A partir de 1960 la vida de Pitol da un vuelco completo, iniciando un periplo de andanzas europeas que durará casi treinta años. Junto a los libros, los viajes son otro de los ingredientes esenciales de la literatura de Pitol: también ellos son algo más que un cúmulo de escenarios diversos, también ellos adquieren el volumen, el espesor, el tratamiento de “protagonistas”. Todo en Pitol es siempre diferente a lo que se pensaba y creía, todo adquiere dimensiones insospechadas, en todo hay un punto de transgresión... cometida con la mayor naturalidad, sin el menor aspaviento, como si andar por encima del mar fuera lo más natural del mundo. Mientras la lectura es “el viaje interior”, el viaje es la experiencia del mundo exterior: la relación de ambos conforma la dialéctica que nutre la obra de Pitol, sobre todo su obra final, cuando Pitol ha devenido ya en “maestro”. Pero antes le vemos pasando penurias de estudiante en Roma, haciendo de traductor en Pekín o Barcelona, como profesor en Bristol, dando conferencias por media Europa o convertido en diplomático... al otro lado del muro de Berlín. Muchas son las obras esenciales de la literatura que han llegado al castellano por la pluma y el trabajo de Pitol: por ejemplo, “El corazón de las tinieblas” de Conrad, obras de Henry James, de Jane Austen, de Nabokov, de Chéjov, de Malcom Lowry... o sus imprescindibles traducciones de “los polacos”: Witold Gombrowicz o Jercy Andrzejewski. Entre 1969 y 1972 formó parte del cuerpo diplomático mejicano, como agregado y consejero cultural, y estuvo en Varsovia, Budapest, París, Moscú. Entre 1983 y 1988 fue embajador de México en Praga. Vivió tres años en Barcelona, haciendo traducciones para Anagrama, Planeta, Tusquets y Seix Barral. En 1993 regresó definitivamente a México y se instaló en Xalapa, lejos del mundanal ruido; allí ha ido convirtiendo en literatura su vida, sus libros, sus viajes, inventando géneros con cada nuevo libro y ejerciendo un involuntario magisterio sobre toda la literatura en lengua española, que ahora, con el Cervantes, quedará también oficialmente reconocido. Pitol comenzó a escribir y publicar pronto: en 1959 dio ya a la imprenta un primer libro de cuentos, Tiempo cerrado. Eran los años en que en toda Hispanoamérica se trataba de asimilar la obra de dos gigantes americanos: Faulkner y Borges, dos maestros del lenguaje y el rigor, aunque dos formas distintas de entender la vida, la literatura y el destino. Sus primeras novelas: El tañido de una flauta (1973) o Juegos florales (1985) –que pertenecen ya por completo a su etapa europea– están escritas, en cambio, en otro registro. Es ahora la literatura centroeuropea (Thomas Mann, Hermann Broch), “por su afición a incorporar el ensayo como parte de la narración” , la que ejerce mayor influencia sobre Pitol. “Quería incorporar una tradición llena de ideas” –ha dicho Pitol–, y de ahí que el lenguaje de esa época tendiera “a la severidad”. El “tercer aire de mi narrativa” –como Pitol lo llama–, y sin duda el más personal, el ya plenamente pitoliano, “está marcado por la parodia, la caricatura, el relajo, y por una repentina y jubilosa ferocidad”. Lo componen las tres novelas que configuran su “Tríptico del carnaval”: El desfile del amor (1984, con la que ganó el premio Herralde), Domar a la divina garza (1988) y La vida conyugal (1991), en las que el humor delirante, la parodia jocosa y el “caldero faústico” juegan un papel determinante. Fue su respuesta mental y literaria a la grisura y severidad de los tiempos, de la realidad centroeuropea, y también un desahogo personal. “Durante el día, por mi trabajo, tenía que redactar una serie de informes con la prosa estirada de la diplomacia, así que por la noche dejaba que la escritura saliera con toda su espontaneidad. La parodia me ayudó a equilibrar mis neuronas, de otra forma habría enloquecido”. Pero también es el fruto de nuevas lecturas, de la frecuentación de literaturas y autores más excéntricos (y más humorísticos): Gogol, Sterne, Gombrocicz, Bulgakov, y también de los clásicos españoles: Quevedo, la novela picaresca, el “género chico” del teatro español. Mientras tanto, Pitol no ha dejado de ir publicando sus maravillosos cuentos, en los que –queriéndolo o no– contradice todo el arte narrativo moderno: si el cuento parece abocado necesariamente a la brevedad, concisión y contundencia, Pitol alarga la frase, la enreda, la retuerce, hasta convertirla en un laberinto. Cuentos como Nocturno de Bujara o Vals de Mefisto están sin duda entre los mejores que se han escrito en español. Y para completar este impresionante ciclo narrativo, Sergio Pitol ha consagrado sus últimos años a la elaboración de unos textos con los que consagrar definitivamente su “excentricidad” literaria, su afán de desbordar y mezclar géneros para seguir fecundando el hecho literario, y hacer una explícita defensa del gran canon literario frente a las pretensiones seudoliterarias de la “narrativa de entretenimiento”. Son textos en que se pasa sin barrera alguna de las memorias y la autobiografía a la ficción y el relato, donde aparecen los libros y los viajes pitolianos protagonizando la “acción” narrativa y donde lo objetivo y lo subjetivo aspiran a una síntesis, que si no en la vida, sí cabe plasmarla, literariamente, en palabras. Son textos como El arte de la fuga (1996), El viaje (2001) o El mago de Viena (2005), en los que Pitol asume, yo creo que al fin y sin complejos, ese papel de “maestro” que tantos y tantos escritores, lectores y críticos llevan años y años otorgándole. Con sus libros –que desgraciadamente nunca han tenido muchos lectores–, Pitol ganó los premios Xavier Villaurrutia (1981), Herralde (1984) y el Juan Rulfo (el más importante de las letras hispanoamericanas, en 1999). El Cervantes 2005 (en el año del cuarto centenario del Quijote) le consagra definitivamente como uno de los grandes de la literatura en lengua española. La comedia sin título El Teatro de la Abadía nos permite disfrutar de una experiencia poco usual: ver representada la Comedia sin título de Lorca. Y es de justicia, en primer lugar, agradecer la decisión de acercar otra vez al público el poderoso mensaje revolucionario que nos transmite, golpeándonos, zarandeándonos, incitándonos a la acción, esta obra lorquiana. Sin embargo, la representación incurre en varios “excesos” que desvirtúan la esencia de la obra. “Excesos” porque se trata de añadidos al texto original –sólo nos ha llegado el primer acto- que liman las aristas más contundentes de un Lorca radicalizado, en la forma y en el contenido, que hace que la revolución tome el teatro por asalto, y que pinta el Guernika antes de que la barbarie se produzca. En Comedia sin título el espectador se mezcla en el patio de butacas con presuntos espectadores; no, no ha llegado pronto, la obra ya ha empezado aunque vea el escenario desordenado poblado de cajas y de actores que parecen prepararse para el ensayo de Sueño de una noche de verano; también hay obreros y tramoyistas que dialogan entre ellos, y el autor y el director que mantienen una conversación sobre ¡cómo traer la realidad al teatro! De repente entra gente de la calle y anuncia que ha estallado la Revolución. Un espectador, caracterizado como un fascista, irrumpe en la escena para reclamar Orden, y asesina de un disparo al obrero que ha anunciado la llegada de la revolución. Los aviones bombardean la ciudad, el Autor exige que se abran las puertas del teatro para que la Revolución tome la sala. Y finalmente, el “viejo teatro “ que se niega a que la realidad “estropee” la representación, es incendiado, consumiéndose entre las llamas. Esto es Comedia sin título, mejor dicho el primer acto de la obra de Lorca. Escrita apenas tres meses antes del golpe fascista del 18 de julio. Y este es un dato esencial. No es posible comprender Comedia sin título sustrayéndole su contexto histórico y social. Estamos hablando de un momento de aguda radicalización, donde el pueblo español está conquistando, bajo el régimen republicano, cada vez mayores cotas de conciencia y organización. Y donde las clases dominantes ya han advertido con la brutal represión de la revolución del 34 hasta donde están dispuestas a llegar para defender su dominio. J. Albacete |
Sergio Pitol
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