EL RUIDO Y LA FURIA

EEUU cierra la cárcel de Abu Grhaib y traslada a los presos a otras prisiones en Irak
Deslocalizando el terror

Washington desmantela una prisión que se había convertido en símbolo de la infamia para poder reanudar sus desmanes en otras prisiones iraquíes

El cierre de la infame cárcel de Abu Grhaib no debe confundirnos. De la misma manera que los asesinos buscan el rincón más oscuro para perpetrar sus crímenes, Washington desmantela una prisión que se había convertido en símbolo de la infamia para poder reanudar sus desmanes en otras cárceles iraquíes. Pero este no es el fin de Abu Grhaib, sólo su traslado. Sus 4.500 prisioneros serán conducidos a otras cárceles iraquíes donde se puede torturar lejos de los titulares de los periódicos. Por ejemplo a Camp Cropper, en cuya ampliación se ha gastado EEUU 55 millones de dólares. O en los nuevos campos de concentración de Kan Bani Saad o Nasiriya, levantados gracias a una inversión de 575 millones de dólares.

Mucho dinero gastado para mejorar la infraestructura del terror.
Amnistía Internacional acaba de publicar un informe denunciando las violaciones sistemáticas de los derechos humanos en las prisiones iraquíes, la arbitrariedad y las largas estancias en prisión de miles de personas contra las que no se han formulado cargos en su contra.

Denunciando que “las condiciones en que están recluidos los iraquíes en el Camp Cropper Center [donde van a ser trasladados buena parte de los presos de Abu Grhaib], en el aeropuerto internacional de Bagdad –que ahora es una base estadounidense- podrían constituir un trato o castigo cruel, inhumano o degradante, prohibido por el derecho internacional (…)Si se suma la privación del sueño y el abuso físico se tiene una idea de las condiciones extremadamente degradantes, análogas a la tortura, una grosera violación de los derechos humanos".

Camp Bucca, en las proximidades del puerto de Umm Qasr, en el extremo sur del país, es ahora el de mayor concentración de detenidos, con 5.044 prisioneros.  Allí fue donde los soldados norteamericanos dispararon contra los reclusos amotinados que denunciaban las infames condiciones de la prisión. Los prisioneros se amontonan en medio del desierto, con sólo un centenar de tiendas de campaña rodeadas de alambradas para acogerles frente a las tormentas de arena casi permanentes y 40 grados de temperatura. Como en Guantánamo, tampoco los prisioneros iraquíes saben quién ni cuando los juzgará, o si serán trasladados a otros campos en países donde puedan ser sometidos a interrogatorios clandestinos. ¿Acaso va a cerrar la Casa Blanca estos modernos campos de exterminio? La respuesta es no, y no podría ser de otra manera. Una ocupación militar sólo puede imponerse por la fuerza, a golpe de terror.

Jon Arza