EDITORIAL INTERNACIONAL Líbano: El principal factor de fragilidad del alto el fuego alcanzado a mediados de agosto reside en los planes norteamericanos para la región. El pulso que Washington mantiene con Teherán es la clave que va a determinar su consistencia |
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| Finalmente, la aceptación por parte de los gobiernos israelí y libanés del alto el fuego propiciado por el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas ha permitido que las armas callen en Oriente Próximo. Pero nadie está en condiciones de asegurar hasta cuando. Por numerosas razones. La primera de ellas, el resultado mismo de la guerra. Después de más de 5 semanas en las que Israel ha volcado buena parte de su formidable potencial militar –que cuenta, además, con el inestimable apoyo de Washington y la total colaboración del Pentágono– contra el Líbano, el resultado es que si bien el pueblo libanés y el país en su conjunto han sufrido las devastadoras consecuencias de la agresión sionista, la milicia chií de Hezbollah –principal objetivo militar del ataque– no sólo no ha sido destruida ni debilitada significativamente, sino que, por el contrario, ha aumentado su prestigio e influencia política tanto en el Líbano como en el resto del Gran Oriente Medio y el mundo musulmán. Si ya de la primera guerra israelo-libanesa Hezbollah salió con la aureola de haber conseguido expulsar al ejercito israelí de la frontera sur; ahora el ejército del “Partido de Dios” ha demostrado tener una capacidad de resistencia frente al Tashal mayor de la que fueron capaces de ofrecer en la Guerra de los Seis Días o en la del Yom Kippur los ejércitos de Egipto, Jordania y Siria. La razón principal que llevó a la escalada militar a Tel-Aviv sigue, pues, intacta. Y no parece tampoco que la solución de compromiso adoptada por la ONU esté en condiciones de resolverla. Ha sido necesario que el propio secretario general de la ONU, Kofi Annan, diera garantías a los países que van a formar la columna vertebral de las fuerzas de interposición que se desplegarán en la frontera sur de Líbano acerca de que entre sus tareas no se incluirá el desarme de la milicia chií, para que éstos aceptaran –tras numerosas vacilaciones– enviar sus tropas. La alternativa de que la disolución de la milicia islamista debe surgir de un acuerdo político entre las fuerzas libanesas no deja de ser un brindis al sol que difícilmente va a tener consecuencias prácticas en un futuro inmediato. Y no sólo porque Hezbollah sea la principal fuerza militar, con diferencia, del Líbano, sino porque su peso en las instituciones del Estado libanés, su hegemonía política entre el 50% de la población chií del país y su sistema de alianzas nacionales e internacionales le hacen ser un jugador imprescindible sin cuyo asentimiento es imposible cualquier iniciativa de hondo calado en el país de los cedros. Por último, pero no por ello menos importante, el principal factor de fragilidad del alto el fuego alcanzado a mediados de agosto reside en los planes norteamericanos para la región. El pulso que Washington mantiene con Teherán es la clave que va a determinar su consistencia. Bajo la apariencia de controlar el acceso de Irán al dominio de la energía nuclear, lo que EEUU está sopesando es la posibilidad –y la oportunidad– de propiciar un poderoso golpe con el que tratar de responder al cúmulo de retos y desafíos a su hegemonía que presenta la actual situación internacional, recomponiendo al mismo tiempo un sistema de alianzas profundamente debilitado a consecuencia de la guerra de Irak. Detener el ascenso iraní como la gran potencia regional del Gran oriente Medio y frenar la expansión de su influencia en la zona; quebrar los sólidos lazos de alianza económica y política establecidos por el régimen de los ayatollahs con China y, secundariamente, con Moscú, lanzando a ambas potencias un serio aviso de hasta dónde están dispuestos a llegar los halcones en su defensa del orden mundial norteamericano; y arrastrar a la débil y voluble Europa hacia un cierre de filas incondicional con Washington son los verdaderos objetivos que se esconden tras el pulso con Teherán. Del método y el ritmo con que la línea Bush esté dispuesta a impulsarlos va a depender también la duración del frágil alto el fuego alcanzado en el Líbano. |
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