REPORTAJE CENTRAL Informe
Negroponte sobre amenazas a la seguridad de EEUU El informe de Negroponte tiene la virtud de presentar una radiografía, si no exacta sí bastante aproximada, de las crecientes dificultades norteamericanas para mantener su “orden mundial”. |
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| El pasado 26 de enero, el “superzar” del espionaje estadounidense, John Negroponte, presentaba ante el selecto Comité para asuntos de Inteligencia del Senado norteamericano su informe anual “Amenazas, desafíos y oportunidades para Estados Unidos en el mundo contemporáneo”. Esbozado en apenas 25 cuartillas, el memorándum repasa de forma detallada y sistemática el análisis de los servicios de inteligencia sobre las principales amenazas que, en su desarrollo, la situación mundial presenta a la superpotencia yanqui; así como los retos, desafíos y puntos de conflicto a los que se enfrenta en la actualidad su hegemonía. Aunque inadvertido para la mayoría de medios de comunicación europeos, el informe de Negroponte tiene sin embargo la virtud de presentar una radiografía, si no exacta sí bastante aproximada, de las crecientes dificultades norteamericanas para mantener el “orden mundial” necesario al sistema de poder global sobre el que se asienta su dominio planetario.
El nuevo panorama mundial Las relaciones entre China y EEUU han dejado de ser ya un asunto exclusivamente bilateral para convertirse en uno de los centros neurálgicos de los que depende cada vez más la configuración estratégica del mundo El inventario de problemas, dificultades y retos realizado por Negroponte en su informe es exhaustivo, pero comienza por una afirmación sin la cual es imposible entender nada de lo que ocurre hoy en el mundo: el veloz ascenso de China al rango de gran potencia mundial “no es un problema de futuro, sino de hoy”. Y es que, efectivamente, todo arranca de la emergencia de China. Su acelerada y gigantesca capacidad de desarrollo económico, unido a su independencia política y militar (lo que la convierte en un centro de poder mundial de alcance global incontrolable por Washington) ha llegado a un punto en que las relaciones entre China y EEUU han dejado de ser ya un asunto exclusivamente bilateral para convertirse en uno de los centros neurálgicos de los que depende cada vez más la configuración estratégica mundial, incluido, en primer lugar, el reparto del poder en el mundo. EEUU no puede ignorar por más tiempo esta realidad, su problema es cómo hacerle frente. Culminada tras el fin de la Guerra Fría su ambición de poseer para sí sola la hegemonía mundial tras la desaparición de su rival soviético, EEUU se enfrenta desde entonces a una contradicción básica que no ha dejado de crecer y que en su desarrollo se hace cada día más insalvable. El inexorable declive de su peso económico en el mundo se desarrolla en paralelo con las crecientes necesidades y recursos que exige salvaguardar su posición hegemónica. Mientras en los años 50 el PIB norteamericano llegó a representar el 50% del PIB mundial, lo cual constituía una sólida base material desde la que ejercer el papel de gendarme mundial que jugó durante más de 20 años, en la actualidad apenas llega al 22%, un peso todavía considerable pero completamente insuficiente para ocupar en el mundo de hoy ese mismo papel. Preservar su hegemonía, sustentar el gigantesco aparato político y militar que requiere, mantener la capacidad de intervención en todos los rincones del planeta y sostener sin rupturas ni deserciones el sistema global de alianzas que le permiten ser un “inquilino estratégico” y un “jugador imprescindible” en todas las regiones decisivas del tablero mundial, exige un despliegue de recursos económicos, políticos y diplomáticos muy superior al que la burguesía monopolista norteamericana dispone hoy en día. Y la línea con la que el sector de la clase dominante norteamericana representado por Bush trata de resolver esta contradicción (apostándolo todo a convertir en infranqueable la distancia que en el decisivo terreno de la superioridad militar le separa de sus posibles rivales) se está revelando como un camino tan plagado de obstáculos imprevistos, que en los hechos les está conduciendo, por el momento, a agudizar todavía más su debilidad, acentuar sus desequilibrios estratégicos y acelerar su declive. Mientras que, por contra, sus rivales se fortalecen a una velocidad insospechada y las resistencias a su poder hegemónico se multiplican a lo largo y ancho del planeta. Desde la desaparición de la URSS y el fin de la Guerra Fría, EEUU pudo, mal que bien, sortear esta contradicción ante la ausencia de un rival estratégico con la capacidad y la voluntad de desafiar su dominio mundial exclusivo. La postración de Rusia, concentrada en resolver sus problemas internos, y la insignificancia política y militar de las otras grandes potencias económicas del mundo (la UE capitaneada por Berlín y un Japón resignado a su papel de protectorado militar yanqui) se lo han permitido en estos 15 años. Pero la irrupción de China como nuevo actor clave del escenario mundial ha obligado a redefinir las prioridades de la política norteamericana, la principal de las cuales ha pasado a ser cómo contener su emergencia e impedir que en torno a ella se geste un auténtico poder de alcance global capaz de desafiar su hegemonía.
El nuevo papel de China en el mundo Una vez consolidada como el centro económico y político de la región más dinámica y emergente del planeta, Asia, China ha pasado ahora a ganar peso político en el resto del mundo a marchas forzadas. Y lo hace en detrimento de Europa y, sobre todo, de EEUU Hasta ahora el papel de China en el ámbito internacional había estado constreñido a ser un punto de referencia inexcusable, pero sólo en el continente asiático, y en particular en el Lejano Oriente. Convertida en el motor del crecimiento asiático, la economía china pasó a ocupar desde mediados de la década de los 90 (y con especial intensidad al comenzar el nuevo siglo) el papel de “nudo” a través del cual se está efectuando un gigantesco proceso de transferencia de capital (y con ello también, en última instancia, de poder) desde Occidente hacia Oriente. Juntamente con ello, la posición política y diplomática de Pekín fue adquiriendo un papel central en Asia. Los alineamientos básicos de los países asiáticos comenzaron a definirse, en un acelerado proceso de cambios y reajustes, cada vez más en torno a Pekín, pugnando por desplazar a Washington de la posición de “inquilino estratégico” que desde la guerra de Corea ha venido ocupando. La influencia política y diplomática de Pekín aumentaba en paralelo con su desarrollo económico. Sin embargo durante todo este tiempo, aunque importante, su proyección estuvo prácticamente limitada a Asia. Y esto es lo que ha empezado a cambiar de forma también acelerada en el último año. La diplomacia china comienza a moverse y desplegar sus redes por todo el planeta al mismo ritmo y con idéntico dinamismo y eficacia con el que avanza en su imparable crecimiento económico. La búsqueda de los ingentes recursos de todo tipo que su nueva condición de “fábrica del mundo” le obliga a consumir, empuja a China a establecer nuevas y más intensas relaciones económicas, políticas y diplomáticas en áreas cada vez más extensas del planeta, que traspasan ya con mucho los limitados contornos del continente asiático. Iberoamérica y África reciben con los brazos abiertos a la nueva diplomacia china, que además de proponer unas relaciones infinitamente más equilibradas y ventajosas que las de las potencias occidentales, ofrece la inmensidad de su mercado a los productos del Tercer Mundo así como una inversión de capital en sus países en condiciones inigualables por las rapaces oligarquías financieras de los países desarrollados. Como decía recientemente un alto funcionario nigeriano, “el mundo ha cambiado. Y ahora tenemos más elección. China es sincera y ofrece algo a cambio, sin condiciones previas. Tanto Europa como EEUU tienen un competidor”. Una vez consolidada como el centro económico y político de la región más dinámica y emergente del planeta, Asia, China ha pasado ahora a ganar peso político en el resto del mundo a marchas forzadas. Y lo hace en detrimento de Europa y, sobre todo, de EEUU. Es justamente este aspecto el que ha hecho saltar todas las alarmas en los centros de poder norteamericanos y el que Negroponte recoge como la primera de las prioridades en su memorándum: la amenaza que plantea esta proyección mundial del poder chino –y el desafío que supone para la hegemonía yanqui– ya no es, como hasta ahora, un problema de mañana, sino de hoy mismo. Y en el centro de este desafío, la independencia política de China y el hermetismo de su Estado a la intervención norteamericana. Dos factores esenciales que sumados a su nuevo status de gran potencia económica mundial permiten, por un lado, que la política exterior china se desarrolle exclusivamente de acuerdo con sus intereses y necesidades. Lo que posibilita, por ejemplo, establecer relaciones privilegiadas con países a los que EEUU pretende aislar colocándolos en “el eje del mal” (Corea del Norte, Irán, Cuba,...) o con aquellos que buscan zafarse de la esclavizadora órbita del imperio (Venezuela, Argentina, Bolivia, Sudán, Congo,...), sin importarle en absoluto las airadas reacciones de Washington. Y que, por el otro, hace que sea imposible para éste descifrar los objetivos centrales de esa política y por lo tanto anticiparse a sus movimientos. A través de las guerras de Afganistán e Irak, el complejo militar-industrial buscó provocar un brusco y complejo realineamiento de las fuerzas políticas y de clase en el mundo, cuyo objetivo último era el de cercar militarmente a China y contener desde los inicios su posible ascenso al rango de gran potencia mundial. Sin embargo, su empantanamiento en Irak –así como el que ahora empieza a vislumbrarse también en Afganistán– se ha convertido en un elemento catalizador de todos los retos y dificultades a las que se enfrenta, provocando el efecto contrario al que buscaban. En el escaso tiempo transcurrido desde entonces, a la aceleración de los desequilibrios que avivan su declive económico se le ha sumado la pérdida de credibilidad y capacidad de liderazgo, agudizando los factores de debilidad estratégica, mientras que el principal desafío a su hegemonía, la emergencia de China, ha alcanzado una velocidad de crucero que lo coloca ya en un nivel insostenible. Al tiempo que, animados por esta debilidad, un número creciente de países y pueblos –de forma especial en Iberoamérica, pero también en el mundo islámico– se conjuran para romper (o al menos aflojar significativamente) los lazos de opresión y dependencia que históricamente los han encadenado a Washington. La suma de todas estas amenazas, problemas y desafíos constituyen la dificultosa, comprometida y compleja agenda a la que un cuadro tan avezado como Negroponte ha dado forma explícita en su informe ante el Senado imperial.
El patio trasero se rebela EEUU se enfrenta a una situación insólita en Iberoamérica. Por primera vez en la historia un conjunto de países no sólo eligen “gobiernos antiestadounidenses” sino que se atreven a desafiarlos dando pasos cualitativos hacia la unidad iberoamericana Buena parte del informe de Negroponte está dedicado a Iberoamérica y las crecientes dificultades que encuentra EEUU para “imponer el orden” en su histórico patio trasero. Para el coordinador y máximo responsable de las 15 agencias de inteligencia norteamericanas, Iberoamérica “continúa presentando una serie de desafíos incluyendo su actual tendencia hacia gobiernos antiestadounidenses”. La creciente demanda energética de los países en desarrollo, combinada con la inestabilidad de algunos de los principales exportadores mundiales han creado una situación en la que, para EEUU, se incrementa “la importancia geopolítica de los Estados productores de petróleo”, como Venezuela o Bolivia. Sobre todo cuando algunos de ellos, como el caso de Hugo Chávez, usa los ingresos extras de su país para “proporcionar petróleo a tasas preferenciales a cambio de aliados, crear y usar nuevos medios de difusión para generar apoyo a sus propósitos bolivarianos e intervenir en los asuntos internos de sus vecinos”. EEUU se enfrenta a una situación insólita en Iberoamérica. Por primera vez en la historia un conjunto de países –y algunos de ellos tan importantes y significativos en el continente suramericano como el gigante regional Brasil, o los productores de recursos energéticos como Venezuela o Bolivia– no sólo eligen “gobiernos antiestadounidenses” –tendencia que, como advierte el informe, se extiende como un reguero de pólvora– sino que se atreven a desafiar al poderoso vecino del norte dando pasos cualitativos hacia la unidad iberoamericana como la mejor herramienta para hacer frente a las presiones y la intervención yanqui. Jamás antes el imperialismo norteamericano se enfrentó a una situación así. Situación, además, que puede verse agravada en los próximos meses. Sobre todo si en México –que va a vivir el proceso electoral “más importante para los intereses de EEUU” según Negroponte– triunfan las fuerzas que, agrupadas bajo la candidatura de López Obrador, representan una alternativa de defensa y recuperación de la soberanía nacional frente a la absoluta subordinación a Washington certificada tras la formación del TLC.
Variaciones en el tablero europeo Se ha abierto la posibilidad de que detrás del ofrecimiento germano de realinearse como sólido y fiable aliado de Washington, Alemania esté jugando la baza de ofrecer este apoyo a cambio de que EEUU le deje “las manos libres” para “poner en orden” –su propio orden germánico– en el revuelto tablero europeo Una de las consecuencias mas reveladoras de este nuevo panorama mundial lo constituye, sin duda, el giro dado por Alemania tras la victoria relativa de Merkel y el inicio de una política de acercamiento a Washington tras el período de turbulentas hostilidades del gobierno de Schroeder y Los Verdes. Acercamiento que es tanto más significativo cuanto que se produce en unos momentos de acusada debilidad –tanto en el plano interno como en el externo– de Bush y su línea. Y que por ello mismo induce a preguntarse tanto por los motivos reales de esta aproximación como, sobre todo, por los réditos que la burguesía monopolista alemana espera sacar de ella. Cuestión en la que no cabe el argumento de la “afinidad ideológica”, pues es sabido que en las relaciones entre Estados –que no hacen sino expresar la correlación de fuerzas, de poder a escala mundial– son los intereses materiales de las clases en el poder lo que prevalece, muy por encima de su adscripción a tal o cual doctrina. Está fuera de toda duda que, dada la situación de relativa parálisis y debilidad en que se encuentra EEUU en este nuevo panorama mundial, necesita con urgencia aliados firmes y estables en que apoyarse para hacer frente a las crecientes dificultades y desafíos a los que se enfrenta su hegemonía. Es justamente esta situación de debilidad aguda la que alimenta la hipótesis de que detrás del ofrecimiento germano de volver a colocarse como un sólido y fiable aliado de Washington, la burguesía monopolista alemana esté jugando la baza de ofrecer este apoyo a cambio de que EEUU le deje “las manos libres” para “poner en orden” –su propio orden germánico– en el revuelto tablero europeo. La idea es tan simple como peligrosa para los pueblos y naciones de Europa. Y consistiría, básicamente, en dejar hacer a Alemania en el continente europeo, permitirle que lleve adelante su proyecto de hegemonía sobre Europa a cambio de disponer no sólo de un aliado incondicional del peso de Alemania en el resto de desafíos mundiales, sino de que ésta, al mismo tiempo, se encargue de asegurar que toda Europa reacciona con una sola voz sumándose a las iniciativas yanquis en el resto del planeta. En la búsqueda de aliados, a Washington se le presenta la encrucijada de decidir qué es mejor para sus intereses: si el ofrecimiento de un sector de la burguesía monopolista francesa (representada por Sarkozy) de una Europa de los Estados, en la que un directorio de los 5 ó 6 principales países europeos –con capacidad conjunta para equilibrar el peso de Alemania– buscaría fórmulas de entendimiento y “cohabitación” con el hegemonismo norteamericano; o, por el contrario, apoyarse en la fortaleza económica y la tenacidad política de Alemania, convertida en socio principal e interlocutor privilegiado a cambio de permitir la expansión de sus intereses en Europa, es decir, el avance del proyecto de la “Europa de los pueblos”. En principio, ésta no ha sido nunca la política anglosajona para Europa, pero la incógnita reside en saber si el complicado y dificultoso panorama mundial al que se enfrenta EEUU puede abrir esta nueva situación. A. Beloki |
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