EDITORIAL INTERNACIONAL

Cumbre entre Chirac, Merkel y Putin en París:
La nueva geometría europea

Las cumbres franco-alemanas, que antes eran expresión de la afinidad de un eje constituido en rodillo excluyente, ahora nos muestran la nueva geometría europea, determinada por el giro pro norteamericano impreso por el gobierno de Merkel

En el castillo de Compiègne, a 50 kilómetros de París, se escenificó las tres diferentes posiciones que hoy convergen sobre el viejo continente.

Un decrépito Chirac, casi finiquitado políticamente, intentaba sin éxito reverdecer viejas glorias. Putín exhibía las renovadas ambiciones rusas, cada vez más orientadas a ejercer un protagonismo activo en los asuntos europeos. Y Merkel hacía gala de la calculada postura que le permite relegar el antiguo eje con Francia y acercarse a Washington, sin por ello dejar de conducir la construcción europea. Las cumbres franco-alemanas, que antes eran expresión de la afinidad de un eje constituido en rodillo excluyente, ahora nos muestran la nueva geometría europea, determinada por el giro pro-norteamericano impreso por el gobierno de Merkel.

Chirac exhibió su creciente nulidad política. Intentó reeditar, apoyándose en la presencia de Putin, la privilegiada relación entre Berlín, París y Moscú que había sido bandera durante el mandato de Schröeder. Cosechando en su empeño un estrepitoso fracaso. Francia está en realidad más cerca de Merkel que de Chirac. El por ahora presidente galo censuró las veleidades pro-norteamericanas de su ministro del Interior, Nicolas Sarkozy. Pero este último es, a una insalvable distancia, el favorito para las presidenciales del próximo año, completando así la reconducción de Europa hacia la colaboración con EEUU en los principales asuntos internacionales, como la crisis con Irán.

El presidente ruso, Vladimir Putin, llegó ayer a Francia dispuesto a concretar la condición de gran potencia financiera. El Kremlin ha aprovechado el alza del precio de la energía por dos caminos. Por un lado convirtiéndose en el principal abastecedor de gas de Europa Occidental y por otro utilizando el capital que ha acumulado para recuperar la distancia en innovación tecnológica de su antaño poderosa industria aeronáutica y militar. El primer paso ha sido crear un gran consorcio aeronáutico, OAK, que agrupa a los grandes fabricantes de aviones de la antigua Unión Soviética: Mig, Sukhoi e Irkut. Paralelamente, en los últimos meses, el Banco de Comercio Exterior de Rusia, Vnniechtorgbank, ha conseguido acumular hasta un 5,02% del capital del consorcio aeroespacial y de defensa europeo EADS. A cambio de un puesto en el consejo de Administración de EADS, el presidente ruso ofrecería una participación financiera en los programas de desarrollo de Airbus. Putin quiso dejar claro que ha escogido a Europa como socio privilegiado para dar el salto tecnológico que devuelva a Rusia a la vanguardia industrial y científica que ha perdido en las últimas décadas.

Merkel se esforzó por hacer público su distanciamiento de Francia y su cercanía a Washington. Vetó cualquier resolución común que pudiera generar el más mínimo roce con EEUU en temas sensibles como Irán.
A cambio del respaldo a Washington, Berlín espera conseguir vía libre para imponer, aunque con formas diferentes a las practicadas por Schröeder, su supremacía en Europa.  La segregación de Montenegro –que como el resto de territorios ex yugoslavos pasará a ser satelizado por Alemania– fue el primer paso. Ahora, sin ruido pero sin pausa, el gobierno Merkel se dispone a salvar, bajo nuevas fórmulas, los puntos del tratado constitucional necesarios para blindar el dominio político germano en Europa. O pretende imponer la eliminación completa del derecho de veto, instrumento en manos de los países pequeños para oponerse al rodillo de los grandes.

La visión de los tres personajes que hoy deciden el futuro de Europa produce escalofríos. Un ex alcalde de París inculpado en casos de corrupción y acusado de genocidio en varias ex colonias francesas. Un presidente ruso portador de la peor tradición del KGB. Y una canciller germana que no tiene inconvenientes en respaldar las agresiones de la superpotencia norteamericana.