INTERNACIONAL

Shinzo Abe recoge el testigo de Koizumi:
Halcones en Tokio

“Un factor significativo en los cálculos de Washington a la hora de impulsar el ascenso de Japón a la prominencia internacional diplomática y militar ha sido la creciente influencia de China en Asia”
(Robert T. McLean, analista del Pentágono)

Japón y Tailandia son las últimas muescas de una rueda que gira en torno a China. Ningún acontecimiento en Asia puede comprenderse al margen de la acelerada emergencia china, convertida en líder natural, económico pero cada vez más también político, del continente. El resurgimiento de las políticas niponas más agresivas –que el nuevo primer ministro, Shinzo Abe, amenaza continuar-, y el sorpresivo golpe de Estado en Tailandia, deben enmarcarse en este cuadro, donde EEUU despliega todas sus cartas al objeto de contener la irrupción de Pekín. El inquietante trasfondo de estos movimientos es la tensión que las ambiciones norteamericanas generan en la región –de las que el creciente enfrentamiento entre Japón y China es sólo un ejemplo-, amenazando la estabilidad asiática, y por extensión del conjunto del planeta.

A través de los opacos mecanismos de la democracia japonesa –donde una casta hereditaria domina la política nacional–, Junichiro Koizumi ha cedido la jefatura del PLD –partido que gobierna Japón desde 1955– a Shinzo Abe.   El nuevo líder nipón es considerado un “halcón” continuador de los nódulos de la política de Koizumi, consistentes en resituar a Japón en el cambiante mapa asiático a través de un mayor alineamiento con la línea Bush.

La principal consecuencia ha sido una sustancial variación de las relaciones entre Tokio y Pekín. Si hace unos años se especulaba con una posible alianza estratégica entre los dos gigantes asiáticos, desde el 11-S el enfrentamiento chino-japonés ha subido progresivamente su temperatura. Hace un año, los gestos del gobierno nipón justificando las criminales agresiones durante la IIª Guerra Mundial provocaron multitudinarias protestas en China. Las visitas de Koizumi al santuario sintoísta de Yasukuni, donde están enterrados 14 criminales de guerra condenados por las atrocidades cometidas por el ejército nipón en China, son una provocación.

Mientras que el resto de candidatos a la sucesión afirmaron que no visitarían Yasukuni si llegaban a encabezar el ejecutivo, Abe calificó de “violación de los sentimientos japoneses” las protestas de Pekín, reivindica permanentemente las victorias militares sobre China, se ha declarado partidario de retocar los manuales escolares de historia en los capítulos referentes a asuntos como las esclavas sexuales del ejército nipón durante los años del expansionismo, e incluso ha dudado en público de la legitimidad de los juicios del Tribunal de Tokio, que condenó a los criminales de guerra japoneses tras la rendición.

Pero el enfrentamiento de Japón con China no afecta sólo al terreno simbólico. En diciembre de 2004, el Gobierno japonés publicó su nuevo Programa de Defensa Estratégico, en el que por primera vez en su historia apuntó a China como una amenaza militar. Pocos meses después, la Agencia de la Defensa destacaba lo que consideraba como un alarmante desarrollo de la marina de guerra china.

Abe representa la cara más abierta de la política de enfrentamiento con China. Proponiendo para ello un papel más activo de Japón en la escena internacional, especialmente en Asia. Desde aquí hay que valorar su propuesta de cambio de la Constitución, que permita el rearme militar y la participación del ejército nipón en operaciones bélicas en el extranjero. La participación de tropas japonesas en la guerra de Irak señala hacia dónde se orientaría esa proyección exterior nipona. Porque Abe –que según un analista nipón propone convertir a Japón en “la Gran Bretaña de Asia”– defiende una mayor vinculación con la estrategia belicista de Washington. Un ejemplo es la opción nipona por involucrarse política y financieramente en la Iniciativa de Defensa Estratégica, en la que colabora desde 1999. Pero, sobre todo, el año pasado, EEUU y Japón proclamaron por primera vez que Taiwan es una preocupación común en materia de seguridad. Pekín reaccionó de forma contundente denunciando que “EEUU y Japón aprovechan esta alianza para intervenir en los asuntos internos de otros países y en ocupar una posición protagonista en los asuntos regionales”.

Mucho más claro es Robert T. McLean –analista de uno de los centros de pensamiento del complejo militar-industrial norteamericano–, al exponer el papel que Japón juega en la estrategia estadounidense: “Un factor significativo en los cálculos de Washington a la hora de impulsar el ascenso de Japón a la prominencia internacional diplomática y militar ha sido la creciente influencia de China en Asia (…) los beneficios potenciales para Estados Unidos son desbordantes. El Mando del Pacífico de Estados Unidos ya ha comenzado un realineamiento de fuerzas en la región desplegando cifras significativas en Guam. Por primera vez desde la Segunda Guerra Mundial, Japón ha colocado su ejército, marina y fuerzas aéreas bajo un mando unificado, y la cooperación norteamericana y japonesa en sistemas de defensa balísticos ha alcanzado un máximo nunca visto. (…) Por decirlo simplemente, con una China cada vez más poderosa, Japón se da cuenta de su vulnerabilidad y está dispuesto a plantar cara en la alianza Estados Unidos-Japón”.

EEUU necesita levantar fuerzas que equilibren el creciente liderazgo chino en el continente asiático. Y en ese camino azuza los rescoldos del militarismo japonés.

La burguesía japonesa se encuentra ante el dilema de cuidar los ingentes beneficios que supone el mercado chino, o enfrentar la pérdida de influencia en el continente a manos de una China emergente. Koizumi, y ahora Abe, representan la carta del alineamiento cerrado con las políticas norteamericanas más agresivas. Algo que, si bien puede reportar beneficios políticos y militares a corto plazo, conduce al enfrentamiento con unos vecinos que, desde China a Corea del Sur, guardan buena memoria y malos recuerdos de las consecuencias del expansionismo nipón. El peligro para el mundo es que los halcones de Washington y Tokio eleven de forma temeraria el enfrentamiento entre Japón y China, un choque mayor, de consecuencias inquietantes para la estabilidad asiática y mundial.

Juan Martínez

El peligro para el mundo es que los halcones de Washington y Tokio eleven de forma temeraria el enfrentamiento entre Japón y China, un choque mayor, de consecuencias inquietantes para la estabilidad asiática y mundial.