INTERNACIONAL Relanzamiento
económico y político de Rusia en el tablero
mundial El ascenso de Rusia al papel de superpotencia energética no sólo es una carta económica, sino también un inmejorable trampolín para aumentar su influencia política |
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Aunque relegada irremediablemente a un papel de potencia de segundo orden, lejos de EEUU y de la formidable irrupción china, no cabe duda de que la recuperación del gigante ruso, y sobre todo de su capacidad de movimientos en la arena internacional, es un acontecimiento que puede tener hondas consecuencias. Rusia desbanca a Arabia Saudí como primer productor de petróleo del mundo, Moscú deposita 22.300 millones de euros para saldar de golpe las deudas contraídas por la ex URSS, Putin acapara la atención como anfitrión del G-8… Si hace unos años Rusia parecía un moribundo instalado en un caos permanente, incapaz de extender su influencia siquiera dentro de sus fronteras, hoy las decisiones de Moscú adquieren un creciente peso en la escena internacional. La cirugía del KGB implantada por Putín ha conseguido sacar a Rusia de la UVI, y aunque todavía sigue convaleciente, la buena salud del enfermo le permite, a caballo de las enormes riquezas energéticas que atesora, jugar un papel activo en el tablero mundial que ya es imposible no tener en cuenta. ¿Quién es el primer productor mundial de petróleo? La tendencia natural es pensar instantáneamente en algún rincón del Golfo Pérsico. Sin embargo, Rusia ha superado ya a Arabia Saudi, convirtiéndose en el primer productor mundial de crudo. En junio de este año, Rusia extrajo 9,2 millones de barriles, 46.000 más que el país árabe, tras experimentar una mejora de la producción interanual del 2,3%.Hace pocos meses, Putín definió el objetivo estratégico nacional: “Rusia debe ser el líder de la energía mundial. Nuestro país, su complejo de combustible y energía y la ciencia nacional están dispuestos a aceptar el reto”. Pocas semanas después, el presidente ruso utilizaba la reunión del G-8 en San Petersburgo para postular a Rusia como garante principal de la estabilidad de suministros energéticos en los mercados internacionales, habida cuenta de la inestabilidad en Oriente Próximo. Las cifras energéticas
de Moscú son apabullantes. Es el primer productor mundial
de petróleo, y tercer escalón en cuanto a reservas
mundiales (un 10% del total, o el 27% de las reservas exploradas
fuera de la OPEP). En un momento de espectacular crecimiento
de la demanda de hidrocarburos, los yacimientos rusos aseguran
casi el 40% del aumento de la producción mundial. En
la esfera de gas Rusia es el líder absoluto, su cuota
corresponde prácticamente al tercio de las reservas
globales de 'combustible celeste', a la cuarta parte de la
producción mundial y al un 30% de exportaciones internacionales.
Pero este poderío energético no es sólo mesurable en términos económicos. La Comisión Europea ha reaccionado con temor ante el acuerdo alcanzado entre Gazprom y la compañía argelina Sonatrach. De materializarse, el Estado ruso, a través de Gazprom, controlaría el 35% del suministro de gas a la UE, una cifra que llegaría hasta el 70% en casos como Italia. La creciente dependencia energética europea ha convertido la riqueza gasística rusa en un formidable instrumento de presión política. Algo similar ocurre en las relaciones entre Moscú y buena parte de las antiguas ex repúblicas soviéticas. La decisión rusa de renegociar los precios del suministro de gas –ajustándolos al precio de mercado y no al preferencial que venia funcionando- es un as en la manga rusa. El ascenso de Rusia al papel de superpotencia energética no sólo es una carta económica, sino también un inmejorable trampolín para aumentar su influencia política. Una de las principales contradicciones tras la implosión soviética era como transformar un capitalismo burocrático, altamente ineficaz, en una economía monopolista dinámica capaz de competir en el mercado mundial. El sector energético ha actuado como trampolín. El pago por adelantado de los 22.300 millones de deuda contraída con el Club de París –la mayor en la historia- es un buen ejemplo de esta recuperación. Atrás quedaron los momentos donde el chantaje nuclear era utilizado por Moscú para recabar el dinero que era incapaz de generar. Entre 1999 y 2005, el PIB había crecido un 50 por ciento y, además, la tasa de crecimiento industrial en Rusia es mucho mayor que la de los países más industrializados del mundo y de la economía mundial en su conjunto. Al cierre de 2005, el PIB de Rusia había incrementado un 6,4%. Para comparar, ese mismo indicador había sido de un 2,8% en Japón, un 3,5% en EE UU. Siguen creciendo las reservas en oro y divisas, que para la fecha superan $236 mil millones. Ese montante coloca a Rusia en el cuarto puesto en el mundo después de China, Japón y Taiwán. Aunque relegada irremediablemente a un papel de potencia de segundo orden, lejos de EEUU y de la formidable irrupción china, no cabe duda de que la recuperación del gigante ruso, y sobre todo de su capacidad de movimientos en la arena internacional, es un acontecimiento que puede tener hondas consecuencias. La cirugía del KGB Aunque los datos económicos y la relevancia del sector energético acaparen toda la atención, buena parte de la culpa de la recuperación rusa la tiene el relativo éxito de la alternativa Putín. Criado en el seno del KGB, Vladimir Putin accedió a la presidencia rusa hace ocho años con un mandato claro: poner orden en el caos interno que suponía las constantes disputas entre los sectores de una burguesía y un Estado ruso en recomposición tras la implosión soviética. Putin representaba, como opción política, la necesidad de imponer, desde el Estado una jerarquía estable en la nueva clase dominante rusa, dotando al nuevo Estado de estabilidad y autoridad. Para ello, Putin no ha dudado en recurrir a los métodos expeditivos de la vieja escuela del KGB: encarcelando a los oligarcas que desafiaban las reglas –como Jodorosky, el magnate de la petrolera Yukos- o utilizando a los aparatos del Estado para eliminar a sus adversarios políticos. Sin embargo, más allá de la discusión sobre el nivel de la democracia rusa –Putín es conocido como “el carnicero de Chechenia”, ante la aquiescencia de muchos democráticos dirigentes europeos, que no reparan en cobrarse su silencio con toneladas de gas ruso- los autoritarios métodos de Putín han cosechado el efecto deseado: aunque no han desaparecido los resabios del pasado, la estabilidad del orden interno en el seno de la clase dominante rusa y el Estado era impensable antes de sus años de presidencia. La pretensión del Kremlin de crear un bipartidismo ruso –limitando el número de partidos que pueden llegar al parlamento a dos, que cierren a izquierda y a derecha un candado político- camina en la línea de dotar de estabilidad al régimen. Es esta estabilidad interna –sobrevalorada si la comparamos con el antiguo caos- la que ha permitido que Rusia desplegase, aunque limitadamente, su influencia exterior. A esta labor ha contribuido la habilidad política de Putin para aprovechar las nuevas condiciones del mundo post 11-S. Apoderándose de la bandera de la lucha contra el terrorismo para uso interno, aprovechándose de su estratégica situación geopolítica –con un pie de las estratégicas zonas del Asia Central- y cultivando las relaciones con una China cada vez más decisiva. Dentro de la movilidad internacional impuesta tras el 11-S, Rusia ha sabido mover acertadamente sus cartas. El
espacio post soviético: La estabilidad interna –en el seno de la clase dominante y el estado ruso- alcanzada por Putin ha permitido que Rusia desplegase, aunque limitadamente, su influencia exterior La victoria de Víctor Yushenko en Ucrania –al calor de una “revolución naranja” que contó con el respaldo financiero y político de Washington- fue el punto álgido de la ofensiva norteamericana por controlar los más estratégicos enclaves del espacio post soviético. El posterior ascenso de Yanukovich, cabeza política del sector más pro ruso de Ucrania, al cargo de primer ministro evidenció la contundente respuesta de Moscú. La ofensiva norteamericana tras el 11-S, especialmente a partir de la guerra de Irak, significó para Rusia un relegamiento en la escena internacional, hasta el punto de contemplar como Washington se atrevía a apoderarse de zonas de importancia estratégica dentro de las antiguas fronteras de la URSS. Pero Moscú ha tomado posiciones para defender su área de influencia. La crisis con Ucrania o Georgia, el respaldo ruso al presidente bielorruso, Lukashenko, la recomposición de la alianza entre Rusia y Uzbekistán, o la reactivación de las relaciones entre Moscú y varias repúblicas ex soviéticas son ejemplo de este movimiento. La Comunidad Económica Euroasiática, formada por Rusia, Bielorrusia, Kazajstán, Kirguizistán, Tayikistán y Uzbekistán, es una de las organizaciones creadas para lograr una mayor integración económica en el ámbito pos-soviético. Vladimir Putin se ha manifestado a favor de acelerar la formación de una unión aduanera en el ámbito de la CEE. Este relanzamiento de las relaciones económicas de Rusia con las repúblicas ex soviéticas ha venido acompañado de la decisión de reforzar también los lazos militares, a través de la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva. Los pasos que diera Rusia para recuperar la influencia sobre lo que históricamente ha considerado su patio trasero, eran el primer termómetro para verificar la recuperación rusa. Y la reacción de Moscú ha confirmado la notable mejoría del enfermo. Francesc Ten |
Rusia ha superado ya a Arabia Saudi, convirtiéndose en el primer productor mundial de crudo. Gazprom, monopolio estatal del gas, es la tercera del mundo por valor en bolsa, sólo por detrás de los gigantes monopolistas norteamericanos Exxon y General Electric.
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