NACIONAL

Las enseñanzas del 2005 y las batallas del 2006
Una batalla por la unidad

Si hay una batalla que ha estado en primer plano en el 2005, esta es la de la defensa de la unidad. Siempre frente a proyectos profundamente reaccionarios, bien directamente xenófobos y nazifascistas, como el plan Ibarretxe, bien insolidarios y excluyentes como el nuevo estatuto catalán.
Planes que atacan la unidad del pueblo español, y que por tanto sólo benefician a quienes pretenden dividirnos para dominarnos mejor.
Pero si el plan Ibarretxe fue derrotado gracias a la valiente lucha de los antifascistas vascos, respaldados por los demócratas del conjunto de España, el resurgir, también en Cataluña, de las corrientes patrióticas en el seno de la izquierda es el mejor recurso con que contamos.

Como darle oxígeno a Ibarretxe

Sólo unos meses después de que Ibarretxe sufriera una sonora derrota en las elecciones vascas, abriendo la posibilidad de la derrota completa del nazifascismo étnico, el gobierno del lehendakari se apunta una victoria consiguiendo aprobar, por primer vez en ocho años, los presupuestos. ¿Qué ha pasado? ¿Por qué se permite que Ibarretxe recomponga su posición cuando se encontraba en el peor momento? La respuesta no está en el lehendakari, sino en un Patxi López que ha pasado de la ambigüedad a la colaboración, prestando los votos del PSE para la aprobación de unas cuentas públicas que son uno de los instrumentos principales del régimen del nacionalismo étnico y excluyente.

Conviene echar la vista atrás y recordar que, en las elecciones que fueron los votantes vascos quienes finiquitaron el plan Ibarretxe. Si el lehendakari convocó las elecciones autonómicas a modo de plebiscito sobre su plan, rechazado en las Cortes españolas, uno de cada cuatro votantes del PNV le dieron la espalda. El PNV sufrió la mayor pérdida de votos –hasta 140.000–.

Frente a quienes colocaban la mirada en el ascenso del PC de las Tierras Vascas, la principal conclusión de las elecciones en Euskadi fue el rechazo de la sociedad vasca a los jerarcas del nazifascismo, a los Ibarretxe e Imaz. Entonces advertimos de que no era el momento de las concesiones, sino de lanzar una ofensiva por la libertad, manteniendo la firmeza y la movilización para transformar en decisiva la derrota del nazifascismo. Y la principal responsabilidad recaía en cómo las fuerzas democráticas gestionaran el fracaso de Ibarretxe.
Pues bien, desde la misma posición que nos condujo a pedir el voto para el PSE en aquellos comicios, levantamos ahora la voz frente a la intolerable deriva de Patxi López y Zapatero.

El voto favorable de Patxi López a los presupuestos de Ibarretxe no es un simple acuerdo puntual. A través de los presupuestos, el gobierno tripartito financia los aparatos del régimen destinados a difundir el odio, la exclusión y el terror: desde la educación etnicista hasta el entorno etarra. Como acertadamente han denunciado socialistas vascos como Rosa Díez “con este acuerdo hemos roto la promesa que hicimos a los ciudadanos en la última campaña electoral de utilizar sus votos para liderar la alternativa al gobierno nacionalista de Ibarretxe”.

¿Qué ha cambiado para que Patxi López y Zapatero presten ahora cobertura política a Ibarretxe? ¿Es que no siguen dimitiendo concejales socialistas que no pueden soportar la presión del terror? ¿Acaso Ibarretxe e Imaz han renunciado a su proyecto excluyente? La experiencia demuestra que si el régimen nazifascista persiste es porque, en sus peores momentos, alguien se ha aprestado a proporcionarle oxígeno. Eso es lo que está haciendo Patxi López, traicionando la memoria de la lucha por la libertad encabezada por muchos socialistas vascos.
Enseñanzas del manifiesto “¡Sí, tenemos que decidir!”

Estalla la rebelión democrática en Cataluña

El surgimiento de una rebelión democrática en Cataluña frente al nacionalismo excluyente es una de las mejores noticias del año

Hace unos años, un grupo de vascos valientes denunciaron que “en Euskadi se está formando una cruz gamada”. Su denuncia del nazifascismo étnico les reportó ataques, desde la exclusión y el exilio hasta el tiro en la nuca. Pero su ejemplo abrió una rebelión democrática que ha abierto espacios de libertad en Euskadi.
Este año, esa rebelión democrática ha llegado a Cataluña. Justo en el momento donde el nacionalismo catalán excluyente e insolidario se convertía en punta de lanza de los proyectos de desarticulación de España.

Los Boadella, Félix de Azúa, Francesc de Carreras, Félix Ovejero… se han rebelado frente a que, en el lugar de España donde las diferencias de clase entre la acomodada burguesía catalana y el pueblo trabajador son más grandes, un gobierno autodenominado de izquierdas coloque las cuestiones identitarias en primer plano, y no la resolución de las demandas populares.

Han denunciado que detrás del «oasis catalán» se esconde el nacionalismo insolidario, el azuzamiento de un enfrentamiento artificial con España, el desprecio hacia una buena parte de ciudadanos –los que no aceptan el diktat de los Pujol, Mas, Maragall o Carod Rovira–, a ser ciudadanos de segunda. Y que, en la línea del nacionalismo más reaccionario, señalan a quien no comulga con la verdad oficial como «enemigo de Cataluña» o «traidor a la patria».

Su valiente toma de posición les ha hecho blanco de los ataques del nacionalismo más reaccionario. Pero cada vez reciben un número mayor de adhesiones. Como ellos mismos afirman, son disidentes del poder político y económico que controla Cataluña, pero no de la sociedad catalana, donde una mayoría, hasta ahora sin un referente donde mirarse, se identifica con su denuncia. A pesar de los peligros que entraña el camino emprendido por el nuevo estatuto de Maragall y Carod Rovira, el camino de la rebelión está ya trazado. Y ésa es la mejor noticia del año.

Sólo hay una manera

Hay quienes, subvirtiendo la lucha antifascista en Euskadi, identifican la denuncia y la movilización contra el régimen de los Ibarretxe e Imaz con “un tiempo de crispación que es necesario superar”, y plantean “acuerdos transversales” con las cabezas del nacionalismo excluyente.

Frente a estas tergiversaciones no hay mejor respuesta que las lecciones de la publicación del manifiesto “¡Sí, tenemos que decidir!”.
En él cientos de pesonalidades de reconocido prestigio y desde el campo de la izquierda (desde Javier y Pilar Bardem, Juan Goytisolo o Antonio López hasta Nicolás Redondo o Marcelino Camacho) denunciaron no sólo el terrorismo de ETA, sino la responsabilidad en la falta de libertades y en “la atmósfera totalitaria similar a la del franquismo”, de los jefes del nacionalismo étnico y excluyente, “del propio gobierno vasco y la jerarquía católica vasca”.

Les hizo daño y la mejor prueba fueron los ataques recibidos en las páginas del diario oficioso del PNV, el Deia.  El manifiesto se convirtió en un referente de la campaña electoral. Por su contenido y por los firmantes. La experiencia demuestra que sólo es posible hacer retroceder al fascismo golpeándolo. Así sucedió en las elecciones, y así ha ocurrido gracias a la movilización de la rebelión democrática. Y eso, a pesar y en contra de quienes propugnan la conciliación con el monstruo, es lo que hay que seguir haciendo.

Lo que no podemos aceptar

El problema principal no es Ibarretxe, sino la connivencia cada vez mayor de Patxi López, y por extensión de Zapatero

Nadie, o sólo unos pocos, está en contra de que se amplíe el autogobierno catalán y la expresión de su personalidad propia. Pero eso sólo puede hacerse fortaleciendo al mismo tiempo la unidad del conjunto de España. Cuanto más libremente unidos, más diversos podremos ser. Cataluña solo podrá desarrollarse plenamente en el seno de una España independiente. Lo contrario, contraponer pluralidad y unidad, debilitando la cohesión nacional, es el peor servicio a los intereses de Cataluña. ¿Qué autonomía tendría una Cataluña independiente convertida en una nueva marca hispánica, con una independencia, como reclama Carod Rivera, “similar a la que disfruta Luxemburgo”?

La propuesta de estatuto del tripartito y CiU no pretende desarrollar la pluralidad, sino que tiene como eje la desarticulación del Estado en Cataluña, fragmentando las estructuras políticas que lo sustentan.
Es además un proyecto insolidario, puesto al servicio de los intereses de unas castas locales, que así pretenden reforzar su poder y blindar sus privilegios.

Pero, como siempre, el problema principal no es el virus, sino el estado de salud del organismo. Y en España se cruzan la preocupación y la esperanza. Preocupación porque quien debería ser el primer valedor de los intereses comunes, el presidente del gobierno, no hace sino potenciar, por activa y por pasiva, los caminos de la disgregación, practicando una política de conciliación que no hace sino alimentar a la fiera. Qué lejos están las ambigüedades de Zapatero de la rotundidad de Bono en la defensa de la unidad desde la izquierda. Por eso es el ministro más valorado mientras Zapatero ve disminuir progresivamente su crédito. Y éste es el elemento de esperanza. La mayoría social de izquierdas exige firmeza en la defensa de la unidad. Porque sabe instintivamente que quienes pretenden dividirnos es para dominarnos mejor, porque a pesar de toda la propaganda vertida, en el pueblo español está grabado que las experiencias más avanzadas y revolucionarias han necesitado del fortalecimiento de la unidad.

J. Arnau

Sólo unos meses después de que Ibarretxe sufriera una sonora derrota en las elecciones vascas, el gobierno del lehendakari se apunta una victoria consiguiendo aprobar, por primer vez en ocho años, los presupuestos. ¿Qué ha pasado?