REPORTAJE HISTORICO

Historia de España: los Reyes Católicos (y 3):
Modernización del Estado y expansión imperial

En el interior, los Reyes Católicos acometen tanto una profunda reforma de las estructuras jurídico-políticas existentes como la creación de nuevos aparatos (Hermandad General, la Inquisición, Consulados, Consejos reales, ejército real permanente, embajadas,...) que configuran ya la forma que, posteriormente, adoptarán todos los Estados modernos

En lo externo, el reinado de los Reyes Católicos se caracterizará por el increíble dinamismo, la multiplicidad y la intensidad de su política exterior.


En los capítulos anteriores vimos el distinto proceso interno –de clases y lucha de clases –que en el seno de Castilla y Aragón conducen finalmente a la unión de ambos reinos. Tras 5 años de guerra civil en Castilla –en la que los Reyes católicos deben hacer frente no sólo a la fracción de la gran nobleza castellana opuesta a ellos, sino también a los intentos de Portugal y Francia por impedir la unión–, la consolidación en el trono de Isabel y la entronización de Fernando como rey de la Corona de Aragón tras la muerte de su padre sólo unos años después, marcan el inicio del reinado más fecundo generador que ha conocido España en toda su historia. Las reformas y la modernización en el interior y una expansión en el exterior que provocará un auténtico cambio en el centro de gravedad de la política mundial que prácticamente se mantendrá hasta nuestros días (del Mediterráneo al Atlántico) serán los dos grandes ejes que dirigirán su política.

En el interior, los Reyes Católicos acometen tanto una profunda reforma de las estructuras jurídico-políticas existentes como la creación de nuevos aparatos (Hermandad General, la Inquisición, Consulados, Consejos reales, ejército real permanente, embajadas,...) que configuran ya la forma que, posteriormente, adoptarán todos los Estados modernos.

Económicamente potencian el mercantilismo y se orientarán rápidamente hacia una política proteccionista que busca favorecer la producción nacional tanto de materias primas (lana, productos agrícolas, minerales,...) como industriales (construcción naval, manufacturas textiles, producción de armas,...). Sanean la Hacienda Real con una política de liquidación de las múltiples deudas contraídas por sus antecesores, de estabilización de precios y de acuñación de una moneda fuerte basada en la acumulación de reservas de oro y plata en el país. Por primera (y única) vez en la historia, no será necesario que las Cortes financien la política exterior de la monarquía.

En lo externo, el reinado de los Reyes Católicos se caracterizará por el increíble dinamismo, la multiplicidad y la intensidad de su política exterior. En apenas 3 décadas de reinado, incorporan definitivamente Navarra a la monarquía hispánica, cortando de raíz las históricas pretensiones francesas sobre el reino pirenaico.

Recuperan para Cataluña el Rosellón y la Cerdaña (perdidas en favor de Francia durante el período de la sublevación de Cataluña contra el padre de Fernando, Juan II), mientras Aragón retoma la iniciativa en el Mediterráneo, por un lado recuperando el reino de Sicilia para su corona, por el otro derrotando a las tropas francesas y anexionándose Nápoles, y estableciendo firmes alianzas comerciales y políticas con Venecia, Génova y el Papado.

La nueva Monarquía Hispánica, en su política europea, coloca en lugar preferente los intereses de Aragón, rompiendo Castilla su tradicional alianza con Francia, que pasa a ser el enemigo principal a batir. Fernando el Católico firma tratados y alianzas con Inglaterra, Borgoña y Flandes para proteger los intereses y las rutas comerciales de las ciudades y puertos castellanos con el norte de Europa.

Se renueva la amistad y la alianza con Portugal: la nueva fortaleza adquirida por Castilla tras la unión hace posible, por primera vez, que acepte la expansión portuguesa por el Atlántico y por África.
Tras acabar con el último reducto de poder musulmán en España conquistando el reino de Granada, la nueva monarquía inicia una política de expansión por el norte de África en la que ya son indisociables los intereses de uno y otro reino: si por un lado para Castilla significa eliminar el riesgo musulmán sobre Granada, para Aragón supone controlar las rutas marítimas del sur del Mediterráneo. Se conquistan Melilla (1497) y Mazalquivir (1505). Desde ellas se ocupan en apenas 5 años Orán, el Peñón de Vélez, Argel, Túnez y Tripoli. Todo el norte de África, desde Ceuta hasta la actual Libia pasan a ser (muchas de ellas hasta finales del siglo XVIII) posesiones (directas o de vasallaje) de la nueva monarquía hispánica.

A través de su política matrimonial, los Reyes Católicos urden un complejo sistema de alianzas cuyo objetivo es, por un lado, aislar a Francia mediante alianzas matrimoniales con Austria e Inglaterra y, por el otro, completar la unidad peninsular con el doble matrimonio de sus hijas Isabel y María con Alfonso y Manuel de Portugal.

Mucho más que una unión personal

Contra la doble visión distorsionada que se ofrece del significado objetivo y el papel jugado por los Reyes Católicos, la realidad es que la unión de las coronas fue, por un lado, mucho más que una unidad personal entre dos dinastías o casa reales. Fue una verdadera unidad política a través de la cual se sentaron las bases para la creación de unos sólidos intereses comunes entre todos los reinos peninsulares, dando de esta forma un impulso decisivo y cualitativo al desarrollo y el afianzamiento de la unidad de España que –con la excepción de Portugal– ha llegado hasta nuestros días.

Por el otro, esta unidad política se forjó inicialmente a través de una fórmula original y adecuada a las características peculiares de la organización territorial propia de los reinos hispanos fruto de los 8 siglos de Reconquista. La forma política que adopta el nuevo poder surgido de la unión dinástica sería, en ese sentido, asimilable a una confederación, incompatible, por tanto, con la visión de una unidad impuesta a la fuerza o uniformadora con la que dominantemente se la quiere presentar.
Si por un lado se crean una serie de instituciones y aparatos estatales unitarios que se encargarán de llevar adelante una política exterior, religiosa y militar común a todos, por el otro cada uno de los reinos y entidades político-administrativas preexistentes siguen manteniendo sus propios fueros, leyes, usos y costumbres, Cortes e instituciones administrativas, pesos y medidas e, incluso, como en el caso de Cataluña, su propia moneda. Aunque, al mismo tiempo, cualquier habitante de cada uno de los reinos tiene el derecho a acogerse a la nueva legislación general dictada por la nueva monarquía unificada.

Partiendo del viejo anhelo de unidad de los reinos peninsulares largamente acariciado durante los siglos de reconquista y los lazos creados por la necesidad de combatir a un enemigo común, pero al mismo tiempo manteniendo la diversidad política, administrativa y cultural con que cada uno de ellos se había ido forjando en ese combate de 8 siglos, los Reyes Católicos sientan las bases de lo que constituye uno de los rasgos específicos más peculiares de la formación de España como nación en el sentido político moderno del término: una profunda unidad del todo que se sostiene y se refuerza, al mismo tiempo, en la diversidad de cada una de sus partes. La visión de futuro, la determinación estratégica, el profundo sentido de lealtad y la firme voluntad de cooperación que los Reyes Católicos saben dar a su proyecto de unidad política sientan unos fundamentos que todavía hoy, 5 siglos después, son reconocibles en nuestra configuración como país.

3 décadas espectaculares

La unidad política y el proyecto modernizador de reformas impulsado por los Reyes Católicos dotará a la formación social española de su tiempo de un grado de dinamismo, determinación y confianza en su propias fuerzas cómo jamás se ha vuelto a conocer en nuestra historia. Como fruto de ello, al finalizar su reinado, en 1516, lo que 30 años antes eran dos reinos importantes, pero periféricos y secundarios en las relaciones de poder internacional, habían pasado a convertirse, no sólo en el centro rector del mundo, sino en los protagonistas de una de las empresas más colosales, soberbias y apasionantes que ha conocido la Humanidad en toda su historia.

Al morir Fernando el Católico, su nieto Carlos I heredará España, los Países bajos, varias regiones del sur de Alemania (incluyendo Austria), Bohemia, Hungría, el Franco Condado, el Milanesado, las posesiones españolas del Mediterráneo (Nápoles, Sicilia y Cerdeña) y del Norte de África (Noreste de Marruecos, Túnez, Argelia y la mitad occidental de Libia) además de todo el imperio americano.

Frente a la idea de que el engrandecimiento de España fue más bien fruto de una serie de coincidencias afortunadas, la realidad es que los Reyes Católicos no sólo supieron aprovechar todas las oportunidades que se les ofrecieron, sino que se las crearon ellos mismos.

De la hostilidad con Francia surgieron los dominios italianos –en una época en que las repúblicas italianas eran las grandes potencias bancarias, comerciales y culturales del mundo– y norteafricanos.

Del sistema de alianzas creado a través de las políticas matrimoniales vinieron las posesiones europeas.

De la rivalidad con Portugal surgió el descubrimiento de América, a partir del cual puede decirse que toda la vida europea y la vida del mundo entero pasaron a depender del tráfico comercial trasatlántico, hasta el punto de que desde la creación de la Casa de Contratación de las Indias en 1503, Sevilla y sus cuentas podrían darnos el ritmo y el pulso del mundo.

De la lucha contra el poder y los desmanes de la aristocracia feudal surgieron tanto las instituciones y la legislación llamados a convertirse en factores de movilidad (y por tanto cohesión) social y cimientos de unidad nacional como de desarrollo de una poderosa burguesía comercial y ciudadana y un sistema de comunicaciones interno que apuntaba ya claramente hacia la configuración de un mercado nacional.

A. Lozano