ANÁLISIS Fábula
de la sardina audaz, el atún reluciente y el tiburón hambriento En 2002, el volumen de negocio de las principales 500 compañías industriales de China constituía ya el 68 por ciento del Producto Interior Bruto del país |
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| “....enfrascados como estaban en la pelea, una bandada de tiburones se había acercado, sigilosos pero veloces, atraídos por el revuelo. Y entre ellos se distinguía el que había dado la voz, un poderoso escualo perteneciente a una de las familias más feroces y sanguinarias de esta especie: el tiburón germánico. El cual, aproximándose, comenzaba a agitarse por el olor de la sangre resbalada del costado del atún. Además de la excitación que por su propia naturaleza les provoca la sangre, los tiburones de esta parte del estanque andaban últimamente exasperados y hambrientos por la llegada al acuario de una nueva especie con la que no osaban enfrentarse: un gigantesco tiburón asiático que por su enorme volumen y su no menor apetito les estaba restringiendo el espacio y la comida...” Los diarios económicos de medio mundo se muestran asombrados ante la repentina fiebre de OPAs, fusiones y adquisiciones que parece haberse desatado en el último año entre los grandes monopolios occidentales. No puede decirse que este sea un hecho anómalo en la historia del capitalismo, desde luego. Pero sí lo es, sin embargo, su ritmo e intensidad así como las características con las que se está desarrollando esta nueva fase de concentración monopolista a escala mundial: las maniobras se producen en cualquier rincón del globo, afectan de forma generalizada a todos los sectores de la economía y se realizan independientemente de cual sea la dimensión de sus protagonistas. Los síntomas de la fiebre La mayor corporación de acero del mundo, la angloindia Mittal Steel lanza una OPA hostil sobre la segunda, la europea Arcelor, la cual, a su vez acaba de adquirir el 95% del capital de otra de las mayores fabricantes mundiales del sector, la canadiense Dofasco. La alemana Merck acaba de lanzar una OPA inamistosa sobre otra de las grandes farmacéuticas mundiales, la también germana Schering. En Francia, al mismo tiempo que el gobierno galo impone la fusión entre Suez y Gaz de France ante la amenaza del gigante energético italiano Enel, dos de los mayores conglomerados financieros del país, Banque Populaire y Caisse d’Epargne deciden fusionarse amistosamente. En EUU, la oferta de Capital One sobre North Fork va a crear uno de los 15 mayores bancos del mundo, sumándose así a la oleada de fusiones desatada en 2005, de las que la compra de Gillette por parte de Procter & Gamble, la fusión de ConocoPhillips con Burlington Resources y la de Bank of America con MBNA fueron las más destacadas por su volumen financiero. En total, casi 3 billones de euros se destinaron en 2005 a compras, fusiones y adquisiciones. La OPA de E.On sobre Endesa no representa, en este sentido, más que una de sus últimas manifestaciones. Para unos, la elevada liquidez fruto de los extraordinarios beneficios monopolistas en los últimos años sería la causa de esta febril agitación. Para otros, por el contrario, habría que buscar en la fácil financiación resultante de unos tipos de interés desacostumbradamente bajos la explicación del fenómeno. Sin embargo, aunque todo ello sea cierto, ni una ni otra explicación son suficientes para descifrar las razones últimas de este tan inusitado como gigantesco proceso de concentración monopolista. El apetito del dragón Durante los últimos años, el mundo se ha acostumbrado a ver a China como el nuevo “taller del mundo” del siglo XXI, al modo en que Inglaterra durante el siglo XIX inundaba el mundo con la baratura de sus productos manufacturados. Y, en efecto, los últimos estudios realizados revelan que China reúne ya alrededor de la mitad de la capacidad productiva mundial. A su inmensa reserva de mano de obra barata, se le ha sumado una astronómica inversión de capital productivo en distintos sectores industriales. En apenas 3 años, las inversiones de capital en la industria del acero aumentaron en un 96%, en la del aluminio un 93%, en la del cemento un 122% por citar sólo algunas de las más significativas. Como resultante, la producción industrial china creció un 50% entre 2001 y 2003. Pero sus efectos no se limitan a este aspecto. En correspondencia con este asombroso desarrollo industrial, la acumulación, el incremento y la concentración del capital en China avanzan en paralelo. En 2002, el volumen de negocio de las principales 500 compañías industriales de China constituía ya el 68 por ciento del Producto Interior Bruto del país. Dotadas de una fuerza creciente, más y más compañías han empezado a dirigir su mirada hacia el extranjero. Desde ese año, 12 grandes corporaciones chinas han sido incluidas entre las 500 principales del mundo. Y su tendencia es a ir en aumento. Sobre todo desde que el gobierno chino puso en marcha a finales de 2003 la campaña denominada “salir fuera”, cuyo objetivo fue definido de forma precisa por la viceprimera ministra, Wu Yi: “Nosotros promoveremos activamente a nuestras propias multinacionales”. Una política que se va a ver reforzada este año tras el anuncio del gobierno de Pekín de que va a eliminar el límite al número de divisas que pueden cambiar las grandes corporaciones industriales chinas para invertir en el extranjero. Y China posee ya, sólo por detrás de Japón, la mayor cantidad de reservas de divisas del mundo (alrededor de 120 billones de las antiguas pesetas). Las necesidades de crecimiento de su economía y de llegar a nuevos mercados por parte de las grandes industrias chinas están empujando cada vez con más fuerza a dedicar una parte significativa de estas inmensas reservas –actualmente inmovilizadas en dólares y en bonos del Tesoro norteamericano– en adquirir nuevos activos industriales, recursos energéticos, materias primas de todo tipo, tecnología y marcas de prestigio con las que ganar cuota de mercado en todo el mundo. Y es justamente este factor el que está en la base de la fiebre de fusiones y adquisiciones al que asistimos en los últimos meses. A medida que la economía china –y también la de India, aunque todavía en otro nivel cualitativamente inferior por el momento– crece y los intereses de sus grandes corporaciones industriales se expanden por regiones cada vez más amplias del planeta, se reduce el espacio y se restringe el mercado para los monopolios occidentales. Los cuales, a su vez, están reaccionando de la única forma posible: propiciando nuevos y mayores ajustes en sus propios mercados a fin de ganar lo suficiente en volumen para seguir en la carrera de la competencia con los nuevos gigantes que despuntan desde Asia. Sólo desde aquí es posible hacer una lectura correcta de lo ocurrido con la OPA de E.On sobre Endesa. A los gigantes europeos ya no les basta con su actual dimensión. Necesitan dar el salto a ser monopolios de alcance verdaderamente global para mantener el pulso. Es por eso justamente que E.On no propone, a diferencia de Gas Natural, el desmantelamiento de Endesa, ni siquiera la destitución de su equipo directivo. Quiere ganar en volumen y músculo, dotarse de la capacidad global que le proporciona Endesa en el sur de Europa y en toda Iberoamérica. Esta carrera en la que están embarcados los grandes monopolios europeos es la que Zapatero ha alimentado al desatar irreflexivamente la tormenta eléctrica en nuestro país con la OPA de Gas Natural. Como muestra un botón El impacto de china en la industria siderúrgica mundial
Si, como dice el refrán castellano,
de muestra vale un botón, el caso de la industria del acero es
sumamente significativo del nuevo papel de China en el mercado mundial
y los desequilibrios y reajustes que su acelerada irrupción está
provocando. A. Lozano |
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