EDITORIAL INTERNACIONAL

La administración Bush empantanada en Irak
El futuro de la línea Bush

Hasta donde llegue la voluntad de estos sectores de la burguesía norteamericana por reconducir una línea Bush que empiezan a considerar más un riesgo que una solución, será una de las claves del 2006

Irak es el termómetro perfecto para valorar la temperatura del gobierno Bush. Pero no principalmente por sus logros o retrocesos en Oriente Medio, sino por el radical desplazamiento de posiciones en el seno de los EEUU.

Si hace poco más de un año nadie en las altas esferas se atrevía siquiera a insinuar el fantasma de una retirada, ahora esa exigencia es respaldada por cada vez más sectores de poder. Hemos visto como Clinton calificaba de “tremendo error” la guerra de Irak, como Kissinger publica un artículo bajo el título “Salgamos de Irak, pero de forma responsable”, o Brzezinski –uno de los principales estrategas de la burguesía norteamericana- se ensaña con Bush calificando de “suicida” su política internacional. Incluso el Senado norteamericano discutió, a propuesta de John Murta, un senador demócrata veterano del Vietnam y especialmente relacionado con altas jerarquías del ejército, una propuesta de retirada progresiva de Irak.

Bush comenzó el año como un incuestionado presidente, reelegido tras una enconada disputa, sólidamente anclado en sectores del complejo militar industrial que apostaron el todo por el todo a su continuidad. Y lo termina sumido en las mayores cotas de reprobación padecidas por un inquilino de la Casa Blanca en los últimos tiempos, acumulando escándalos…

Lo más significativo es que en cada vez más sectores de la burguesía norteamericana se repite, con más o menos variantes, la misma valoración sobre la línea Bush. “está dañando los intereses de EEUU en el mundo”.

La contradicción insalvable del equipo de la Casa Blanca, articulado en torno a Cheney y Rumsfeld, es que sus victorias no hacen sino agudizar los problemas de fondo. La línea Bush está basada en una simple premisa. Conscientes de que, a pesar de su imparable declive económico, EEUU dispone de una fuerza militar incomparable y una superioridad de varias generaciones en la alta tecnología militar sobre cualquiera de sus posibles rivales en la lucha por la hegemonía mundial, el Pentágono y el complejo militar industrial decidieron convertir esa superioridad en una ventaja infranqueable para cualquiera durante varias décadas. Un proyecto que, por su misma naturaleza, sólo pueden llevar adelante imponiéndolo al resto del planeta mediante un estado de excepción permanente, una auténtica dictadura terrorista mundial. Y a esto se ha correspondido la ofensiva desplegada por Washington desde el 11-S. Sin embargo, los resultados distan mucho de los proyectos.

El derrocamiento de Sadam Hussein, con el consiguiente establecimiento de una fuerte presencia militar norteamericana en el corazón de Oriente Medio, debía ser el primer y poderoso golpe, la primera ficha de un dominó que en su caída arrastraría al resto de países de la zona hacia su órbita de influencia. Se trataba de convertir al “nuevo” Irak –democratizado y próspero– en la cabeza de puente norteamericana, el abanderado de sus intereses en la región.
Por el contrario, Irak se ha convertido en una especie de equilibrio inestable dentro de un caos permanente. EEUU venció militarmente, pero es incapaz de traducirlo en un triunfo político.

La pretensión de transformar al resto de Estados y burguesías monopolistas poco menos que en vasallos de Washington se ha demostrado excesiva. Y, sobre todo, la estrategia de contención del ascenso de China, el objetivo de fondo de todo el despliegue norteamericano, ha resultado, en su primera etapa, incapaz de frenar el progresivo pero implacable avance de Pekín. A esto hay que sumar que el extremado carácter reaccionario de la línea Bush, plasmado en el escandaloso genocidio perpetrado en Nueva Orleáns, ha multiplicado la oposición social en EEUU.

El círculo se cierra cuando comprobamos que la salud de la economía norteamericana –los pies de barro del gigante- se resiente cada vez más, multiplicando el astronómico déficit interno, y debilitando la competitividad frente a los rivales emergentes.

Todos estos factores explican que círculos de la clase dominante estadounidense que apostaron por Bush, hayan cambiado de bando, aterrados ante las consecuencias que para la hegemonía norteamericana puede deparar el extremado aventurerismo de la actual Casa Blanca. Hasta donde llegue la voluntad de estos sectores de la burguesía norteamericana por reconducir una línea Bush que empiezan a considerar más un riesgo que una solución, será una de las claves del 2006.