OPINIÓN

Ciutadans-Partit de la Ciutadania:
La Cataluña rebelde

Ciutadans se ha negado a comulgar con el nacionalismo insolidario erigido como doctrina nacional, encarnando la Cataluña que el conjunto de España admira

“¡Cómo que se niegan a admitir que la tierra es plana!”. “¡Cómo que los plebeyos pretenden también decidir!”. Ésta ha sido la reacción del stablishment catalán ante la irrupción de Ciutadans. La nueva formación impulsada por Albert Boadella, Arcadi Espada o Félix de Azua, entre otros, se ha negado a comulgar con el nacionalismo insolidario erigido como doctrina nacional, y por ello han sido agredidos por las camisas pardas del nacionalismo excluyente, calumniados o amenazados, y finalmente silenciados por los medios de comunicación del régimen catalán.

La “cosa nostra nacionalista” –la feliz formulación de Boadella para referirse a la casta política y económica que, como un clan endogámico, ha patrimonializado el poder en Cataluña durante décadas– ha visto a Ciutadans como una amenaza. Pero este grupo de ciudadanos, que denuncian cómo “Cataluña se ha vuelto inhóspita para quienes no son nacionalistas”, y afirman que “no se sienten representados por los actuales partidos”, se ha empeñado valientemente en denunciar que el rey estaba desnudo, que el “oasis catalán” escondía demasiadas vergüenzas.

Se han opuesto a quienes “propician el conflicto permanente entre las instituciones catalanas y españolas, incluso entre los catalanes y el resto de los españoles”. Han señalado “la escandalosa pedagogía del odio que difunden los medios de comunicación del gobierno catalán contra todo lo español”. Se han enfrentado a la indignante insolidaridad de “los consejeros que no han tenido mayor inconveniente en afirmar que mientras el norte español trabaja, el sur dilapida”. Han puesto el dedo en la llaga al afirmar que la adhesión identitaria ha sustituido a la solución de los problemas reales de la gente, mientras que “el nacionalismo sí ha sido eficaz como coartada de la corrupción, desde el caso de Banca Catalana hasta el más reciente del 3%”. Y esto en Cataluña se paga. Atreverse a disentir del pensamiento único impuesto por la burguesía catalana y los poderes públicos significa la muerte civil. El grado de control impuesto por las castas locales en el mundo político, cultural, social, a través de múltiples redes clientelares alimentadas por los presupuestos autonómicos, permite excluir la disidencia.

Ésta es la Cataluña oficial, y frente a ella se levanta la Cataluña real.
Tanto en su grupo de promotores como en sus diferentes posicionamientos públicos, Ciutadans representa la Cataluña que el conjunto de España admira. La que siempre ha estado a la cabeza en la lucha por la libertad. La comunidad que ha aspirado a colocarse a la cabeza de un proyecto común, convirtiéndose muchas veces en motor del desarrollo español. La Cataluña dinámica y bulliciosa que ha servido de referencia al conjunto de España. En definitiva, la Cataluña que ha unido indisolublemente sus anhelos y aspiraciones con el conjunto del pueblo español.   Esa Cataluña, la de Tarradellas o las olimpiadas del 92, está en Ciutadans.

La sola presencia de Ciutadans en la vida política es un grito de rebeldía contra el engendro identitario, clasista, insolidario, enclaustrado entre Montserrat, una oficina de la Caixa y los presupuestos de la Generalitat. Y representa también otra forma de hacer política. Frente a la casta endogámica que forma la clase política, inoculada de inconfesables intereses, los ciudadanos irrumpen directamente. Muchos ciudadanos que, en Cataluña y en el resto de España, sobre todo en el seno de la izquierda, no se sienten representados por los partidos mayoritarios que han encadenado traiciones, han visto con simpatía la irrupción de Ciutadans.

F. T.