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| Todos los momentos de agudización de las contradicciones –y el actual es, sin duda, uno de esos momentos– suelen dar lugar a un rebrote del “cine político”. Por cine político entendemos no sólo el que narra hechos, acontecimientos o procesos de índole esencialmente política, sino el que, además de ello, aspira a “intervenir” en la vida política, pretende “hacer” política, bien denunciando una situación, bien propugnando una alternativa o una determinada opción. Ésa es la intencionalidad
explícita de, al menos, dos películas que ocupan
ahora mismo un lugar destacado en la cartelera española
y en las preferencias del público: la británica
“El viento que agita la cebada”, de Ken Loach,
centrada en la lucha por la independencia de Irlanda, y la
española “Salvador”, que narra el ajusticiamiento
con garrote vil de Puig Antich en los últimos estertores
del franquismo.
Ken Loach es uno de los cineastas europeos más asiduos al recurso de temas históricos, no con el objeto de la recreación de la Historia en sí, sino para la elaboración y despliegue de un pensamiento político que aspira a insertarse en una “izquierda revolucionaria” que en Europa ya no existe prácticamente. Esta frustrante realidad hace que sus films queden sobrevolando en un ambiguo terrero intermedio entre la mera reconstrucción histórica de hechos revolucionarios del pasado (como la guerra civil española en Tierra y libertad) y la proclamación de una “teoría política” que, pese a ser “justa”, acaba siempre derrotada y maltrecha en la práctica. Eso ocurre también aquí, en El viento que agita la cebada, la película que sorprendentemente ganó la Palma de Oro del último festival de Cannes, y en la que Loach confronta, por un lado, el proceso de lucha por la independencia de Irlanda frente a un Imprerio británico que recurre a todo tipo de atrocidades para mantener su dominio, y, por otro, el debate interno en el seno de los nacionalistas irlandeses para dilucidar cuáles son los verdaderos objetivos de la lucha y la –para Loach– inextricable relación entre la lucha por la independencia nacional y la lucha por la emancipación de los trabajadores. La defensa de esta idea es la que lleva al protagonista de la película, a Damian (un joven médico irlandés que aspira a trabajar en un hospital de Londres pero al que las atrocidades de los soldados británicos empujan a tomar las armas e involucrarse en la lucha), a un trágico final, no a manos de los ocupantes ingleses sino de su propio hermano irlandés. Es este imprevisto giro final el que “descoloca” a buena parte del público, que hasta entonces creía asistir a una historia prácticamente lineal, en la que se le contaba con secuencias previsibles la toma de conciencia y el paso a la acción de un grupo de irlandeses ante la brutalidad y la opresión del Imperio británico. De hecho es esa “película lineal” la que tanto ha molestado en ciertos medios de Gran Bretaña por la forma descarnada en que se denuncia la brutalidad de la ocupación. Y también es esa “película lineal” la que probablemente fue premiada en Cannes, donde resultó (políticamente) muy del agrado de los anfitriones semejante exhibición de barbarie de su rival político en Europa (como si Francia no hubiese cometido iguales o peores atrocidades en sus dominios coloniales). Pero Ken Loach no aspiraba simplemente a dar una bofetada a Tony Blair en la siempre dolorida mejilla irlandesa, ni tampoco recordarnos solamente que el imperialismo –de ayer y de hoy– es sinónimo de crímenes, horror y barbarie. También ha querido dejar muy claro que, desde su perspectiva, la lucha antiimperialista sólo conducirá a buen fin cuando sea también una lucha por la emancipación de los trabajadores. Cierto que este mensaje, en una Europa que parece haber enterrado bajo siete losas todo sueño revolucionario, parece un poco extemporáneo. Pero Loach hace cine para decir por qué él sí cree en él.
Esta película de Manuel Huerga es, antes que ninguna otra cosa, un homenaje sentido, apasionado y romántico a Salvador Puig Antich, una de las últimas víctimas del franquismo y el último preso que fue ajusticiado en España con garrote vil. Difícil es señalar lo que esa carga subjetiva del director habrá supuesto para la verosimilitud de la historia y el reflejo objetivo de lo que ocurrió. Pero todo esto no es más que material especulativo, que queda totalmente arrumbado por la interpretación absolutamente magistral que lleva a cabo Daniel Brühl (el de Goodbye Lenin), que logra componer un personaje que es un auténtico monumento vivo al idealismo, el candor, la inocencia y la valentía con que miles y miles de jóvenes se lanzaron, a finales de los 60 y principios de los 70, a un combate desigual para tratar de enterrar definitivamente la dictadura de Franco. Brühl borda la interpretación del “héroe romántico” que Manuel Huerga quiere construir, y transmite en los momentos finales del film –que tienen una intensidad dramática comparable a la ejecución de la inmigrante ciega de Bailando en la oscuridad, de Lars Von Trier– una tal sensación de verdad que el espectador queda inevitablemente aterrado y conmovido hasta las lágrimas. No obstante, la pasión y la emotividad que empapan el film no son un obstáculo insalvable para que la película logre recrear con acierto el ambiente de aquellos años de fin de régimen, el clima de extrema violencia que acompañó los estertores finales del franquismo y la actitud general de la sociedad de la época ante un crimen que –como refleja con acierto el film– fue un puro acto de venganza tras el asesinato de Carrero Blanco. Puig Antich no fue más que una “cabeza de turco”, inmolada por la voluntad de Franco de demostrar que aún tenía la sartén por el mango y que estaba dispuesto a seguir derramando la sangre que hiciera falta, aunque ya estuviera al borde de la tumba. La película
reconstruye, un poco al galope, el itinerario un poco aleatorio
que acabó llevando a Salvador a integrarse –de
entre las muchísimas opciones que en aquel momento
se ofrecían a quien quisiera sumarse a la lucha antifranquista–
en una de las menos efectivas políticamente, pero más
excitante y arriesgada: un grupúsculo anarquista armado
que, remedando a Robin Hood, atracaba bancos para dar el dinero
de los ricos a los obreros en huelga, aunque cada vez más
las propias necesidades logísticas del grupo (comprar
armas, alquilar pisos, viajar a Francia...) se acabarán
convirtiendo en el único y verdadero motivo de sus
acciones. Huerga no ignora ni oculta la nula eficacia que
todo aquello podía tener en la lucha contra el franquismo,
pero no deja tampoco que ello desmienta el coraje, el valor
y la generosidad de Puig Antich ni devalúe el sentido
de su lucha. La película tiene grandes aciertos “internos” que ayudan a mantener viva la tensión de un relato inevitablemente previsible y cuyo final todos conocemos de antemano. Como lo es el reflejo de aquel mundo de los setenta donde todo parecía posible, incluido que un anarquista que atraca bancos a punto de pistola se líe con una hippy amante de los astros. O como la presencia/ausencia terrible y ominosa del padre, que ve cumplido en el sacrificio del hijo el trágico destino que él eludió –le condenaron a muerte tras la guerra– al precio de su mutismo absoluto. O la metamorfosis del carcelero (también un gran trabajo de Sbaraglia), que mantiene viva y tensa la película en toda la parte final, antes de llegar al angustioso, tremendo y apabullante rito macabro de la ejecución. J. Albacete |
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