CULTURA Centenario
del nacimiento de John Huston: ... todo este mundo turbulento y apasionado, pletórico y lleno de vida, sin hipocresías ni prejuicios, acabaría trasladándolo a la pantalla, y perfilaría su peculiar universo fílmico. |
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Se cumplen cien años del nacimiento de John Huston, figura señera de la “generación pérdida” de los cineastas americanos de los 40 y autor de películas que jalonan la galería de las obras maestras de la historia del cine. Como Alfred Hitchcock o John Ford, John Huston logró romper las barreras que los estudios ponían para impedir la expresión de la singularidad artística, y forjó en la pantalla un universo personal que transmitía sus firmes convicciones ideológicas y morales. En una sociedad –como la norteamericana– que venera la ética del vencedor, Huston construyó y reivindicó la “épica de los perdedores”: se puede perder, se puede fracasar, pero nunca se pueden sacrificar los propios principios o agachar la cabeza ante los poderosos. Intérprete de la vida como una aventura abierta a todos los azares, su cine, que rechaza el maqniqueismo de “los buenos y los malos”, postula la integridad y la coherencia como valores supremos en un mundo devastado por la codicia, la corrupción y el poder. John Huston nació el 5 de agosto de 1906 en Nevada (Missouri). Era hijo del gran actor Walter Huston (que le imbuyó su pasión por el teatro y el cine, y que llegaría a ser el protagonista de alguna de sus mejores películas) y de la periodista Thea Gore (de quien heredó su pasión por la escritura). Su niñez fue errática e itinerante, lo que se acrecentó con la prematura separación de sus padres. A los 10 años le diagnosticaron una enfermedad incurable. Huston forjó allí el temple de su carácter, de su indomable voluntad de lucha, su determinación de vivir cada minuto como si fuera el último. Se hizo un atleta. Le gustaba el boxeo y llegó a pelear, pero fracasó como púgil. Con el primer dinero que ganó sobre las tablas, se marchó a México –país al que admiró toda la vida y donde acabó viviendo– para sumarse al ejército revolucionario de Pancho Villa. A finales de los años veinte fracasó en su intento de convertirse en dramaturgo en Londres y pintor callejero en París. Para entonces llevaba ya dos matrimonios y dos divorcios. Huston se casó cinco veces, pero ninguna de sus esposas fue –como dice en sus memorias– una de las mujeres que más amó. Huston inició su carrera literaria escribiendo relatos para la prestigiosa American Mercury, pero tras no encontrar acomodo ni como periodista, ni como dramaturgo, ni como novelista, ni como cronista judicial... acabó siendo contratado como guionista de la Warner en Hollywood. Para entonces ya había dejado enterradas sus aspiraciones a ser boxeador, torero o actor... pero había adquirido indeleblemente su pasión por las peleas, el juego, los caballos y la bebida. Todo este mundo turbulento y apasionado, pletórico y lleno de vida, sin hipocresías ni prejuicios, acabaría trasladándolo a la pantalla, y perfilaría su peculiar universo fílmico. Huston participó, a finales de los treinta y principios de los cuarenta, en la elaboración de guiones tan notables como los de Jezabel (dirigida por William Wyler), El último refugio (Raoul Walsh, con Humphrey Bogart) y, sobre todo, El sargento York de Howard Hawks. Su éxito como guionista le abrió las puertas para la dirección. Y Huston decidió aprovecharla, entrando por la puerta grande. Fue al parecer Howard Hawks quien le recomendó empezar llevando a la pantalla la extraordinaria novela de Dashiel Hammet “El halcón maltés”, publicada en 1930. Ya se habían rodado dos películas basándose en ella, pero traicionando su letra y su espíritu. Huston preservó la esencia y la energía del relato y creó la obra pionera del cine negro, un género que deja atrás la etapa del “cine de gángteres” para transformar la crónica negra o policial en un privilegiado laboratorio de análisis y crítica social. La turbia historia de ambiciones desatadas narrada por Hammet en la novela fue magistralmente rodada por Huston, que contribuyó además al nacimiento del “mito” de Bogart, hasta ahora un actor sin relieve que se catapultó aquí hasta convertirse en una de las estrellas esenciales de la historia del cine. Diez años después, Huston daría también su primer papel relevante a Marylin Monroe. Tras el éxito de El halcón maltés (1941), la Warner pensó en fichar a Huston como director, y empezó a probarlo en “películas de encargo”, típicas de los estudios. Así nacieron Como ella sola, un melodrama sentimental con Bette Davis, y A través del Pacífico, con los protagonistas de El halcón maltés. Antes de acabar ésta, EEUU decidió participar en la IIª Guerra Mundial, y Huston se alistó al momento. Pero también allí Huston acabó dedicándose al cine. Realizó tres documentales de los que se ha dicho que constituyen “la película de guerra más bella que se ha hecho de este conflicto”. La segunda, The batlle of San Pietro, que narra con una crudeza raras veces vista la guerra desde primera línea, fue inicialmente vetada por el Ejército americano como “un film antibelicista”. La tercera, Let there be light, un estudio sobre los soldados que volvían a casa con transtornos mentales, aunque rodada en 1945 no fue distribuida comercialmente hasta 1981 por decisión del Ministerio de la Guerra. La guerra transformó en gran medida a Huston y su forma de ver las cosas y las personas. Su visión de la sociedad se hizo más crítica y su visión de las personas más compleja, más profunda y descarnada.. Todo ello se ve claramente en su primer film de posguerra, y una de sus mayores obras maestras: El tesoro de Sierra Madre (1948), rodada en México con un protagonista, Walter Huston, en estado de gracia, en el papel estelar de su vida, y un Bogart que, aunque ya había demostrado en Casablanca de lo que era capaz, alcanza aquí registros memorables. Película de aventuras pura y dura, por cuyo interior circula una de las miradas más veraz, desnuda y descarnada sobre la condición humana en el mundo moderno, esta historia de tres perdedores en busca de oro ganó 3 óscars (entre ellos el único que Huston obtendría como director) y marcó definitivamente el tono de su cine. La irrupción del “macartysmo” y la caza de brujas acabó llevándolo ante el “comité de actividades antinorteamericanas” en Washington. Huston chocó frontalmente con él. A su permanente disgusto con la política de los estudios y sus luchas a brazo partido porque no le destrozaran los guiones, se sumó ahora el ambiente irrespirable que instauró en Hollywood la caza de brujas. Huston se fue convirtiendo en “un apestado” para los estudios. Así que en 1952 decidió tomar los bártulos, dejar EEUU y marchar a Irlanda. Ya lo habían hecho Orson Welles y algunos más. Pero antes dejó a sus espaldas tres obras maestras indiscutibles: Cayo Largo (1948) y La jungla de asfalto (1950) –dos obras que acabaron de perfilar definitivamente la sustancia y el estilo del cine negro, sobre todo la segunda, quizá la mejor película de Huston– y La reina de África (1951), la emocionante y deliciosa aventura “del borracho y la puritana” que se embarcan en un viaje suicida que los transforma en héroes y amantes. Su rodaje constituyó otro de los “mitos” que rodean la figura de Huston. Aunque en los 35 años siguientes Huston se vio envuelto en toda clase de peripecias –después de una década volvió a EEUU, luego se instaló en México, se casó otras tres veces– y rodó todo tipo de películas –a un ritmo frenético, casi una cada año, incluidas algunas de baja calidad–, nunca renunció al espíritu de su cine, a defender su peculiar épica del fracaso, su visión de la vida como una aventura transformadora, su defensa de un determinado código ético. Todas sus películas llevan su peculiar “marca Huston”, ya versen sobre la historia de Toulouse-Lautrec (Moulin Rouge, 1952), recuerden la epopeya de Moby Dick (1956), indaguen en la vida de Freud (Freud, pasión secreta, 1962) o aborden la más singular visión de la Biblia jamás rodada (La Biblia...en principio, 1966). Pero quizá ninguna resume tan bien todo ello como la mítica Vidas rebeldes (1961), la fascinante epopeya de tres “vidas perdidas” protagonazida por tres actores “terminales” (Clark Gable moriría meses después, Marylin Monroe se “suicidaría” al poco tiempo, Montgomery Clift les seguiría pronto) que intentan sobrevivir en un mundo que los ha dejado atrás. Como era de esperar, John Huston “murió con las botas puestas”, rodó hasta el último aliento. En silla de ruedas y con una bombona de oxígeno dirigió en 1987 (con 81 años) Los muertos (Dublineses), su homenaje a Joyce y a Irlanda, y su estremecedora despedida, una película genial, coral, llena de melancolía y de vida... hasta el borde mismo de la muerte. Nos dejó sus 40 películas, un monumento imperecedero a la aventura de vivir sin miedo. J. Albacete Filmografía 1941
- El halcón maltés |
John Huston
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