ANÁLISIS

"independentistas" panameños
Los vendedores de órganos

Quien mendiga un trozo de independencia al imperialismo acaba recibiendo como recompensa un plato de lentejas agusanadas. El destino de la burguesía burocrática panameña debería ser lección obligatoria en todo los manuales de historia

Es una conocida ley de la economía política que en la división internacional del trabajo cada país se especializa en producir aquellas mercaderías de las que dispone de suficientes recursos para competir en el mercado mundial. Desde hace décadas, Alemania se dedica a fabricar bienes de equipo y maquinaria industrial; más recientemente, China se ha aplicado a la producción de textil o calzado. Panamá, por su parte, es un país especializado en la venta de órganos. Y no nos referimos a los instrumentos de música, sino a órganos humanos. De unos años a esta parte, la llamada “frontera vertical” del continente americano, de la que Panamá es puerta de entrada, se ha convertido en la principal exportadora y nudo comercial del tráfico de órganos humanos hacia los países desarrollados, en particular a EEUU. ¿Cómo se ha podido llegar a este extremo? ¿A través de qué anómalos mecanismos una burguesía como la panameña se ha visto obligada, en el curso de tan sólo dos o tres generaciones, a utilizar estos recursos para subsistir?

También en nuestro país hay quienes hoy, presos de la misma ceguera y ambición que mostraron los patriotas panameños o la burguesía criolla cubana anexionista, pretenden colocar su territorio bajo bandera panameña

Quien mendiga un trozo de independencia al imperialismo acaba recibiendo como recompensa un plato de lentejas agusanadas. El destino de la burguesía burocrática panameña debería ser lección obligatoria en todo los manuales de historia del mundo.

La felicidad de los nativos

El 4 de noviembre de 1903, en una proclama solemne, los próceres de la independencia panameña declaraban “(...) el Concejo Municipal del Distrito de Panamá fiel intérprete de los sentimientos de sus representados, declara en forma solemne, que los pueblos en su jurisdicción se separan desde hoy y para lo sucesivo de Colombia, para formar con las demás poblaciones del Departamento de Panamá, que acepten la separación y se les unan, el Estado de Panamá, a fin de constituir una República con gobierno independiente, democrático, representativo y responsable, que propenda a la felicidad de los nativos y de los demás habitantes del territorio del Istmo”. Pero la realidad distaba mucho de tan elevadas declaraciones de principios.

Desde 3 años antes, el banquero norteamericano J.P. Morgan asociado con un grupo de inversionistas de Wall Street había creado un sindicato secreto de hombres de negocios y destacados políticos de Washigton con el único fin de comprar todas las acciones de la arruinada Compañía Francesa del Canal de Panamá. Una vez las tuvieron en sus manos, la “independencia” de Panamá echó a andar. Inmediatamente, una gigantesca campaña de opinión y presión se desató en el Congreso estadounidense para revocar la decisión de construir un canal transoceánico en tierras nicaragüenses, que ya estaba en marcha.

Paralelamente, la intriga entre el grupo de grandes financieros de Wall Street, el gobierno de Washington y los “patriotas” panameños avanzaba a velocidad de crucero. En medio de un flujo continuo de dinero, compra de conciencias y escándalos de todo tipo se planeaba, ejecutaba, dirigía y financiaba la revolución de Panamá. Cuanto más se negaba Colombia a que por su provincia panameña transcurriera un canal en las condiciones que exigían los hombres de Washington, más maquinaban éstos para hacer que Panamá se independizara y creara su propio país. Hasta que, finalmente, la banca Morgan contrató a sus propios Jefferson y Washington, a “los padres fundadores” panameños para hacer el trabajo final.

De la misma forma que los banqueros yanquis habían echado sus cuentas para apostar por el Canal y la separación de Panamá de Colombia, también la burguesía panameña que auspició y se prestó a estas maniobras echó las suyas. Se vieron a sí mismos elevados a la categoría de jefes del nuevo Estado, cuyo poder y posición les haría disfrutar de los inmensos beneficios que prometía la construcción del Canal. Porque esta obra, según sus propias palabras, “destinada a satisfacer necesidades industriales del mundo entero”, les colocaría bajo la tutela “de naciones poderosas y civilizadas, quienes, por la lógica de los acontecimientos vendrían a ejercer sobre nosotros un colectivo y benéfico protectorado”.

Desmembrados y vendidos

Blandiendo la bandera de la identidad panameña y de la lucha contra la opresión de Bogotá, los patriotas panameños pusieron a su tierra y a sus gentes en manos del imperialismo. Dotados de una ambición tan grande como su ceguera creyeron que por su traición recibirían la recompensa de acceder –aunque fuera en condición de vicarios– a una parte del sustancioso botín que habían ayudado a poner en manos de los nuevos filibusteros yanquis. Pero Roma no paga traidores. No sólo no han recibido ni un trozo de patria, ni una recompensa, ni una subvención, sino que ahora están pagando el precio de su traición. Apenas tres generaciones después de que los patriotas panameños alcanzaran su anhelado sueño de convertirse en una reluciente burguesía burocrática gestada a la sombra del imperialismo, tras soñar con convertirse en los refulgentes delegados locales de Wall Street, en los recaudadores de un nuevo Potosí transoceánico, sus descendientes y herederos en el Estado panameño se ven dedicados a vender los órganos de sus compatriotas como principal recurso con el que sostenerse.

Comenzaron desmembrando y amputando un cuerpo y han acabado vendiendo los órganos de ese cuerpo desmembrado como medio de subsistir. A eso se reduce el porvenir que ofrecen los patriotas panameños a sus pueblos. Y el destino que a ellos mismos les espera: sin cuerpo y sin órganos. También la burguesía criolla cubana abrazó la causa del anexionismo con los EEUU a finales del siglo XIX creyendo que de esta forma multiplicaría los beneficios de sus negocios de azúcar. Prestaron sus servicios para que Washington pudiera amputar a Cuba de España y acabaron comprobando, a la vuelta de pocos años, como su isla se había convertido en un inmenso burdel para turistas y centro de operaciones de la mafia norteamericana del que ella no obtenía ni las migajas.

Ni en la naturaleza ni en la lógica del imperialismo está, precisamente, compartir beneficios con nadie. Confiar en que reparta los frutos del negocio una vez se ha apoderado de él, es lo mismo que esperar del escorpión de la fábula que no clave su emponzoñado aguijón a la rana en mitad del río. El vampiro sabe de sobras que la cantidad de sangre es limitada, mientras que su sed es infinita.

Con bandera panameña

También en nuestro país hay quienes hoy, presos de la misma ceguera y ambición que mostraron los patriotas panameños o la burguesía criolla cubana anexionista, pretenden colocar su territorio bajo bandera panameña. Se ven a sí mismos, como se vieron en su día los patriotas panameños, convertidos en relucientes jefes de los nuevos mini Estados que deben configurar en el futuro la gran constelación de la Europa de los pueblos bajo égida franco-alemana. Se figuran rodeados de los líderes de las grandes potencias europeas, compartiendo sillón y tomando decisiones en los nuevos organismos supranacionales en los que pretenden diluir a España.

Los Ibarretxe, Maragall o Carod de turno, los representantes de las burguesías burocráticas prohegemonistas regionales confían, como confió la burguesía panameña, en que bajo la tutela de naciones poderosas, ejerciendo su “benéfico protectorado” se convertirán de modestas elites locales de un país periférico en unos nuevos potentados, disfrutando de los futuros privilegios que obtendrán por la entrega de sus territorios. Que su esfuerzo por desgarrar y desmembrar España habrá valido finalmente la pena cuando se vean recompensados por el ascenso a una nueva categoría social. Dejando de ser miserables burguesías burocráticas regionales para convertirse en virreyes de la grandes potencias europeas, socios de los grandes financieros parisinos, consortes de los grandes industriales alemanes.

Pero como sabían los clásicos, “los dioses ciegan a quienes quieren perder”. Cegadas en su ambición, las burguesías burocráticas regionales se figuran que les espera un brillante porvenir a la sombra de los grandes poderes imperiales. Sin sospechar siquiera que su destino final no diferirá en lo más mínimo del de los patriotas panameños que soñaron también con ascender de manos del imperialismo. Como ellos, están empeñados en desmembrar un cuerpo sano. Como ellos acabarán mendigando en el mercado mundial que alguien les compre sus órganos.

A. Beloki

De la misma forma que los banqueros yanquis habían echado sus cuentas para apostar por el Canal y la separación de Panamá de Colombia, también la burguesía panameña que auspició y se prestó a estas maniobras echó las suyas