NACIONAL

La Cataluña oficial y la real
Hacer visible lo invisible

El PSC se ha deslizado por la pendiente del catalanismo más rancio y conservador, renunciando a todas las referencias de izquierdas. ¿Acaso la posición de los votantes socialistas de Hospitalet o Santa Coloma puede reflejarse en el PSC de Maragall y Montilla?

El abismo existente entre la base social de la izquierda, donde es abrumadoramente mayoritario el sentimiento patriótico de unidad, y unas cúpulas de la izquierda oficial que, paralelamente a la renuncia a la defensa de los intereses populares, se han entregado a las banderas más rancias de las burguesías nacionalistas, es una de las contradicciones de primer plano de la vida política española.


Pocas veces el abismo existente entre la Cataluña oficial y la real ha quedado más patente. Todo el arco parlamentario, a excepción del PP, el conjunto de aparatos mediáticos, y toda la extensa trama social dependiente, en un grado u otro, del poder autonómico, han martilleado durante dos años con la necesidad imperiosa de un nuevo estatuto que reconociera “las aspiraciones de Cataluña”, anatemizando cualquier oposición. Pues bien, toda esa maquinaria no ha evitado que más de la mitad de los catalanes ni siquiera acudiera a pronunciarse sobre el asunto que había sido convertido en centro casi único de la política catalana, y tan uno de cada tres catalanes ha refrendado el nuevo estatuto.

La sociedad catalana se ha pronunciado contra la Cataluña oficial. ¿Pero dónde ha estado, durante estos últimos dos años esa Cataluña real? ¿Cómo es posible que esa mayoría social que se ha pronunciado en el referéndum apenas tenga voz en el debate político? La tenaza formada por el asfixiante control de la burguesía catalana y unas cúpulas de la izquierda fagocitadas por las derivas nacionalistas la están convirtiendo en invisible. Y a quien, como Ciutadans de Catalunya o las corrientes críticas del PSC, se sale del guión, se le marginaliza política y mediáticamente, cuando no se le agrede al más puro estilo fascista.

Hacer visible lo invisible, dar voz y capacidad de incidencia política a esa mayoría social de izquierdas donde anida un profundo sentimiento de unidad, en definitiva levantar una izquierda patriótica y consecuente en la defensa de los intereses populares, es una de las tareas más urgentes del momento. Los resultados del referéndum sobre el estatuto no han hecho sino confirmar que existe una amplia base de masas para este empeño.

El problema está en la izquierda

El telón que hace invisible a la mayoría progresista por la unidad es, y aquí radica la gravedad del diagnóstico, la misma izquierda. Los resultados del referéndum demuestran que dónde mayor rechazo, en forma de abstención, se ha cosechado ha sido en las concentraciones de pueblo trabajador y voto de izquierdas. Sin embargo, la izquierda parlamentaria catalana, en bloque, ha convertido el estatuto en centro único de su gobierno.

Existe, y todas las encuestas lo demuestran, una mayoría de izquierdas que considera –como corresponde a las tradiciones de lucha de nuestro pueblo- la unidad como un valor irrenunciable de cualquier proyecto progresista, y contempla con preocupación un reforma territorial que está abriendo paso al enfrentamiento y la insolidaridad.
Su sentido de clase, y el rechazo a la España uniforme que anida en el PP, le impiden considerar al PP como una alternativa.

Pero miran hacia la izquierda… ¿y existe acaso alguna fuerza que recoja la defensa de la unidad? ¿Acaso un PSOE cuya cúpula bascula entre Maragall, Patxi López y Zapatero? ¿Una IU que participa en el gobierno de Ibarretxe y defiende a pies juntillas los aspectos más insolidarios del estatuto catalán? ¿O unas fuerzas locales cada vez más escoradas hacia el nacionalismo excluyente? El abismo existente entre la base social de la izquierda –los votantes, pero también los militantes y afiliados de los partidos-, donde es abrumadoramente mayoritario el sentimiento patriótico de unidad, y unas cúpulas de la izquierda oficial que, paralelamente a la renuncia a la defensa de los intereses populares, se han entregado a las banderas más rancias de las burguesías nacionalistas, es una de las contradicciones de primer plano de la vida política española. Y esas cúpulas de la izquierda oficial ejercen un férreo control sobre los aparatos de los partidos, dedicando sus esfuerzos a evitar que esa mayoría patriótica en la base pueda consolidarse en cuadros y corrientes en la dirección.

Asfixia en Cataluña

En Euskadi hace años que germinó una rebelión democrática frente al nacionalismo étnico, en cuya columna vertebral encontramos destacados cuadros socialistas como Rosa Díez, Maite Pagazaurtundua o Nicolás Redondo. En Cataluña, a pesar de no sufrir la amenaza terrorista, apenas hace unos meses que se articuló, con el valiente y esperanzador ejemplo de Ciutadans de Catalunya, la insumisión a la doctrina nacional, y seríamos incapaces de mencionar un solo dirigente socialista que se haya desmarcado del filonacionalismo mostrado por la dirección del PSC.

¿Qué sucede en Cataluña?

Ocurre que el tan celebrado durante mucho tiempo “oasis catalán” de concordia política se asentaba sobre la premisa de impedir a toda costa que las posiciones mayoritarias en defensa de la unidad pudieran expresarse políticamente de forma visible.

Dos son los pilares que convierten en invisible políticamente a la mayoría de la sociedad catalana. En primer lugar el poder de la burguesía catalana y las castas político administrativas gestadas en torno a la Generalitat. El poder autonómico ha puesto en manos de las élites locales ingentes recursos, y un tupido entramado de poder. Los medios de comunicación autonómicos o la educación se han transformado en medios de difusión y adoctrinamiento del nacionalismo más rancio. Entre el parlamento y las élites económicas se ha trufado un pacto de sangre bendecido por el 3%. Las subvenciones o el dirigismo oficial han filtrado el acceso al mundo de la cultura oficial a quien no se supeditase al nacionalismo oficial.

Las castas burocráticas locales, aferradas al poder autonómico, se han configurado como una especie de “cosa nostra” nacionalista, cuya capacidad de penetración y control social han asfixiado el tradicional dinamismo catalán, pero que han actuado de forma efectiva para marginalizar, convirtiendo en invisible, a quien en el mundo político, cultura, social, académico… no coincidiera con los postulados de la “construcción nacional” de Cataluña. Y lo han hecho con la entusiasta colaboración de la izquierda catalana oficial. Es significativo comprobar como los feudos de votantes del PSC han dado la espalda en el referéndum al estatuto. En el Baix Llobregat, donde el PSC cosechó el 40% de los votos en 2003, la abstención ha alcanzado la punta más alta. En localidades emblemáticas, donde el voto de izquierdas supera el 50%, la mayoría ha decidido dar al espalda al nuevo estatuto: en Cornellá el 52,46% de abstención; en Badalona el 57,34%; en Sabadell el 51,40%; en Santa Coloma el 59,51%; en Terrasa el 54,05%… Los centros industriales y de pueblo trabajador que son granero de votos socialistas han rechazado contundentemente un estatuto en el que no se reconocen. ¿Acaso la posición de los votantes socialistas de Hospitalet o Santa Coloma puede reflejarse en el PSC de Maragall y Montilla?

El PSC se ha deslizado, de forma acelerada durante los últimas años, por la pendiente del catalanismo más rancio y conservador, renunciando a todas las referencias de izquierdas, se ha transformado en el brazo izquierdo del régimen. Persiguiendo en su interior cualquier postura o corriente que denuncie esa deriva nacionalista, como “Agora Socialista” o “Socialistas en positivo”. ¿Y qué se puede decir de una Iniciativa per Catalunya que cubre con la coartada verde su absoluta sumisión a los dictados del nacionalismo?

Una cuestión de supervivencia

En la política catalana no se permite el surgimiento de ninguna alternativa de izquierdas que defienda la unidad, que pueda dar voz a la mayoría social. La estabilidad del régimen nacionalista –del que participan en santa hermandad tanto CiU y ERC como el PSC e IC- descansa en que las posiciones del pueblo trabajador queden silenciadas políticamente. Tanto en sus reivindicaciones de clase –que se dirigiría también contra la burguesía catalana y su dominio local, que provoca una abrupta desigualdad de clase, la mayor de España- como en su sentimiento de unidad –antagónico al dogma oficial de una Cataluña en secular enfrentamiento con España-.
La marginación mediática y política, cuando no los ataques y agresiones fascistas, a que han sido sometidos Ciutadans de Catalunya –por el hecho de defender la unidad y denunciar el nacionalismo reaccionario desde la izquierda- no es casual. Eliminar civilmente la oposición, evitar que pueda crecer un punto de referencia para la Cataluña real es algo donde el régimen se juega su supervivencia. ¿Dónde quedaría el dominio de esa casta económica y política local si la mitad de los catalanes que se han negado a entrar en el juego del estatuto estuvieran organizados?

Joan Arnau