PERFIL

Condolezza Rice / El pueblo de Nueva Orleans
Dos clases, dos destinos

Miles de personas no habían podido huir de la devastación del huracán, sencillamente porque no disponían del dinero suficiente para comprar un billete. A la misma hora, Condolezza Rice se gastaba 7.000 euros en una exclusiva zapatería de la lujosa Quinta Avenida

Hace exactamente un año, cuando se denunciaba la indiferencia del gobierno Bush ante la tragedia del Katrina, una de las víctimas, que no sabía si su familia estaba viva o muerta, gritaba: “!Esto es un genocidio! ¡No me digan que el gobierno no tiene un plan! ¡Este es el plan!”. No fue un acto de negligencia, sino un crimen premeditado. Varios estudios habían advertido de que, ante un huracán de nivel 5, hasta 127.000 personas sumidas en la pobreza no dispondrían de medios para trasladarse. Desde Bagdad a Nueva Orleáns, la Casa Blanca y el Pentágono son un peligro para la humanidad.

Demasiada distancia separa el Super Dome de Nueva Orleáns y la Quinta Avenida neoyorquina. Nunca tanta como la desvelada por el Katrina aquel 29 de agosto, hace exactamente un año.
En el estadio de la capital de Louisiana, miles de personas se hacinaban, condenadas a la muerte, ante la indiferencia criminal de las autoridades. No habían podido huir de la devastación del huracán, sencillamente porque no disponían del dinero suficiente para comprar un billete.

A la misma hora, Condolezza Rice, secretaria de Estado, se gastaba 7.000 euros en una exclusiva zapatería de la lujosa Quinta Avenida.
Dos clases, dos destinos. Reducidos a su sustancia por el Katrina.
Pero eso no es todo. En Nueva Orleáns Samuel Warick ha visto morir a su padre enfermo tras dos días sin comer, Torie McDaniel llora la desesperación de una madre que lleva varios días sin poder alimentar a sus cuatro hijos, Ally Clark se desgarra en un grito -“¡He visto morir a dos bebés, a una mujer, a un hombre… No tenemos nada, nos trajeron aquí y luego nos abandonaron!”- y Dorothy Civic, de 89 años, ha muerto esperando una ayuda que para él nunca llegó.
Mientras todo esto estaba sucediendo, Condolezza Rice, tras su tarde de compras, acudía a Broadway a disfrutar de una comedia.

Indiferencia asesina

El color de la piel está sometido al color de clase. No es lo mismo ser un obrero negro de Nueva Orleáns que una secretaria de Estado negra en Washington. Rice está emparentada con Chenney –que pescaba en Wyoming- o Bush –que apuraba las vacaciones en su rancho-. Y con la madre del actual presidente que, destilando el desprecio de clase de quien valora la vida humana como material desechable cuando ya no produce beneficios, comentó, ante el sufrimiento del pueblo de Nueva Orleáns en el Super Dome: “de todas formas, como son indigentes, esto les vendrá muy bien”.

Condolezza Rice empieza todos sus discursos preguntándose: “¿cuáles son los intereses de EEUU?”. Esa interrogación, en boca de uno de los representantes de la burguesía norteamericana, es una amenaza para los pueblos del mundo. Aquel 29 de agosto de hace un año quedó claro que también lo es para el pueblo norteamericano.
Son dos vidas de clase que marcan dos destinos.

En Nueva Orleans, donde el 28% de la población vive en la pobreza, y la mitad de las familias apenas llegan al 60% de la media de ingresos del país. Éste, y no el Katrina, es el magma que genera el desastre. Cuando llegó el huracán, la pobreza estrangulaba a uno de cada tres habitantes, y hasta al 40% de los niños. 

Rice comenzó su carrera política seleccionando objetivos para ataques nucleares. Preparándose para la insensibilización. Como un Harry Lime subido a la noria, Rice contempla a las personas como puntitos negros que pueden ser eliminados con un solo dedo. Aquel 29 de agosto, mientras compraba en la Quinta Avenida o veía una comedia en Broadway, el pueblo de Nueva Orleáns –como el de Bagdad o Kabul- eran para Rice solamente puntitos negros prescindibles.

Joan Arnau

En el estadio de la capital de Louisiana, miles de personas se hacinaban, condenadas a la muerte, ante la indiferencia criminal de las autoridades.