CULTURA La
resaca dulce de los Oscar |
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| La 78º edición de los Oscars de Hollywood se zanjó, a la vez, con sorpresa y un equitativo y siempre grato reparto de estatuillas. Finalmente no ganó la película favorita, probablemente la mejor, quizá una película demasiado exigente para buena parte de los miembros de la Academia norteamericana: pero Brokeback Mountain, la provocativa historia de los vaqueros gays, no se fue en blanco, ganó tres oscars y su director, el chino-americano Ang Lee, recibió el preciado galardón al mejor director. El Oscar a la mejor película fue para la también espléndida Crash, un filme de historias cruzadas, tensiones raciales, conflictos étnicos y pesadillas urbanas ambientado en el universo multicultural de Los Ángeles, y dirigido por el nóvel Paul Haggis, el guionista de Million Dollar Baby. Poco debate hubo, en cambio, sobre los premios a los mejores actores, porque las insuperables interpretaciones de Philip Seymour Hoffman en Capote y Reese Witherspoon, en el papel de June Carter, de En la cuerda floja, llevaban ya tatuadas en el rostro las estatuillas del oscar. Quizá la noticia, la gran noticia, es que las grandes superproducciones, las películas que años atrás habrían acaparado sin la menor duda el escaparate de los premios grandes, tuvieron que conformarse esta vez con los galardones secundarios. De todas formas, Hollywood no olvida nunca la máquina que le da de comer y le permite funcionar, y por eso otorgó 3 estatuillas a King-kong y otras tres a Memorias de una geisha, pero en los apartados técnicos: sonido, efectos especiales, fotografía, dirección artística... Quizá la “derrota”
de las grandes superproducciones a manos de películas más
modestas de presupuesto pero con mayor mordiente cinematográfico
es la gran revolución que los oscars han consagrado este año,
tras los indicios de corrección apuntados ya el año pasado.
No cabe duda que la enorme fractura que vive la Norteamérica de
Bush, el rechazo que suscita entre las élites ilustradas su “revolución
conservadora” y la necesidad de hacer un cine no de evasión
sino de compromiso está en la base de este giro copernicano de
Hollywood. No es extraño, por ello, que las películas que
han competido este año por los Oscars grandes (mejor película,
dirección, guión) se puedan subsumir todas ellas bajo el
gran interrogante que las inspira: en todas ellas anida la misma pregunta
sobre cuál es el verdadero rostro de América. ¿Es
el país de la libertad que afirma ser o una tiranía insoportable?
¿Es una democracia o una dictadura? ¿Una república
o un imperio? ¿Sus valores son democráticos o están
al borde del fascismo? ¿Cuál es el verdadero rostro de Norteamérica?
Esta es la inquietante pregunta que late detrás de obras tan argumentalmente
dispares como Brokeback Mountain, Crash, Buenas noches y buena suerte,
Capote, y algunas más. Y es ese hilo temático y dramático
esencial, un verdadero asunto de vida o muerte, el que llena de tensión,
interés, fuerza, poderío y capacidad de seducción
un cine, que ha recuperado la senda de afrontar los grandes problemas,
y no simplemente mecerse en la lasitud inane, fofa, reiterativa y vacía
de las consabidas superproducciones. J.A. |
“Crash”, después de “Million Dolar Baby”, confirma el viraje de Hollywood hacia un cine que se interroga por el verdadero rostro de Norteamérica. En la foto, Paul Haggis, director de “Crash”, ganador del Oscar a la mejor película.
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