EDITORIAL INTERNACIONAL Cambiante panorama mundial El mundo está entrando en un período trascendental, poderosas fuerzas económicas, políticas y de clase de alcance global impulsan al amparo de la emergencia de China un giro de proporciones históricas –aunque de consecuencias todavía impredecibles– en el actual reparto del poder mundial |
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| En su pasado discurso sobre el estado de la Unión, el presidente George W. Bush anunció como uno de los grandes objetivos de su política para los próximos años que EEUU reduzca hasta en un 75% su dependencia energética del petróleo en el plazo de dos décadas. Es de suponer que los auténticos centros de poder de la superpotencia yanqui tienen planes y alternativas más creíbles para salvaguardar su posición hegemónica en el mundo. Justamente 5 días antes del discurso de Bush, uno de estos centros de poder, el que agrupa y coordina las 15 agencias de inteligencia interior y exterior norteamericanas, había presentado ante el Senado –por boca de su máximo responsable, John Negroponte– un informe donde se detallan las dificultades y desafíos que el cambiante panorama mundial ha introducido en la agenda del imperio como inaplazables problemas a resolver. Empantanamiento político y militar en Irak al que ahora parece sumársele Afganistán, irreductibilidad de los países colocados por Bush en el “eje del mal” o considerados “Estados delincuentes”, efervescencia del mundo islámico, pulso nuclear con Irán y Corea del Norte, recuperación del poder ruso y retorno de sus ambiciones imperiales, rebelión generalizada en su mismísimo patio trasero iberoamericano, acentuación de los rasgos de declive de su economía,... Y en el centro de los desafíos, el ascenso imparable de China al rango de gran potencia mundial, potencia que por sus características resulta incontrolable por Washington. Y que por ello mismo se constituye, de no frenarla de algún modo, en una amenaza tangible e inmediata a su dominio mundial. Demasiadas pulgas para tan pocos dedos. Aunque de forma inadvertida para muchos, el mundo está entrando en un período trascendental. Poderosas fuerzas económicas, políticas y de clase de alcance global impulsan al amparo de la emergencia de China un giro de proporciones históricas –aunque de consecuencias todavía impredecibles– en el actual reparto del poder mundial. Impedir a cualquier costa que una redistribución internacional del poder acorde a las nuevas realidades geoestratégicas se desarrolle de forma que acabe alterando el reparto económico y territorial del mundo en que se basa su supremacía, es la primera de las prioridades para el hegemonismo norteamericano. A medida que se acentúa su inevitable declive, se multiplican los retos y desafíos a los que debe enfrentarse; los cuales, a su vez, no hacen sino agudizar su debilidad. En este cambiante panorama mundial Washington necesita cada vez con más urgencia contar con sólidos y poderosos aliados, lo que le obliga, por un lado, a seleccionar y jerarquizar la naturaleza y el peligro de los retos. Lo que pone sobre el tapete la posibilidad de pactos sobre cuestiones que hasta ahora eran innegociables para la línea Bush. Por ejemplo permitir el surgimiento o el afianzamiento de poderes hegemónicos regionales (Alemania sobre Europa, Japón sobre el Lejano Oriente, tal vez, aunque más difícil, Rusia en sus antiguas áreas de influencia,...) a cambio de un alineamiento firme con Washington en los otros desafíos a los que se enfrenta en el resto del tablero mundial. Por el otro lado, la formación de una alianza de este tipo exige tensionar y radicalizar al máximo la situación internacional, obligando así a las burguesías monopolistas del segundo mundo a “tomar partido” por uno de los bandos en conflicto, descartando cualquier tentativa de querer erigirse como una “tercera vía” neutral entre EEUU y sus adversarios. El pulso nuclear con Irán y la publicación (¿casual?) de las caricaturas de Mahoma en la prensa europea y la consiguiente agitación provocada en el mundo islámico apuntan de forma inequívoca en esta dirección. Incluso aunque el tema de fondo no sea, o no sea principalmente, la efervescencia del mundo islámico sino la creación de un “frente antichino”, todavía de difusos contornos para la mayoría, pero de inequívoco perfil agresivo y belicista para sus patrocinadores. A la cabeza de los cuales se encuentra el Pentágono y el complejo militar industrial, del que el “superzar” del espionaje estadounidense, John Negroponte, es uno de sus más cualificados representantes. |
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