NACIONAL El
resurgir del sentimiento patriótico La reinante clase política catalana, con la complicidad de Zapatero, que durante dos años de marear con el Estatuto han dejado de lado los intereses más básicos de las clases populares |
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| Quienes pensaban que estaba definitivamente enterrado se habrán sorprendido ante el resurgir del sentimiento patriótico en España, ante la defensa espontánea de la unidad frente a cualquier proyecto disgregador. Todas las encuestas publicadas tras la aprobación del Estatuto catalán no han hecho sino confirmarlo. En el conjunto de España, y también en Cataluña y Euskadi el mensaje claro ha sido: No a la fragmentación, Sí a la unidad. La reinante clase política catalana, con la complicidad de Zapatero, que durante dos años de marear con el Estatuto han dejado de lado los intereses más básicos de las clases populares, a pesar de que sus propias encuestas decían que el 65% de los catalanes demostraba cansancio, indiferencia, decepción o indignación por lo que estaba pasando con el Estatuto, ha sido sorprendida por esta reaparición. Quienes pretendían que todo esto se resolviera en las ”alturas de la política” han sido bajados a la realidad. Y ha sido en los votantes de la izquierda donde se ha manifestado con mayor rotundidad esta defensa de la unidad, haciendo bajar hasta treinta puntos la valoración de Zapatero. La clase política de nuestro país tiende con frecuencia a dejar de lado al conjunto de los ciudadanos; pero, como ha ocurrido otras veces en la historia de España, el pueblo, colocado en situaciones extremas, o cuando se le quiere imponer algo que atenta contra su propia naturaleza, reacciona sacando, como lo mejor de sí mismo, “su sentimiento patriótico”, de unidad y solidaridad. El 11-M, cuando 15 millones de españoles salieron a la calle, desde Bilbao a Cádiz, o desde La Coruña a Barcelona, gritando “¡Todos somos madrileños!” y “¡España unida jamás será vencida!”, quedó demostrado que en el conjunto del pueblo de las nacionalidades y regiones de España hay tanta pluralidad como unidad; que por encima de las diferencias hay un profundo sentimiento de unidad y conciencia de pueblo con una larga historia común. El 14-M, cuando la mayoría social de izquierdas convirtió a Zapatero en Presidente, también quedó claro que lo hizo en nombre de un programa contra la guerra, el terrorismo y la unidad nacional. Y ahora las encuestas, y millones de declaraciones en cada centro de trabajo, tiendas, bares o autobuses, han vuelto a proclamar que el conjunto del pueblo está por la defensa de la unidad y la solidaridad entre las nacionalidades y regiones, frente a los planes secesionistas y los proyectos insolidarios; porque defender las peculiaridades de cada nacionalidad y región, se haga defendiendo lo que nos une. Ha bastado que de nuevo se conjuren las fuerzas de la insolidaridad y la división para que haya aparecido, de forma espontánea, el sentimiento popular en defensa de la unidad. Lo importante y lo prescindible En el momento más álgido de la crisis del Carmelo, la clase política catalana cerró filas para que esas discusiones “no paralicen los proyectos importantes para Cataluña”, es decir la reforma del Estatuto y la negociación del déficit fiscal con el gobierno central. Queda claro qué es “lo importante” y qué “lo prescindible” para los Maragall, Montilla, Carod Rovira o Mas. Primer fue El Carmelo, un barrio popular donde el mezquino regateo en los gastos de seguridad de las obras del metro provocó el derrumbe de varios bloques, dejando a cientos de familias en una situación límite. ¿Habrían hecho lo mismo si el metro pasase por el lujoso barrio residencial de Pedralbes? Después llegó el escándalo del 3%, el intrincado sistema de comisiones que encarece el precio de la vivienda al tiempo que sella con sangre el pacto entre el poder económico y político. Y, a lo largo del año, innumerables estudios que reflejan el ahondamiento del abismo de clase en Cataluña. Un informe de la Fundación Jaume Bofill denunció como, mientras Cataluña es la comunidad que menos porcentaje de inversión destina a la educación pública (el 2,1% frente a la media española del 3,2%), figura en el primer puesto de subvenciones a los centros privados (2.149 euros por estudiante frente a los 1.840 del conjunto de España). Por eso el estudio concluía que “se ha polarizado sensiblemente los resultados entre los sectores público y privado. Frente al 65% de los alumnos que empiezan el bachillerato en centros privados y consiguen graduarse, este porcentaje desciende hasta el 42,6% en la escuela pública”. Por eso Cataluña tiene
la mejor educación privada para los hijos de la burguesía
local, mientras en los barrios populares 21.000 alumnos –un 3,4%,
la tasa más alta de España– estudian en barracones. Son los datos del último Indice Sintético de desigualdades, o del estudio del Centro de Atención y Programas Sanitarios, donde se concluye que “la Generalitat es reacia a afrontar el problema de las desigualdades”. La Cataluña popular no ocupa ningún lugar en el escalafón de prioridades del gobierno de los Maragall y Rovira. Y es que tienen “proyectos más importantes”.
¿Demonios internos o intervención foránea? La fortaleza en la defensa de la unidad está basada en una amplia mayoría social que, de forma espontánea, rechaza la fragmentación Todas las encuestas persisten en señalar que la reforma de los estatutos, que avanza como un sarpullido, es una preocupación ultra minoritaria, no ya en La Rioja, sino en Cataluña. ¿Por qué entonces, precisamente en el Estado más descentralizado de Europa, se procede, además con un carácter de urgencia, a la revisión del modelo autonómico? ¿Por qué en España se debe avanzar por la vía de una descentralización que debilita la cohesión del Estado central, mientras que en Alemania ocurre lo contrario, se acomete la revisión de las competencias de los landers para fortalecer a Berlín? Seguir la pista al origen
del vendaval autonómico que hoy nos sacude, obliga a ampliar la
mirada más allá de nuestras fronteras. El proyecto de “Europa
de los pueblos” que con esmerada dedicación promueven y patrocinan
instituciones europeas junto a fundaciones alemanas es la verdadera madre
gestora del proceso de desarticulación de España. ¿Sólo un cambio de collar? La identidad que los independentistas panameños, apoyados, financiados y organizados por Washington, esgrimían contra “la opresión colombiana” se reducía a hacer posible que EEUU ocupara militarmente el nuevo Estado y construyera un canal que les permitiera el dominio de dos océanos. Mientras Colombia era fracturada, EEUU consumaba la anexión de Texas, Arizona, Colorado o Nuevo México arrasando a sangre y fuego su histórica identidad hispana. Separaron a Guatemala de Nicaragua. Dividieron y enfrentaron a pueblos de la misma raza, la misma cultura, la misma lengua, la misma historia con el único objetivo de que, finalmente, la United Fruits acabara convirtiendo ambos países en inmensas plantaciones de su propiedad. Al tiempo se anexionaban Puerto Rico «para acabar con la opresión colonial española». Razón por la que los antecesores de Ibarretxe en la dirección del PNV se apresuraron a felicitar a Washington. Enfrentaron a Colombia con Venezuela alentando un inexistente conflicto de identidades. Pero a cambio se quedaron con un trozo de ésta, creando la identidad de las Guayanas para convertirlas en apéndices coloniales de sus imperios. En Europa, mientras la burguesía alemana, de la mano del nazismo hitleriano, se anexionaba Austria, los Balcanes explotaban, enfrentando sangrientamente a los pueblos para extender su dominio e implantar Estados títeres. Mientras Alemania ampliaba su territorio para implantar la pesadilla de un inmenso Reich nazi, las SS hitlerianas diseñaban una “Europa de los Pueblos” donde los Estados eran triturados en pequeñas unidades que debían ser sucursales de Berlín, alterando las fronteras para racionalizar la explotación del continente. J. A. |
La reinante clase política catalana, con la complicidad de Zapatero, ha dejado de lado los intereses más básicos de las clases populares.
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