EDITORIAL NACIONAL
Resultados del referéndum en Cataluña Una realidad que pone de manifiesto el abismo insalvable que existe entre las aspiraciones de las castas burocráticas regionales y los problemas y las necesidades que preocupan a los ciudadanos |
||
| “Se puede engañar a toda la gente parte del tiempo; se puede engañar a parte de la gente todo el tiempo; pero lo que no se puede es engañar a toda la gente todo el tiempo”. No por repetida, la cita de Abraham Lincoln ha dejado de tener valor. Y más después de oír las valoraciones que la noche del referéndum sobre el nuevo Estatuto de Cataluña han hecho los principales líderes políticos. Para José Montilla, secretario general del PSC y ministro de Industria, todo se resume en una simple frase: “victoria arrolladora del sí y derrota estrepitosa del PP”. No es que se dejara fuera del no a sus (hasta hace bien poco) socios de gobierno en la Generalitat. Es que de su discurso han desaparecido el 54% de los ciudadanos catalanes que o no fueron a votar o que, tomándose la molestia de hacerlo, depositaron una papeleta en blanco en la urna. Para Montilla y la cúpula del PSC, sencillamente no existen. Para Rajoy, por su parte, la lectura de los resultados es también tan clara como simple. 2 de cada 3 catalanes están de acuerdo con él porque, de un modo o de otro, no han mostrado su apoyo al nuevo Estatuto. Nada importa, en sus cálculos, que ni la mitad de sus propios votantes haya querido seguir su consigna por el no que, obviamente, han identificado con una visión de Cataluña y de la diversidad y pluralidad de España que no comparten. De la misma forma que los votantes de ERC han desistido igualmente de apoyar un no detrás del cual se escondía un indisimulado intento de enfrentar a Cataluña con el resto de España que rechazan. Los “noes” cosechados en toda Cataluña –que en lo principal deben repartírselos aproximadamente a partes iguales PP y ERC– no llegan a alcanzar, tan siquiera, los votos que obtuvieron en solitario cada uno de los dos partidos en las pasadas elecciones generales. En su afán por rentabilizar políticamente los resultados del referéndum, unos y otros no han dudado en utilizar el dudoso recurso de ignorar y ocultar la parte de la realidad que no se ajusta a sus intereses. El problema es que, en este caso, esa parte de la realidad representa a la mayoría de la sociedad catalana. La demanda imaginaria A lo largo de 3 años hemos oído insistentemente que la reforma de los Estatutos era una demanda social apremiante, una necesidad urgente, casi un clamor ciudadano. En los últimos meses se nos ha repetido hasta la saciedad que el Estatuto aprobado por el Parlamento de Cataluña representaba al 90% de los catalanes y que, por tanto, ir contra él era poco menos que ir contra Cataluña. Hasta que el pueblo ha hablado, lo ha hecho de forma inapelable y lo que ha aparecido entonces es la realidad negada. Una realidad que pone de manifiesto el abismo insalvable que existe entre las aspiraciones de las castas burocráticas regionales y los problemas y las necesidades que preocupan a los ciudadanos. Que dos de cada tres catalanes no haya dado su apoyo al Estatuto ya es, por sí mismo, un dato demoledor por más que pretendan ignorarlo. Pero que, además, el 54% de los ciudadanos de Cataluña le haya dado la espalda, sencillamente haya ignorado (no votando o votando en blanco) lo que a lo largo de toda esta legislatura ha tenido enredada – enredándonos a todos– a la clase política catalana muestra el amplísimo descrédito social de las aspiraciones nacionalistas. ¿Dónde estaba “esa gran demanda social” argumentada para iniciar el camino de las reformas territoriales? ¿Para quién gobierna entonces esta gente? En los planes de Zapatero, el Estatuto de Cataluña debía jugar el papel de punta de lanza, de ariete que desbrozara y abriera el camino al resto de reformas –en especial al proceso iniciado en Euskadi– y el consiguiente cambio en el modelo de Estado. La férrea y perfecta endogamia de las castas político-burocráticas catalanas –un auténtico círculo de hierro en el que resulta absolutamente imposible que penetre nadie que no profese una acendrada fe catalanista–, unido a la suposición de ser uno de los lugares de España con más arraigo nacionalista avalaban la conveniencia de iniciar el recorrido por Cataluña. La apuesta, sin embargo, ha salido torcida y Zapatero, por más que pretendan desviar la atención sobre ello, ha recibido una severa advertencia. Huida hacia adelante La gran desproporción entre el sí y el no va a ser la cortina de humo tras el que las castas burocráticas se van a refugiar para empeñarse en llevar adelante un Estatuto que cuenta con el apoyo de un 36% escaso de los catalanes. Pero esa cortina de humo es insuficiente para ocultar la debilidad congénita con que ha nacido la criatura. El descrédito de las aspiraciones nacionalistas y el enorme vacío hacia la reforma del modelo territorial que dicen las cifras globales del referéndum, es todavía mayor cuando se desglosan. Entre el pueblo trabajador, entre la mayoría social de izquierdas y entre los votantes del PSC-PSOE alcanza cotas difícilmente superables. Basta una simple ojeada a los resultados pormenorizados para comprobar cómo en aquellas ciudades, pueblos o barrios con fuerte presencia de la clase obrera, donde la izquierda es mayoritaria y el PSOE prácticamente hegemónico elección tras elección, la indiferencia y el hastío (expresados dominantemente con la abstención y el voto en blanco) se disparan hasta rebasar ampliamente el 60%. La existencia de una amplísima base de apoyo electoral para una izquierda no nacionalista en Cataluña ha vuelto a quedar de manifiesto. Sin embargo, esta debilidad se ve compensada por dos factores que juegan a su favor. En primer lugar, y a esto es a lo que se van a agarrar, el rechazo que provoca una gestión dirigida exclusivamente a satisfacer los intereses de una casta político-administrativa regional (y los poderes económicos, mediáticos y de todo tipo a ella asociados) es, por el momento, un rechazo dominantemente pasivo. Que se manifiesta cuando tiene ocasión para ello de forma explícita y contundente, pero que políticamente es invisible en el sistema porque no tiene cauces por los que expresarse. Lo que hace, al mismo tiempo, más importante que nunca que las iniciativas ciudadanas que en la actualidad trabajan por constituirse como partido político se esfuercen por establecer una línea capaz de llegar y conectar con una base social que se manifiesta tan poco nacionalista como inequívocamente de izquierdas. En segundo lugar, pero no por ello menos importante, la fuerza y el apoyo del que carecen en el interior se ve contrapesado por el inequívoco impulso que las castas burocráticas regionales encuentran en el exterior, en un proyecto de Unión Europea –comandado por la gran potencia continental, Alemania, y reforzado tras la independencia de Montenegro– concebida como la “superación” (es decir, la fragmentación) de los Estados nacionales y la posibilidad de que las regiones puedan “definirse, redefinirse y declararse independientes, quedando sólo bajo la custodia supranacional europea”. Un proceso tutelado por Berlín y del que las castas regionales burocráticas esperan y confían el empuje decisivo que les permita, en un momento dado, dar el salto a convertirse en la clase dirigente de un nuevo mini Estado asociado a la “Europa de los pueblos”. O, por decirlo en el lenguaje hoy tan de moda entre los círculos intelectuales y académicos cercanos a estas castas (y en particular a la catalana) de recolocarse como una “pequeña nación dentro de una gran Europa imperial”. Si va a progresar o no el recurso de inconstitucionalidad que el PP ha anunciado y qué partidos políticos y en qué correlación de fuerzas serán los encargadas de aplicar el nuevo Estatuto son incógnitas que se resolverán en los próximos meses. La que se ha despejado –y de forma abrumadora– es que cuanto más avanzan en sus proyectos las castas burocráticas regionales, más grande es el abismo que las separa de la inmensa mayoría de los ciudadanos. Lo que no hace sino reafirmar y poner en valor el llamamiento inicial del Manifiesto “Ante todo la unidad” –aparecido días antes del referéndum en dos periódicos, uno de ámbito nacional, otro de ámbito catalán y firmado por cientos de personalidades, colectivos y ciudadanos– en el que se afirma que “sea cual sea el resultado del Referéndum lo más importante es que de él salga aún más fortalecida la unidad de todos los catalanes y de éstos con los demás ciudadanos españoles”. |
||