NACIONAL - CATALUNYA Los
primeros pasos del nuevo Estatut Las desmesuradas ambiciones de las burguesías locales exigen debilitar al Estado para arrancarle recursos y poder |
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| Maragall quiso celebrar la entrada en vigor del nuevo estatuto catalán emitiendo un discurso desde Sant jaime de Frontanyá, el pueblo más pequeño de Cataluña. De sus 31 habitantes, solamente siete aprobaron el estatuto en el referéndum. Los titulares de prensa se los han llevado las provocadoras declaraciones del ex president de la Generalitat, otorgando al estatuto el rango de constitución catalana, y afirmando que el Estado había quedado relegado a un papel residual en Cataluña. Mientras que los números, mucho más claros y objetivos, han quedado ya relegados al olvido. El discurso de Maragall aparece como una especie de microcosmos de la realidad catalana, a dos meses del referéndum y a otro tanto de que se celebran las elecciones autonómicas. Por un lado, las exageradas ambiciones de una burguesía local, con la que Maragall está emparentado familiarmente, deseosa de utilizar las armas que la aprobación del nuevo estatuto ha colocado en sus manos. Pero, al mismo tiempo, su principal debilidad, el escaso respaldo social a sus proyectos, donde sólo uno de cada tres catalanes quiso respaldar con su voto un estatuto amparado por todos los poderes locales. Han quedado claros desde un principio los peligros que la aprobación del estatuto depara. Poco tiempo ha bastado para que Maragall declarar que “a partir de hoy podemos afirmar que tenemos una nueva Constitución en Cataluña (…) la ley que siempre hemos querido”. Remachando que, con el nuevo estatuto, “el Estado será prácticamente residual en Cataluña (…) Cataluña podrá hacer lo que quiera, entre todos los territorios de Europa que no son Estados, nos hemos convertido prácticamente en aquel que más se parece a un Estado”. Al explicar el alcance de sus palabras sobre la calificación de residual con que se refirió a la presencia del Estado en Cataluña, Maragall precisó que, con el despliegue del Estatuto y dejando aparte la Seguridad Social y la deuda, “el gasto público de la Administración central del Estado en Cataluña representará sólo el 20% del total del gasto público en esta comunidad autónoma”. El bocado en el control del enorme presupuesto público es uno de los pilares del poder de las burguesías burocráticas locales que Maragall representa. Pero el defenestrado
president de la Generalitat no se ha quedado aquí.
Pocos días después, exhortó a
la dirección del PSC a crear un grupo parlamentario
propio en Madrid, al margen del PSOE, con el objetivo de convertir
al PSC en eje vertebrador del catalanismo político. En la actuación de Maragall podemos rastrear la naturaleza de unas burguesías burocráticas locales insaciables, que necesitan debilitar al Estado para poder arrancarles cada vez más competencias, poder y recursos. Poniendo todo esto al servicio de un proyecto que afiance su poder local. Era de prever que la aprobación de un estatuto que les concede un margen de maniobra más amplio exacerbará sus ambiciones. El caso del aeropuerto del Prat es paradigmático. Tuvieron que renunciar a su gestión exclusiva durante las negociaciones para que las Cortes aprobaran el estatuto. Pero los incidentes provocados por las protestas de los trabajadores en el aeropuerto barcelonés ha abierto una nueva y oportunista ofensiva. El parlament catalán vuelve a reclamar la titularidad exclusiva del aeropuerto para la Generalitat argumentando que “bajo supervisión catalana esto no habría pasado”. Pero el león no solo debe ser fiero, sino también disponer de dientes afilados. Y los de la burguesía catalana y sus representantes han quedado mellados tras el 18 de junio. En el referéndum para aprobar el estatuto, casi seis de cada diez catalanes (el 58,63%) expresaron de diferentes formas –desde la abstención al voto nulo o en blanco- el rechazo a una reforma estatutaria que se había convertido en monotema de la política catalana durante dos años Durante mucho tiempo nos dijeron que este estatuto era expresión de las aspiraciones de Cataluña, a las que no se les podía “dar un portazo”. Y tan sólo uno de cada tres catalanes lo respaldaron. Esta sonora bofetada, ejemplo del creciente descrédito entre la población de las aspiraciones nacionalistas, obligó a dimitir a Maragall, a convocar elecciones anticipadas, y a echar mano al PSC de la carta Montilla como candidato a la Generalitat. Sin embargo, este rechazo popular no tiene hoy posibilidad de expresarse políticamente a través de ninguna alternativa. Que ese sentir popular contrario a las derivas nacionalistas de los Maragall continúe siendo invisible políticamente es uno de los objetivos que persiguen en las próximas elecciones autonómicas. Nuestro empeño debe ser el contrario. Francesc Ten |
La burguesía catalana pretende exprimir el nuevo estatuto como arma para conseguir sus intereses, pero al mismo tiempo su respaldo social disminuye conforme avanza su proyecto.
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