REPORTAJE CENTRAL

5 años del 11-S
Una fecha que cambió el mundo

Pocos acontecimientos de la reciente historia del mundo han conmocionado tanto a la opinión pública mundial como el de la mañana del 11 de septiembre de 2001, cuando tres aviones comerciales impactaron sobre las torres gemelas de Nueva York y el edificio del Pentágono. Posiblemente, nadie como Henry Kissinguer supo concentrar en una frase lo que todo el planeta intuyó en aquel instante: “a las 8.41 de la mañana del 11 de Septiembre, cuando el primer avión se estrelló contra las Torres Gemelas, se inició una nueva era en las relaciones de EEUU con el mundo”. En efecto, el 11-S marcó el inicio de una nueva era en la política del Imperio que iba a alterar el orden de todo el planeta. Solo que no exactamente en la dirección que los estrategas de la línea Bush habían ideado.
5 años después del 11-S, el orden mundial presidido por la hegemonía de la superpotencia yanqui presenta un alteración de sus principales equilibrios estratégicos, unos acelerados rasgos de cambiante movilidad y una profunda inestabilidad de fondo bajo la apariencia de una relativa estabilidad superficial, como seguramente no se había conocido en el mundo desde antes de la IIª Guerra Mundial. Las profundas convulsiones y perturbaciones que desde el 11-S sacuden periódicamente la situación mundial, los crecientes retos y desafíos a su hegemonía que enfrenta Washington indican que un nuevo orden, de contornos todavía indefinidos y nebulosos, pugna por abrirse paso ante el declive del viejo orden yanqui que –pese a toda la fuerza usada (y por usar) de los halcones de Bush– se muestra impotente para conjurarlo. ¿Cuáles son los principales cambios ocurridos en el mundo en este breve período? ¿Hacia adónde apunta, previsiblemente, la nueva situación creada tras el 11-S?

Problemas en el centro del Imperio

Quisieron utilizar el 11-S para ordenar nuevamente al mundo, pero las consecuencias de su respuesta han sido la de sumar nuevos desórdenes y desequilibrios para los que ni toda su fuerza militar es suficiente para volver a encauzar

Desde la forzada elección de Bush en noviembre de 2000 –un auténtico “golpe de Estado jurídico” como lo definió el ensayista norteamericano Norman Birnbaum– los sectores más duros de su línea venían reclamando con insistencia la necesidad de dar un golpe de timón radical a la política exterior norteamericana, en el sentido de dotarla de la dureza y agresividad necesarias para demostrar “quien manda en el mundo” sin necesidad de estar recurriendo permanentemente a interminables y engorrosas negociaciones, al tiempo que exigían “conservar el predominio militar americano en las próximas décadas” para lo que el Pentágono debía actuar “de forma más agresiva”. Se trataba, en definitiva, ante el inevitable declive económico de EEUU y la aparición y el fortalecimiento de nuevos centros de poder mundial de conseguir una ventaja insalvable por las potencias rivales en el único terreno en el que el liderazgo norteamericano era todavía incuestionable: su superioridad militar.

Los atentados del 11-S sirvieron en bandeja la oportunidad a los superhalcones de Bush para poder llevar adelante su programa máximo sin concesiones ni interferencias. Ellos mismos lo habían previsto con anterioridad al describir en un documento de septiembre de 2000 que la necesaria estrategia para convertir a EEUU en “la fuerza dominante del futuro” requeriría de un espacio de tiempo muy prolongado “a no ser que un acontecimiento catastrófico y catalizador, al estilo de un nuevo Pearl Harbour” permitiera anular las resistencias a sus proyectos y movilizar a la opinión pública. El 11-S fue ese “nuevo Pearl Harbour”, el elemento catalizador que iba a permitir, en apariencia, establecer una nueva era de relaciones de EEUU con el mundo que permitiera crear las condiciones para el mantenimiento de la hegemonía norteamericana durante, al menos, otro siglo más.

La bandera de la guerra contra el terrorismo que desde el 11-S pasó a enarbolar la fracción más dura y agresiva de la burguesía imperialista yanqui –concentrada en la alianza entre el complejo militar-industrial, los grandes grupos energéticos, el ala derechista del partido republicano y los fundamentalistas cristianos, políticamente representada por la línea Bush– les permitió tanto anular la iniciativa de la otra fracción de la clase dominante norteamericana –representada por los 8 años de gobierno de Clinton–, como movilizar un relativamente amplio consenso de la opinión pública norteamericana favorable a las aventuras expansivas del Imperio.

Los éxitos de la primera fase de la “guerra contra el terrorismo” (creación de una amplísima coalición internacional, respaldo de la ONU y colapso y hundimiento casi instantáneo del régimen de los talibanes en Afganistán) crearon las condiciones para que los sectores más duros de la línea Bush (los “quebrantahuesos”) tomaran la iniciativa y proyectaran la guerra contra Irak como el formidable golpe discordante que debía alterar radicalmente el orden mundial y recomponerlo de acuerdo con las nuevas necesidades, prioridades y criterios que su hegemonía exclusiva precisaba. No midieron, sin embargo, de forma correcta ni sus propias fuerzas ni la de sus múltiples oponentes y lo que debía haberse convertido, de acuerdo con sus planes, en el inicio de una nueva era, se ha convertido en el principio del fin de una vieja era sin que, de momento, se aprecie ninguna alternativa (ni entre demócratas ni entre republicanos) capaz de sacar indemne a la superpotencia yanqui del atolladero en que su propia agresividad y aventurerismo les ha metido.

Para emprender la guerra contra Irak necesitaron forzar tan al límite todo el orden mundial existente, la jerarquía de las potencias mundiales, su histórico sistema de alianzas, la misma legalidad internacional,... que el fracaso de su aventura ha dado como resultado la quiebra de equilibrios estratégicos necesarios para su hegemonía sin que, en su lugar, hayan sido capaces de levantar otros nuevos. Más bien al contrario, lo que ha ocurrido es que múltiples elementos de la situación internacional se les han “descontrolado”, numerosas fuerzas políticas y de clase –de alcance local, regional e incluso global– han adquirido la fortaleza o la consistencia necesaria para iniciar una andadura autónoma y, en un corto espacio de tiempo, Bush ha visto cómo conjuraba fuerzas que, cual aprendiz de brujo, ahora se muestra incapaz de controlar.

Desde la formación de un movimiento de oposición a la guerra en todo el planeta de tal magnitud que la propia prensa norteamericana la calificó como “el surgimiento de una nueva superpotencia popular” hasta la quiebra de las relaciones trasatlánticas con Europa que sólo ahora empiezan a recomponerse, pasando por la implacable emergencia de China, la reactivación de Rusia como potencia mundial, el imparable movimiento antihegemonista de Iberoamérica, el laberinto incontrolable en que han convertido Oriente Medio, el caos de Irak, el ascenso de Irán como la gran potencia regional en la zona, el auge del islamismo y el fundamentalismo en el mundo musulmán,...

Quisieron utilizar el 11-S para ordenar nuevamente al mundo, pero las consecuencias de su respuesta han sido la de sumar nuevos desórdenes y desequilibrios para los que ni toda su fuerza militar es suficiente para volver a encauzar.


El nuevo centro geoestratégico del mundo

El nuevo papel objetivo que en la correlación de fuerzas mundial ha pasado a jugar China empieza a poner de manifiesto su creciente capacidad para alterar algunos de los equilibrios geoestratégicos fundamentales en que se sustenta la hegemonía norteamericana

La reorientación estratégica de la superpotencia yanqui propiciada por la línea Bush tras los atentados del 11-S no ha hecho más que dar carta de naturaleza a una situación que ya estaba gestándose con anterioridad pero que no había tenido ocasión de cristalizar definitivamente hasta después de los atentados de las torres gemelas: el desplazamiento del centro de gravedad geoestratégico mundial hacia Asia. Cada vez más, los asuntos principales del mundo se deciden en y en torno a Asia, mientras la región que a lo largo del siglo XX ha ocupado un lugar central en el escenario internacional, Europa, ha quedado relegada a una posición secundaria y periférica.

Unos meses antes del 11-S, el vicesecretario de defensa norteamericano había afirmado que “el centro estratégico militar de EEUU debe trasladarse desde Europa hacia Asia”. Los acontecimientos de estos 5 últimos años no han hecho sino confirmar esta apreciación en todos sus extremos. Y no principalmente por su desarrollo económico, a pesar de que Asia representa ya más del 40% del PIB mundial y de que, si siguen su actual ritmo de desarrollo, en el año 2050 tres naciones asiáticas (China, India y Japón) estarán entre los 4 países con mayor PIB del mundo. La razón de fondo de este desplazamiento del centro de gravedad de los asuntos mundiales hacia Asia es de orden político-militar y viene definido, antes que nada, por la emergencia de China como gran potencia mundial, pero también por el hecho de que otras dos grandes potencias con capacidad de desarrollo global –India y Rusia, a distinto nivel y por distintas razones– han quedado colocadas como los principales jugadores activos en el continente euroasiático. Y, a diferencia de la débil y voluble Europa, su fortaleza radica en su potencial militar (que incluye la fuerza nuclear) y la falta de capacidad de los EEUU para controlar sus asuntos internos (especialmente en el caso de China).

Las guerras de Afganistán e Irak desatadas por la línea Bush como respuesta al 11-S buscaban un triple objetivo. Por un lado, resolver el inquietante déficit de presencia militar directa, influencia política y dominio norteamericano en la región de Asia Central, el inmenso territorio repleto de recursos naturales que constituye el verdadero corazón del continente euroasiático y lugar donde convergen de forma prioritaria los intereses y puntos de conflicto de las tres potencias euroasiáticas capaces de representar, en su desarrollo, un desafío global a la supremacía yanqui en el mundo. Por el otro, gozar de la absoluta y exclusiva hegemonía militar y política en el Gran Oriente Medio, la región más inestable y conflictiva del mundo, pero al mismo tiempo uno de los centros nerviosos vitales del planeta: controlarla significa disponer de los principales recursos petrolíferos del mundo y, por lo tanto, de la capacidad de influir de forma decisiva en el desarrollo de las potencias rivales. Por último, del resultado de ambas guerras de agresión el Pentágono buscaba el establecimiento de una nueva red de bases militares y puntos de apoyo para el desplazamiento de tropas y movilidad aérea que permitieran configurar lo que, con toda propiedad, podría calificarse como un auténtico cerco militar a China.

Sin embargo, el empantanamiento político y militar norteamericano en Irak, unido a su incapacidad para controlar el territorio afgano más allá de las principales ciudades, ha producido, en apenas 5 años, un efecto exactamente contrario al buscado. Si a lo largo de la década de los 90, el desarrollo económico de China la había convertido en una potencia económica regional, los primeros años del siglo XXI –y mientras Washington debía concentrar y dedicar todas sus energías a tratar de resolver el atolladero iraquí en que se había embarcado– han supuesto un verdadero salto cualitativo en el desarrollo chino. No sólo el ascenso de China al rango de gran potencia global –determinado por la peculiar combinación entre un gigantesco desarrollo económico y su independencia política y militar– se ha revelado como un fenómeno imparable por la política norteamericana, sino que además el nuevo papel objetivo que en la correlación de fuerzas mundial ha pasado a jugar China empieza a poner de manifiesto su creciente capacidad para alterar algunos de los equilibrios geoestratégicos fundamentales en que se sustenta la hegemonía norteamericana.

De forma cada vez más acusada, la política y la influencia de China se despliega en los cinco continentes. Y sus movimientos políticos y diplomáticos en el mundo están permitiendo a los países colocados en el punto de mira de Washington o que buscan zafarse de su control tener un punto de referencia, un centro de poder mundial en torno al que alinearse de forma independiente a Washington. No son, en este sentido, en absoluto casuales las fuertes tendencias de los movimientos antihegemonistas de Iberoamérica (Venezuela, Cuba, Brasil, Argentina, Bolivia,...), de buena parte de países asiáticos (Irán, Siria, Corea, repúblicas del Asia Central, los países de la ANSEAN,...) o africanos (Sudán, Zimbawe, Congo,...) a buscar en Pekín el mercado, los capitales y las relaciones políticas y diplomáticas que necesitan para abrirse a un camino de desarrollo independiente al impuesto hasta ahora por el hegemonismo y las grandes multinacionales de las potencias imperialistas occidentales.

Frenar la emergencia china, contener los factores de desequilibrio del orden mundial bajo hegemonía yanqui que su desarrollo supone, se ha convertido, de este modo, en la primera de las prioridades para Washington. El problema de cómo mantener bajo control un fenómeno hasta ahora incontrolable, la inevitable ascensión de China, ha pasado a ser de forma abierta, 5 años después del 11-S, la contradicción principal del tablero mundial. El movimiento del resto de las piezas y peones del tablero ha pasado a depender de ella.


El “agujero negro” se activa

Moscú ha puesto en pie un sistema de fuerzas políticas (e incluso militares) y alianzas estratégicas que dificultan de una forma creciente la penetración política y militar norteamericana en dichas regiones

Alineamientos internacionales de los países surgidos de la desaparición de la URSS

Alineados con Moscú (en rojo): Rusia, Bielorrusia, Kazajstán, Uzbekistán, Turkmenistán, Kirguistán y Armenia
Alineados con Washington (en azul): Estonia Lituania, Letonia, Azarbaiyán, Tayikistán.
Zonas de disputa actuales entre Rusia y EEUU (en amarillo): Ucrania, Moldavia y Georgia

Desde comienzos de los años 90, el colapso de la Unión Soviética dejó a la antigua superpotencia (que por varias décadas había disputado la hegemonía mundial a EEUU) en una situación poco menos que de “paria internacional”, viviendo en un completo ostracismo político y en la más absoluta indigencia económica. Inmovilizada tras la desaparición de su imperio, Rusia vivió durante una década “hibernada”, paralizada ante la encrucijada que suponía definir su nuevo papel en el mundo, obligada a vivir de la ayuda exterior mientras su antiguo imperio exterior se recomponía en un nuevo sistema de alianzas internacionales y la antigua clase dominante soviética se reestructuraba de acuerdo a nuevas leyes, reglas y jerarquías.
Paradójicamente, el 11-S fue el clavo ardiendo al que pudo agarrarse con eficacia el Kremlin para salir del “agujero negro” en que se estaba consumiendo y volver a situarse, en el breve plazo de 5 años, nuevamente como un jugador activo en el tablero internacional. Las necesidades norteamericanas tras el 11-S de aumentar su presencia en Asia, pero al mismo tiempo colocando un contrapeso de grandes proporciones a China, determinó la elevación de Rusia nuevamente al rango de gran potencia mundial, cediéndole un asiento privilegiado en todos aquellos lugares donde se toman las decisiones verdaderamente importantes sobre los asuntos mundiales: G-7, Organización para la Cooperación de Shangai, acuerdos bilaterales con EEUU, revitalización de su papel como miembro permanente del Consejo de Seguridad de la ONU,...
Pero también en esta ocasión, sin embargo, el diseño originalmente previsto por los estrategas del nuevo orden mundial yanqui se ha visto alterado y convertido en su contrario en el curso de un breve período de tiempo. La renovación de su papel internacional, unido a la veloz recomposición de la antigua nomenklatura soviética en torno al férreo liderazgo de Putin y la reactivación económica que ha permitido la gigantesca acumulación de capital propiciada por la imparable escalada de los precios del petróleo tras la guerra de Irak, han creado una nueva situación en la que Moscú se considera con la suficiente fuerza como para desplegar una política internacional activa y no tutelada o dependiente de Washington.
Si hasta finales de la década de los 90 fue relativamente sencillo para Washington incorporar a su sistema de alianzas militares en Europa a los países provinentes del antiguo glacis soviético (los países bálticos, Polonia, Hungria, Checoslovaquia,...), en la actualidad, cada nuevo paso que pretende dar en esta misma dirección se encuentra con una feroz resistencia por parte del Kremlin. Tanto en la “Rusia europea” (Ucrania, Bielorrusia, Moldavia,...), como en el Cáucaso (Georgia, Armenia, Azerbaiyán,...), como en el Asia central (Kazajstán, Uzbekistán,...), Moscú ha puesto en pie un sistema de fuerzas políticas (e incluso militares) y alianzas estratégicas que dificultan de una forma creciente la penetración política y militar norteamericana en dichas regiones. Al tiempo que ha convertido su potencial energético en una formidable herramienta de política exterior con la que amenaza a Europa o extiende sus redes de influencia por medio mundo.


Gran Oriente Medio:
Bush en su laberinto

Desde antes incluso de los atentados del 11-S, los principales estrategas de la línea Bush habían establecido el derrocamiento de Sadam Hussein y la ocupación de Irak como el punto de partida idóneo para un ambicioso proyecto de control y dominio exclusivo norteamericano sobre el Gran Oriente Medio.

Países no controlados por EEUU. (en gris oscuro)
Países con fuerte control norteamericano. (en blanco)
Países de creciente influencia islámica radical. (trama horizontal)


Desde antes incluso de los atentados del 11-S, los principales estrategas de la línea Bush –agrupados en un lobbie llamado “Proyecto para un nuevo siglo americano”– habían establecido el derrocamiento de Sadam Hussein y la ocupación de Irak como el punto de partida idóneo para un ambicioso proyecto de control y dominio exclusivo norteamericano sobre el Gran Oriente Medio. La caída de Sadam debía convertirse, de acuerdo con este proyecto, en el inicio de un movimiento en el que, como las piezas de un dominó, el resto de regímenes hostiles a Washington en la región debían ir cayendo uno tras otro para ser sustituidos por regímenes controlados por elites fuertemente dependientes de Washington.

Sin embargo, los desastrosos resultados de la guerra y posterior ocupación de Irak no sólo han echado por tierra este proyecto, sino que han convertido a la región en un explosivo laberinto en el que los conflictos se suceden (aumentando además de intensidad en cada estallido) de una forma tan acelerada e incontrolable que la resultante final está siendo exactamente el inverso del que sus promotores esperaban: un acelerado auge de las fuerzas antinorteamericanas de todo tipo que cada día adquieren una mayor fortaleza y para las que, por el momento, ni Washington ni sus aliados locales han sabido todavía encontrar la forma de frenarlas.

El más importante de ellos, sin duda, lo constituye la transformación de Irán en una auténtica potencia regional de primer orden. La incapacidad norteamericana para controlar un régimen –el surgido de la revolución jomeinista– que resulta hermético e impermeable a su influencia, que mantiene su independencia política pese a todas las amenazas y chantajes de Washington, que dispone de una formidable “fuerza de choque”, las minorías chiís que, como puede apreciarse en el mapa, abarcan prácticamente todos los países de la región y que tienen en Teherán su centro rector, dotado de los suficientes recursos naturales (mayor productor de gas del mundo) que le permiten costear su política autónoma y que ha conseguido tejer una sólida red de alianzas estratégicas mundiales (con China, Rusia, Venezuela, Siria,...), es, a día de hoy, el primer y principal obstáculo con que se encuentra Washington para poder retomar la iniciativa en la zona.

El sostenido pulso que Washington y Teherán mantienen en torno a la cuestión nuclear, esconde, por debajo, la apremiante necesidad norteamericana de contener la creciente y expansiva influencia iraní en la región, puesta nuevamente de manifiesto estos días por la capacidad de resistencia militar adquirida por la milicia libanesa chií de Hezbollah.

Los estrategas de la línea Bush pensaron en utilizar la tradicional hostilidad sunní a la expansión de la influencia chií como contrapeso a Irán. Sin embargo, también en este flanco los acontecimientos han tomado un desarrollo contrario a los intereses norteamericanos.
Uno de los significados políticos del 11-S fue, por decirlo así, la “carta de presentación” mundial de una nueva fuerza con voluntad de presencia global en el escenario internacional: una burguesía panárabe naciente, vinculada a importantes e influyentes sectores económicos, políticos y religiosos de los países árabes que pretende hacerse un hueco en la distribución del poder mundial en correspondencia con el formidable capital económico y estratégico del que disponen. Una burguesía emergente, un “ectoplasma” todavía sin forma definida –ya que no cuenta con un único territorio sobre el que dominar ni un único Estado para hacerlo– pero que, sin embargo, acumula un enorme poder económico y la ventaja estratégica de estar asentada sobre un océano de petróleo del que dependen vitalmente el resto de potencias mundiales, base desde la que reclama lo que hoy les está negado en el reparto del poder mundial. Al Qaeda –y los múltiples vínculos religiosos, políticos y económicos que mantiene con sectores de las clases dominantes de los países árabes– no sería, en ese sentido, más que su “brazo militar”, la fracción de vanguardia dispuesta a inmolarse para abrir a sangre y fuego un hueco en el orden mundial en el que tengan cabida y estén representados sus intereses.

Desde el 11-S, la fractura en el seno de las castas políticas dirigentes del mundo árabe no ha hecho más que acrecentarse. Si la guerra de Afganistán privó a Al-Qaeda de la base territorial desde la que unificar y dar cohesión a su movimiento, la de Irak, por el contrario, le ha permitido dotarse de una capacidad operativa, de un incremento en sus filas y de una influencia de masas en el mundo musulmán impensable hasta entonces. Y aunque por el momento la fracción dominante en el poder en el mundo árabe es la decidida a mantener sus lazos de sumisión a EEUU, al mismo tiempo la emergencia de esta burguesía “ectoplasmática” impide que puedan convertirse en aliados efectivos de los planes norteamericanos para la región.


Bush contra el planeta:
El auge de los movimientos antihegemonistas

El mapa político actual de Iberoamérica hubiera sido prácticamente impensable a finales de los años 90, cuando sólo Cuba era capaz de resistir heroicamente las agresiones del gigante del norte y escapar de su control. Hoy, sin embargo, las tendencias hacia la independencia y a la unidad del mundo hispano aparecen como una fuerza incontenible

Una de las consecuencias mas significativas del 11-S y la respuesta norteamericana ha sido el auge de los movimientos antihegemonistas en todo el planeta, y de manera especial en Iberoamérica.

A medida que la línea Bush centraba todos sus esfuerzos en una política de guerra y de ruptura de la legalidad internacional que le permitiera conseguir ventajas estratégicas en regiones vitales del planeta, en Iberoamérica, los movimientos antihegemonistas aprovechaban la coyuntura para desplegar una ofensiva que han convertido al histórico “patio trasero” de EEUU en una auténtica “rebelión en la granja” cada vez más difícil de controlar y reconducir por Washington.

El camino iniciado por Chávez en Venezuela, ha conocido un desarrollo vertiginoso tras el 11-S. Ha sido justamente a partir de esa fecha, cuando la Casa Blanca y el Pentágono se veían obligados a concentrar toda su atención y su energía en lejanas regiones, levantando o disminuyendo de alguna forma la asfixiante presión que hasta entonces mantenían sobre ellos, cuando los pueblos y las naciones iberoamericanas se han lanzado decididamente a dar pasos firmes en el camino de su anhelada independencia. El mapa político actual de Iberoamérica hubiera sido prácticamente impensable a finales de los años 90, cuando sólo Cuba era capaz de resistir heroicamente las agresiones del gigante del norte y escapar de su control. Hoy, sin embargo, las tendencias hacia la independencia y a la unidad del mundo hispano aparecen como una fuerza incontenible.

A. Lozano