NACIONAL

Convención Nacional del PP

A la expectativa

Ni nuevos rostros, ni políticas nuevas, ni nueva estrategia. ¿Por qué?

La Convención Nacional del PP celebrada días pasados en Madrid ha dejado en el aire más incógnitas de las que ha resuelto. ¿Cuál era el propósito real de la cita? En teoría, había dos objetivos a cumplir. Por un lado, consolidar y reforzar el liderazgo de Rajoy, dos años después de su derrota el 14-M, y cuando ya se perfilan a la vista las elecciones municipales y autonómicas del 2007 (y tras ellas, a la vuelta de la esquina, las generales del 2008). Y, por otro, ofrecer un perfil más claro, más nítido, más reconocible, de lo que sería el “proyecto de Rajoy”, singularizando sus propuestas y haciendo visibles las novedades que aportaría su liderazgo.

Con respecto a estos objetivos –si es que realmente lo eran– habría que hablar, sin duda, de una “convención fallida”. Y es que ni Rajoy consolidó especialmente su liderazgo (que, por otra parte, hoy nadie le discute) ni aparecieron, o se destacaron, los supuestos perfiles propios de su “línea”. Al contrario. Si alguna sensación, si alguna certeza transmitió la Convención fue la de una “foto fija”, una foto idéntica o prácticamente idéntica a la que cristalizó tras la derrota electoral. No hubo ni “corrimiento a la derecha” (como se apresuraron a denunciar con gran alharaca el PSOE y El País) ni “corrimiento al centro”, como anticiparon algunos sectores del partido. Como en todos los actos, congresos y reuniones de los últimos dos años, se conjugaron el tono conciliador y mesurado de Gallardón, el firme y polémico de Aznar y el pragmático de Rajoy, sin ninguna novedad, como expresión de un mensaje de unidad y continuidad sin fisuras.

Tras haber atravesado el calvario del 2004 sin hundirse, dividirse ni desmoronarse y haber iniciado en 2005 una lenta pero constante recuperación (aprovechando el desgaste del gobierno por los temas catalán y vasco), hasta el punto de haber logrado una situación de empate técnico con el PSOE en las encuestas de los últimos meses, las expectativas de que el PP –una vez asegurada la fidelidad y firmeza de su voto– pudiera lanzarse a la conquista de nuevos electores, a ganarse a los descontentos del PSOE, a los sectores más centristas e incluso de izquierdas que rechazan el Estatuto catalán o la negociación con ETA, o simplemente se oponen al desmantelamiento del Estado impulsado por Zapatero, auguraban un cierto giro, un cierto cambio, tanto en la política como en las personas, que permitiera al PP aprovechar más a fondo la crisis de Zapatero, romper la situación de empate y ponerse claramente a la cabeza en la intención de voto. En definitiva, se esperaba que hicieran “algo” –sustituir los rostros quemados de Acebes o Zaplana o formular nuevas políticas– que le permitieran erigirse realmente como alternativa.

Pero no ha sido así. Ni rostros nuevos, ni políticas nuevas, ni “nueva estrategia”. ¿Y por qué? Según ciertos medios, hostiles al PP, el “recrecido” peso de Aznar es lo que habría bloqueado cualquier intento de cambio, por mínimo que fuera. Pero ésta es una interpretación débil y subjetivista. Más bien parece como si el PP hubiera decidido no hacer nada, no cambiar nada –ni en su estrategia ni en su línea– y permanecer simplemente “a la expectativa”. Pero, ¿a la expectativa de qué?

Probablemente, a la espera de sucesos, de hechos o acontecimientos que por sí solos pongan la situación a su favor. ¿Tal vez nuevos “errores” de Zapatero, que espontáneamente producirían un vuelco de las simpatías populares hacia el PP? ¿Un atentado de ETA con víctimas que pondría patas arriba toda la estrategia del gobierno Zapatero? ¿Revelaciones sobre el 11-M que pondrían en cuestión toda la “versión oficial” del caso? ¿El triunfo de Sarkozy en Francia el año que viene? ¿O un “proceso de reconducción” general del país, pilotado desde el exterior, que contendría en su seno buena parte de las hipótesis anteriores, y que supondría de nuevo una alteración “artificiosa” de la correlación de fuarzas en el país?

En todo caso, la arriesgada decisión de Rajoy de poner en cuestión toda la instrucción del proceso del 11-M a raíz de las denuncias de El Mundo sobre la presunta falsificación de pruebas cruciales (contraviniendo una reciente declaración suya en la que aseguró que “el 11-M ya no formaría parte de su discurso político”), y una vez que se ha hecho manifiesto el rechazo del gobierno a los pactos que ofreció a Zapatero en la Convención (sobre el Estatut y sobre la política antiterrorista), parece indicar claramente que el PP apuesta, a cara de perro, por acelerar e impulsar la irrupción de esas “expectativas”.

J. Albacete

Fraga, Rajoy y Aznar en la convención del PP