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SUMARIO

La Dictadura del Proletariado y la Conquista de la Democracia (I). Beatriz Muñoz
«Ya dejamos dicho que el primer paso de la revolución obrera será la toma del poder por parte del proletariado; la conquista de la democracia. Claro está que al principio, esto sólo podrá llevarse a cabo mediante una acción despótica sobre la propiedad y el régimen burgués de producción»
(K. Marx/F. Engels - El Manifiesto Comunista).
1998

La Dictadura del Proletariado y la Conquista de la Democracia (II). Beatriz Muñoz
«En el reconocimiento de la dictadura del proletariado reside la distinción más profunda entre el marxista y el pequeño (y también el grande) burgués ordinario».
(Lenin)
1998

La Dictadura del Proletariado y la Conquista de la Democracia (III). Beatriz Muñoz
En el capítulo anterior afirmaba que en lo que respecta a la parte de interés general de la Revolución de Octubre deben distinguirse dos tipos de enseñanzas: las que podríamos llamar «positivas», que constituyen una guía fundamental y que se sintetizaban en el capítulo anterior; y las enseñanzas «negativas» que llevaron al cambio de naturaleza del primer Estado de Dictadura del Proletariado en un Estado de dictadura de una Burguesía Monopolista de nuevo tipo.
1998

La Dictadura del Proletariado y la Conquista de la Democracia (IV). Beatriz Muñoz
Para poder entrar en ello, es necesario comenzar por el «abc» de un concepto marxista en desuso: el modo de producción. Podríamos decir que una de las ideas dominantes en la actualidad es que hemos alcanzado el último modo de producción pensable: El Mercado. Por el contrario, toda la teoría marxista se asienta en afirmar que la Historia de la humanidad es la historia de la sucesión de unos modos de producción por otros.
1998

La Dictadura del Proletariado y la Conquista de la Democracia (V). Beatriz Muñoz
¿Por qué el socialismo, la Dictadura del Proletariado, engendra las condiciones para la restauración del capitalismo? Ésta es sin duda una pregunta crucial para poder defender hoy la Dictadura del Proletariado como alternativa al capitalismo: la negra experiencia del socialfascismo soviético y de todos los países de su órbita mantiene a muchos amigos del marxismo confundidos.
1998

La Dictadura del Proletariado y la Conquista de la Democracia (VI). Beatriz Muñoz
Según se afirma, la única alternativa posible tras el fracaso del «comunismo soviético» es resistirse al capitalismo neoliberal. El capitalismo pretende presentarse como el último modo de producción posible. En el capítulo anterior asenté las tesis teóricas por las que el marxismo da al traste con este sueño burgués de inmortalidad, que por otra parte ha sido también el deseo de cualquiera de las clases explotadoras, que la Historia se ha encargado de dejar en su lugar.
1998

La Dictadura del Proletariado y la Conquista de la Democracia (VII). Beatriz Muñoz
Se tiende a pensar que el socialismo implica una base económica nueva en la que se generan constantemente elementos burgueses sólo debido a la fuerza de la costumbre de la vieja sociedad, porque entre las masas persiste la ideología burguesa ...
1998

Sí hay alternativa al capitalismo. A. Lozano
Desde la caída del Muro de Berlín, los aparatos ideológicos y de propaganda de los centros de poder mundial de la burguesía monopolista no cesan de difundir, a través de mil formas, la idea de que la humanidad ha llegado al límite histórico de su desarrollo.
1998


La conquista de la democracia (I)
(1998)

«Ya dejamos dicho que el primer paso de la revolución obrera será la toma del poder por parte del proletariado; la conquista de la democracia. Claro está que al principio, esto sólo podrá llevarse a cabo mediante una acción despótica sobre la propiedad y el régimen burgués de producción»
(K. Marx/F. Engels - El Manifiesto Comunista).

Algunos camaradas y compañeros, ante la convocatoria del próximo Congreso, se plantean si las bases ideológicas y teóricas del partido deben seguir siendo el marxismo-leninismo-pensamiento Mao Tsé-Tung (m-l-pmtt), o incluso el marxismo. Este debate tiene antecedentes. Fue en sendos congresos donde PSOE y PCE abandonaron como guía ideólogica y teórica el marximo (el primero) y el leninismo (el segundo). Yo considero que el partido debe seguir siendo m-l-pmtt. Pero su defensa no puede hacerse más que dando la cara a los temas más cuestionados y que son al mismo tiempo pilares ideológicos y teóricos del marxismo. Sin lugar a dudas, uno de los más decisivos y al mismo tiempo más controvertido es «la Dictadura del Proletario». ¿Debemos mantener o no la Dictadura del Proletariado? ¿No ha demostrado la historia que conduce al socialfacismo? ¿Son irreconciliables «dictadura de clase» y «democracia de clase»? La densidad e importancia del tema obliga a tratarlo por capítulos. He considerado que el primero debe entrar a valorar, no el Estado proletario, sino el de la burguesía.

«Dictaduras ni la del proletariado» fue la consigna con la que Carrillo condujo al PCE al abandono del leninismo. «El poder político no es más que el poder organizado de una clase para la opresión de otra» es la afirmación del Manifiesto Comunista.

Se tiende a pensar (o a decir, como el viejo Carrillo) que las democracias parlamentarias de los países desarrollados han transformado en caduca esta radical afirmación de nuestro manifiesto. Según estas opiniones no se puede concebir (como lo hace el marxismo) que «todo Estado es una dictadura de clase»; el sistema democrático en el que los gobiernos han sido elegidos por los ciudadanos y donde están reconocidas la libertad de expresión y asociación contradice al marxismo. Afirman que la batalla actual radica en que «el sistema» debe pasar a controlar poderes que se le escapan; entre los cuáles se encuentra el dinero, esos grandes capitales que actúan en el mercado mundial sin ningún tipo de control estatal y que son capaces de provocar en pocas horas una «tormenta financiera» y con ella la desestabilización de un gobierno democráticamente elegido.

Democracia virtual

Pero, en realidad, ¿qué sabemos de lo que sucede? Vivimos en una época en que lo único que existe es lo que programan los medios de comunicación. Lo que no ves no existe y sólo ves lo que quieren. Tres periódicos de tirada nacional y otras tantas televisiones son los encargados de crear opinión o de destruirla. Aún están frescas las declaraciones de Ansón (ex director de ABC, acerca de la trama urdida contra F. González). Al margen de otras conclusiones, lo que éstas manifiestan es que efectivamente los medios de comunicación ocupan nuestra vida y nuestras conciencias: los españoles, durante varios meses, hemos sentido como nuestra principal realidad política la corrupción del PSOE. Nada importaba más, los escándalos lo llenaban todo. Pero, ¿quién había decidido que ésta fuera nuestra principal preocupación?

Hemos conocido por los medios de comunicación las recientes matanzas de campesinos en Chiapas, pero ¿sabemos lo que pasa en Chiapas?. ¿Qué se sabe? ¿Qué se puede editar, qué se puede escribir, qué se puede televisar? ¿Quién lo decide? En realidad, somos como el personaje de la película «Abre los ojos» que está viviendo un sueño, pero el sueño no es suyo, sino que corresponde a los programas que le van representando.

La democracia ha pasado al terreno de la realidad virtual. Pero esto no es efecto de la «maldad del sistema» sino de la concentración de poder. A principios de siglo Madrid contaba con más de cien periódicos, hoy existen tres. Entre los más de cien periódicos se podían distinguir las opiniones, no ya de los distintos partidos políticos, sino de las diferentes camarillas en que éstos se dividían. Hoy entre los tres grandes diarios nacionales domina el acuerdo en los temas fundamentales aunque se disputen, a veces a dentelladas, sus áreas de influencia. Y con las televisiones pasa lo mismo. La organización social de principios de siglo podía resultar caótica y caciquil, pero era real, expresaba a las distintas clases y sectores de clase en pugna. La organización social actual es el efecto de un grado de concentración de poder tal que en su relación con el ciudadano se transforma en virtual. En los estados burgueses de la época del hegemonismo son impensables las libertades del siglo pasado.

«El poder público viene a ser, pura y simplemente, el consejo de administración que rige los intereses de la clase burguesa». Marx y Engels reflejan la naturaleza del Estado en su época, en la que el libre cambio y la libre competencia son la base de sudinamismo. Tal Estado, según ellos correctamente afirman, era entonces el «consejo de administración» que rige los intereses colectivos de un clase muy fragmentada y sometida a un gran movilidad. Pero la libre competencia (como también indica el Manifiesto) conduce a la concentración de capital de forma inexorable; en un proceso endogámico surgen las grandes concentraciones de capital monopolista que entierran el libre-cambio. Es la época del Imperialismo en la que las grandes burguesías monopolistas se reparten el mundo.

Los Estados de las burguesías monopolistas no se van a ocupar ya de regir los «intereses colectivos de la clase burguesa» porque esta clase se ha visto subdividida y fraccionada. La pequeña burguesía o la burguesía media salen expoliadas del «consejo de administración», los monopolios desempeñan un papel decisivo en la vida económica y el Estado se transforma en su brazo ejecutor: nace así el capitalismo monopolista de Estado.

Pero el proceso de concentración de capitales, lejos de detenerse ha seguido su curso. Si a principios de siglo, como afirmara Lenin, un «pequeño puñado de potencias» se repartían el mundo, la lucha entre ellas y su desarrollo desigual ha traido un fenómeno nuevo: el hegemonismo. En la actualidad, y tras el derrumbe de la superpotencia soviética, los EE UU detentan la hegemonía mundial. Su concentración de capital y su poder político y militar no es comparable al del resto de potencias que compiten con ella. La superpotencia norteamericana domina en el plano económico, político y militar. Y para mantenerse en su lugar se ve obligada a desplegar una gran maquinaria de control. Necesita intervenir directamente en los Estados de los países que domina, planifica golpes de Estado o transiciones democráticas; organiza partidos y grupos terroristas o se infiltra en los que ya existen con el único objetivo de asegurarse el dominio global y apropiarse así de la mejor parte de la plusvalía mundial.

Detrás de la mayoría de los sucesos políticos en el mundo encontraremos a la CIA, y si no está, la encontraremos buscando cómo infiltrarlo y reconducirlo. Los Estados de la época del hegemonismo añaden a la concentración monopolista sufrida por las burguesías nacionales, el efecto de la intervención hegemonista y representan por tanto el «poder organizado» de las clases burguesas-monopolistas dependientes del hegemonismo de turno. Y en esta relación de dependencia, es el hegemonismo, y no las burguesías nacionales quien domina la situación. Detrás, siguen estando como siempre los ejércitos, que son los encargados de asegurar, si fallan otros métodos, el control de la situación.

Sin embargo, en las circunstancias actuales las burguesías monopolistas desarrolladas optan por ejércitos profesionales orientados principalmente hacia la intervención exterior. En el interior han conseguido crear una situación en la que prácticamente no los necesitan. Con una clase obrera fragmentada, desorganizada y si norte. Con unos partidos y sindicatos totalmente controlados por el Estado, lo que tenemos cercano, el sindicalista de «carne y hueso», no escapa al control. El resto del espacio de nuestras vidas se ocupan de llenarlo los medios de comunicación. Ese llamado «cuarto poder» enormemente concentrado en nuestro país, relacionado económicamente con los grandes grupos mediáticos norteamericanos a los que a su vez tiene como principal fuente de noticias, programas o películas. ¡Abre los ojos! ¡Librate de la democracia virtual!

Beatriz Muñoz


La conquista de la democracia (II)
(1998)

«En el reconocimiento de la dictadura del proletariado reside la distinción más profunda entre el marxista y el pequeño (y también el grande) burgués ordinario».
(Lenin)

Según algunos politólogos uno de los rasgos más sobresalientes de los actuales sistemas democráticos es que el protagonismo que correspondería al pueblo y la clase política se traslada cada vez más hacia los medios de comunicación, de forma que el ciudadano se transforma en parte del «público» que asiste a una representación de la política escenificada en los medios, y se ve introducido en la discusión en la forma de sondeos de opinión, haciéndole sentir partícipe de lo que se le representa. En sintonía con estas opiniones, en el capítulo anterior establecía que esta «democracia virtual» se corresponde con la concentración de poder imperialista propia de la época actual y en la que el «poder mediático», altamente monopolizado, no es más que un instrumento del «poder hegemonista».

Muchos pueden estar de acuerdo con esta reflexión, sin embargo ello no implicaría coincidir en que la alternativa a la «democracia virtual» pueda ni deba de ser la «Dictadura del Proletariado». Al fin y al cabo, dirán, ¿no son las democracias occidentales, pese a todos sus defectos, el menos malo de los sistemas conocidos? ¿No ha demostrado la historia que la Dictadura del Proletariado conduce al socialfascismo, es decir, al fascismo más horroroso que ha conocido la humanidad? ¿Debemos pues, de cara al Congreso de nuestro Partido, mantener la Dictadura del Proletariado o hay que buscar nuevas vías? Yo considero que vacilar respecto a la experiencia histórica de la Dictadura del Proletariado es hacerle un flaco servicio a los intereses del pueblo y que ésta sigue siendo, como afirmara Lenin, la distinción más profunda entre el marxista y el burgués.

A quien conozca parte de la trayectoria de Unificación Comunista de España (UCE) no es necesario aclararle que nuestro Partido ha nacido y se ha desarrollado en la denuncia implacable de la naturaleza socialfascista y socialimperialista que adquirió la URSS en las últimas décadas y en el combate a la corriente ideológica y política revisionista que ésta difundía entre los partidos comunistas y revolucionarios. A quien no nos conozca, basta decirle como botón de muestra que algunas gentes, de no muy buena fe, llegaron a acusarnos de ser agentes de la CIA cuando en nuestra pionera campaña por el Referéndum contra la OTAN no consentíamos en abandonar la consigna «ni yanquis ni rusos». Siempre hemos considerado que confundir el socialfascismo con el socialismo no hacía más que servir a los enemigos virulentos del segundo, además de suponer una subversión profunda de los principios revolucionarios y del marxismo-leninismo. Sin embargo, y al mismo tiempo, siempre hemos defendido con firmeza la validez fundamental de la experiencia de la Revolución de Octubre.

Los nada y el todo

La Revolución de Octubre de 1917 abrió una nueva era no sólo en la historia del movimiento comunista sino de toda la humanidad. Por primera vez el famoso estribillo de la Internacional «los nada de hoy todo han de ser» se hacía realidad. El pueblo ruso, encabezado por el Partido Bolchevique, en apenas diez días que conmovieron el mundo, acababa con el poder de siglos de opresión y miseria, demolía sus símbolos e iniciaba una andadura hasta entonces desconocida: la de instaurar una sociedad nueva en la que el poder estuviera en manos de los oprimidos. El socialismo científico, de teoría y sueño, se convirtió en una viva realidad.

El camino de la construcción de la URSS alcanzó enormes éxitos: destruyó el sistema de explotación capitalista y los trabajadores pasaron de oprimidos y explotados a ser dueños de los medios de producción. La economía y la cultura progresaron a ritmos sin comparación con las de los países capitalistas. En pocos años la Rusia atrasada y subdesarrollada pasó a ser una de las principales potencias industriales y del analfabetismo dominante a ser una de las principales potencias científico-técnicas con una cultura altamente desarrollada. Todo esto lo hizo la URSS en medio de duros ataques; primero de los 14 Estados capitalistas que desde 1918 hasta 1920 apoyaron el ejército contrarrevolucionario; después durante la IIª Guerra Mundial, cuando tuvo que derrotar a Hitler en solitario (los «aliados» abrieron el segundo frente cuando ya la heroica lucha del pueblo ruso, que dejó un millón de vidas en el empeño, había derrotado al nazismo). La existencia de la URSS hacía tambalearse en su raíz la dominación imperialista e infundía infinitas esperanzas al movimiento obrero y de liberación de los pueblos oprimidos; y esto le granjeó la animadversión de los imperialistas.

Todo ello son hechos irrefutables, conocidos hace mucho tiempo. Y sin embargo es imprescindible recordarlo, porque los enemigos del comunismo siempre los negaron. Pero en la actualidad, a los enemigos naturales del comunismo se le suman muchos comunistas y luchadores a los que los hechos históricos acontecidos durante las últimas décadas les ha llevado a confundir socialismo con socialfascismo, concentrando su atención en el cambio de naturaleza del Estado soviético y perdiendo de vista las cuestiones fundamentales.

En la experiencia de la Revolución de Octubre es necesario distinguir diferentes cuestiones: parte de dicha experiencia es de carácter general y fundamental para el proletariado mundial; otra parte corresponde a cuestiones particulares. En lo que respecta a la parte de interés general debemos separar a su vez dos tipos de enseñanzas: las que se refieren a la aplicación de una línea revolucionaria basada en el marxismo-leninismo, y que constituye una guía fundamental, y las que se refieren a las consecuencias de una línea revisionista, burguesa-burocrática, que llevó al cambio de naturaleza del primer Estado de Dictadura del Proletariado en un Estado de Dictadura de una burguesía burocrática de nuevo tipo. Ambas enseñanzas son fundamentales para abordar la transformación revolucionaria de la sociedad capitalista. No partir de cualquiera de las dos implica no ser comunista. Quien no trace un «abismo» frente al monstruo socialfascista en que se transformó la URSS y no extraiga enseñanzas de ello, no es digno de llamarse comunista. Pero quien sólo fije su atención en la segunda etapa soviética para desde ella arremeter contra las enseñanzas fundamentales de la Revolución de Octubre estará afianzando el poder de los imperialistas.

Dejaremos para un próximo capitulo las enseñanzas sobre el cambio de naturaleza en la URSS para establecer en primer lugar las enseñanzas fundamentales del camino de la Revolución de Octubre. ¿Qué enseñanzas son éstas?

Enseñanzas de la Revolución de Octubre

Quiero reproducir aquí la sintesis que el Partido Comunista de China (PCCh) hace de estas enseñanzas:

1.- La construcción de un Partido Comunista que se guía por el marxismo-leninismo, se organiza según el principio del centralismo democrático, se liga estrechamente a las masas y educa a sus miembros y a las masas populares en el espíritu del marxismo-leninismo.

2.- El proletariado, bajo la dirección del Partido Comunista, uniendo a las clases populares, toma el poder de manos de la burguesía por el camino de la lucha revolucionaria.

3.- Después de la victoria de la revolución del proletariado, bajo la dirección del Partido Comunista, basándose en la unión de los obreros y los campesinos y uniendo a las amplias masas populares, instaura la Dictadura del Proletariado, liquidando el sistema de explotación y el sistema de propiedad privada sobre los medios de producción.

4.- El Estado, dirigido por el proletariado y el Partido Comunista, orienta a las masas populares en la construcción del socialismo y prepara las condiciones para la lucha en favor del paso a la sociedad comunista.

5.- El Estado, dirigido por el proletariado y por el Partido Comunista, interviene decididamente contra la agresión imperialista, reconoce la igualdad de derechos de las naciones y se atiene resueltamente a los principios del internacionalismo proletario.

Esto es lo que tenemos en cuenta como lo fundamental del camino de la Revolución de Octubre, sin tomar en cuenta la forma concreta en que se manifieste esta revolución en determinado tiempo y lugar. Esto constituye la verdad general del marxismo-leninismo, cierta para todo el mundo.»

Del texto «Otra vez acerca de la dictadura del proletariado» del PCCh.).

Cada pueblo debe establecer su propia y concreta vía de desarrollo, pero atacar la validez de estas enseñanzas fundamentales supone privar a la clase obrera y los pueblos oprimidos de poder «conquistar la democracia». El único oponente serio con el que ha contado el Imperialismo ha sido el comunismo, el marxismo, porque es el único que se ha propuesto y ha hecho realidad la destrucción del Estado burgués y la construcción de un poder popular. La conquista de la democracia para el pueblo sólo es posible acabando con «su democracia virtual», la que permite al imperialismo programar la opinión de los ciudadanos mediante la representación de la realidad que sus grandes poderes mediáticos difunden. Lo que les garantiza, merced a la propiedad sobre los medios de producción, disponer de las horas de trabajo y de vida del 80% de la humanidad para aumentar sus ganancias. Quienes afirman que la Dictadura del Proletariado ni puede ni debe ser la alternativa deberían preguntarse en qué bando están.

Beatriz Muñoz


La conquista de la democracia (III)
(1998)

En el capítulo anterior afirmaba que en lo que respecta a la parte de interés general de la Revolución de Octubre deben distinguirse dos tipos de enseñanzas: las que podríamos llamar «positivas», que constituyen una guía fundamental y que se sintetizaban en el capítulo anterior; y las enseñanzas «negativas» que llevaron al cambio de naturaleza del primer Estado de Dictadura del Proletariado en un Estado de dictadura de una Burguesía Monopolista de nuevo tipo. En este tercer capítulo que publico en el De Verdad en defensa de la Dictadura del Proletariado de cara al Congreso del Partido, pretendo sintetizar las enseñanzas fundamentales de cómo fue posible en la URSS la aparición de una burguesía burocrática de Estado. y considero que extraer lecciones de ello sigue siendo, pese a la desaparición de la URSS, una de las tareas ideológicas y teóricas de importancia vital para el desarrollo de la revolución.

El pensamiento mayoritario que durante las últimas décadas ha dominado en la izquierda identificó «URSS y socialismo», y aun reconociéndole errores, promovió que «antisovietismo» era igual a «antisocialismo» y «anticomunismo». Con ello, se transformó en el principal responsable de la subversión que en la memoria colectiva de este fin de siglo ha permitido identificar socialismo y comunismo con el fascismo más negro que ha conocido la Humanidad, así como con la escasez y la miseria.

Éste es sin duda un elemento decisivo para que en la actualidad se pueda afirmar que «el capitalismo es el menos malo de los sistemas posibles» mientras el imperialismo disfruta de tu triunfo. Dinamitar los fustes de este pensamiento revisionista el clave para poder defender la Dictadura del Proletariado como la conquista de la Democracia para el pueblo.

«Muerto el perro» de la URSS socialfascista, «no acabó la rabia» del revisionismo; sus secuelas siguen presentes entre el movimiento obrero y revolucionario que no ha extraído suficientes conclusiones autocríticas.

Recientemente un dirigente sandinista publicaba en un artículo de opinión: «La izquierda, ante el derrumbe de los modelos reverenciados como justos, por necesarios, tuvo que sumarse al concepto de democracia sin apellidos, cuando debió haberlo promovido siempre. Fue el neoliberalismo el que apareció como el promotor de la democracia, otra gran paradoja. Frente al modelo neoliberal, en el que la democracia era parte de la economía de mercado, la izquierda, anonadada por el fracaso del socialismo real del Este guardó silencio o titubeó. El complejo de culpa por no haber defendido el modelo democrático se volvió demasiado pesado».

Efectivamente, a la izquierda le correspondía haber defendido siempre la democracia, haber abanderado la defensa de la máxima libertad colectiva e individual y no haber aceptado jamás los regímenes «socialfascistas» aunque gobernaran supuestamente «economías socialistas». Ésta es una cuestión de principios ante la que se claudicó en la mayoría de los casos a cambio de suculentas «ayudas internacionalistas» del aparato «soviético».

Pero el tráfico de principios vino a su vez acompañado de una desviación profunda de la teoría marxista que tiene su origen en el «marxismo oficial de la IIIª Internacional». Ésta, en tiempos de Stalin, concebía un camino para la construcción del socialismo que en su desarrollo facilitó el cambio de naturaleza del Estado soviético.

Economicismo frente a marxismo

Esta desviación, que el marxismo caracteriza como «economicismo», presupone que la esencia del comunismo es la dirección centralizada de la economía. El economicismo podemos verlo presente en Stalin y en Trotsky (aunque extraigan conclusiones diferentes) y por supuesto en todas las secciones europeas de la IIIª Internacional. Pero también podemos apreciarlo en la actualidad cuando la izquierda en Europa se caracteriza por hacer la defensa de los sectores públicos (estatales) de la economía el principal factor de progreso social. Desde Engels, está claro que el capitalismo de Estado no es más que el capitalismo llevado a su límite extremo, y del que la URSS se convirtió en su máxima plasmación.

Tres son las principales tesis economicistas con las que se debe romper para poder abordar la transición socialista desde presupuestos marxistas:

1.­ Identificar mecánicamente las formas jurídicas de propiedad con las relaciones de clase

Según esta tesis economicista, liquidar la propiedad jurídica privada sobre los medios de producción y de intercambio implicaría la desaparición de las clases explotadoras, con lo que las contradicciones económicas y políticas de clase se difuminan y desaparecen. Esta tesis, Stalin y el PCUS la desarrollan explícitamente ya desde el año 36. Sin embargo, Marx y Lenin insistían en que la transformación de las formas jurídicas de propiedad no bastan para hacer que desparezcan las condiciones de existencia de las clases, pues estas condiciones no están inscritas en las formas jurídicas de la propiedad sino en las «relaciones de producción».

El papel histórico de la Dictadura del Proletariado no consiste principalmente en transformar las formas de propiedad, sino en destruir las antiguas «relaciones de producción», al tiempo que se construyen otras nuevas. Lo más difícil no es derrocar a las antiguas clases dominantes, sino destruir las antiguas relaciones sociales e impedir después que estas relaciones se recontruyan en base a que los elementos anteriores siguen presentes durante mucho tiempo: la división social entre función de dirección y función de ejecución, la separación entre trabajo manual e intelectual, las diferencias entre el campo y la ciudad, entre obreros y campesinos,...

La transición socialista se extiende necesariamente durante un largo periodo histórico puesto que es la reproducción de la división capitalista del trabajo y las relaciones ideológicas y políticas que esta división genera las que deben ser transformadas.

2.­ La primacía del desarrollo de las fuerzas productivas frente a la lucha de clases

Esta tesis presenta el desarrollo de las fuerzas productivas como el «motor de la historia». Construyendo las bases materiales económicas del socialismo, se esperaba que el proletariado asegurara que las correspondientes relaciones de producción, así como la superestructura adecuada al socialismo se desarrollarían también, de ahí la consigna de la época de Stalin: «La técnica lo decide todo».

Sin embargo, toda la obra de Marx demuestra que para él el motor de la historia es la lucha de clases y que en tanto existan clases, las relaciones sociales se transforman mediante los enfrentamientos de clases, también en el socialismo. En resumen, este camino presentaba la planificación de la economía socialista y el desarrollo de las fuerzas productivas como la clave para la consolidación del socialismo y el avance del tránsito hacia la sociedad comunista frente a la concepción marxista-leninista de que en la Dictadura del Proletariado la lucha de clases prosigue bajo otras formas.

3.­ La existencia de un Estado habiendo desaparecido las clases explotadoras

Para el marxismo, el Estado es fruto del carácter irreconciliable entre las clases. Sin embargo, al afirmarse la no existencia de clases en la URSS se presentaba al Estado no como un tránsito hacia la sociedad del no-Estado (hacia una «comunidad» según la fórmula de Engels y adoptada por Lenin) sino como un Estado sin contradicciones de clase cada vez más separado de las masas y más férreamente estratificado. El Estado soviético no se explicaba como efecto de las relaciones sociales internas sino por la existencia de una causa externa, «el cerco capitalista».

La mayor parte de la izquierda aceptó el argumento del «cerco capitalista» haciéndose cómplice del monstruoso aparato represivo soviético que presentó cualquier contradicción interna como efecto de agentes infiltrados capitalistas. Como afirmaba el dirigente sandinista en las opiniones recogidas al principio, «en el modelo neoliberal la democracia forma parte de la economía de mercado». En el modelo de capitalismo burocrático la concentración se ha llevado a su extremo máximo: «un único monopolio en manos del Estado»; el mercado interior se sustituye por el designio de la economía planificada y la competencia económica queda anulada, a tales condiciones de absoluta centralización económica no podía corresponder más que un régimen político llevado también al máximo extremo de centralización posible, el socialfascismo.

Las tesis economicistas anteriormente expuestas, al afirmar la inexistencia de las clases, colocar el desarrollo de las fuerzas productivas como el motor de las transformaciones y colocar al Estado al margen y por encima de las contradicciones de clase contribuyeron de forma decisiva a la restauración del capitalismo en la URSS bajo nuevas formas. El proletariado, para consolidar el socialismo, sólo tenía que preocuparse de aumentar su producción y vigilarla de saboteadores agentes del enemigo. Avanzar en formas de autogobierno y de capacidad de decisión de las masas populares se sustituyó por incentivar la productividad.

El economicismo propio del pensamiento revisionista dominante privó al pueblo soviético y a muchos otros pueblos revolucionarios de poder conquistar la democracia. Frente al Revisionismo, el pensamiento Mao-Tse-Tung, desarrollando el marxismo-leninismo, afirma que: «una vez culminada en lo fundamental la transformación socialista de los medios de producción, subsiste y subsistirá por largo tiempo la lucha entre el proletariado y la burguesía, entre la vía socialista y la vía capitalista» y señala que «bajo la dictadura del proletariado el blanco son, principalmente, los cuadros seguidores de la vía capitalista dentro del mismo Partido Comunista y del Estado socialista, fundamentalmente en las altas esferas». Esta gran aportación teórica del Pensamiento Mao-Tse-Tung, como afirma nuestra línea, tiene en la Revolución Cultural Proletaria su momento decisivo de ruptura con el Revisionismo. Las contribuciones del pensamiento Mao-Tse-Tung al camino de conquista de la democracia serán en el próximo número el cierre de esta serie de artículos en defensa de la Dictadura del Proletariado.

Beatriz Muñoz


La conquista de la democracia (IV)
(1998)

«ABC»

Para poder entrar en ello, es necesario comenzar por el «abc» de un concepto marxista en desuso: el modo de producción. Podríamos decir que una de las ideas dominantes en la actualidad es que hemos alcanzado el último modo de producción pensable: El Mercado. Por el contrario, toda la teoría marxista se asienta en afirmar que la Historia de la humanidad es la historia de la sucesión de unos modos de producción por otros, que dicha sucesión es inevitable y que esto se rige por unas leyes tan científicas y materiales como lo son las leyes físicas. El Socialismo, o lo que es lo mismo, la Dictadura del Proletariado, es definida por el marxismo como la etapa de transición entre el modo de producción capitalista y el comunista; en una etapa en la que el proletariado, desde el poder, debe emprender las transformaciones necesarias para acabar con la sociedad de clases y construir la nueva sociedad sin explotación del hombre por el hombre, sin antagonismos de clase. ¿Sobre qué bases se asienta esta sociedad de transición?

Se tiende a pensar que el socialismo implica una base económica nueva, un modo de producción distinto del capitalismo, y cuya característica principal sería la estatalización de la economía. Según esta versión dominante, una vez que este modelo económico ha perdido la batalla frente a la llamada «economía de mercado», se afirma con rotundidad la inmortalidad del Mercado Capitalista erigido así en panacea del progreso económico frente al anquilosamiento de las economías burocráticas.

Frente a estas conclusiones aparentemente ciertas, sin embargo podemos afirmar desde el marxismo que:

1º.- Lo que fracasó en la URSS y en los países de su órbita no fue el «modo de producción socialista», del que Marx jamás afirmó su existencia sino el capitalismo monopolista llevado a su grado máximo de concentración, «un único monopolio en manos del Estado». La llamada «muerte del comunismo» fue en realidad, la muerte del capitalismo monopolista burocrático.

2º.- El «modo de producción socialista» es un invento de las burguesías burocráticas de Estado de nuevo tipo, tanto de las de origen soviético como las socialdemócratas. El socialismo es un tránsito entre el modo de producción capitalista y el comunista, cuyo objetivo es acabar con las estructuras fundamentales del modo de producción capitalista y por tanto también con las formas y prácticas ideológicas que corresponden a estas estructuras fundamentales. La existencia de grandes y poderosos monopolios estatales no es de por sí un elemento «socialista», sino una característica del capitalismo monopolista y esto es corroborable en su presencia en multitud de países típicamente capitalistas.

Modo de producción, un concepto científico

Pero, ¿por qué afirmo que el «modo de producción socialista» no forma parte de los conceptos marxistas? Para poder responder, es necesario recordar cuál es el concepto de modo de producción. En el prólogo de la Contribución a la crítica a de la Economía Política, el propio Marx lo define de la siguiente manera: «El resultado general al que llegué y que una vez obtenido sirvió de hilo conductor a mis estudios, puede resumirse así: en la producción social de su vida, los hombres contraen determinadas relaciones necesarias e independientes de su voluntad, relaciones de producción, que corresponden a una determinada fase de desarrollo de sus fuerzas productivas materiales. El conjunto de esas relaciones de producción forma la estructura económica de la sociedad, la base real sobre la que se levanta la superestructura jurídica y política y a la que corresponden determinadas formas de conciencia social. El modo de producción de la vida material condiciona el proceso de la vida social, política y espiritual en general. No es la conciencia del hombre la que determina su ser, sino por el contrario, el ser social es lo que determina su conciencia».

Marx está estableciendo una relación entre la estructura económica de una sociedad, la base o infraestructura y las instituciones jurídico-políticas (Estado, leyes,...) y las «formas de conciencia social» (ideología, cultura,É), la superestructura que corresponde a una infraestructura determinada. La base económica de la sociedad constituye en cada caso el fundamento real a partir del cual se levanta la superestructura.

Todo modo de producción está constituido por:

1) Una estructura global, formada por tres estructuras regionales: la estructura económica, la jurídico-política y la ideológica.

2) En esta estructura global, una de las tres estructuras regionales domina a las otras. La estructura económica no ocupa siempre el papel dominante.

3) En esta estructura global, la estructura económica es siempre determinante en última instancia.

Pero para comprender el concepto teórico de modo de producción debe distinguirse y separase de la noción modo de producción de la vida material utilizada por Marx, pues de lo contrario se caería en un simplismo economista del que tanto el revisionismo de origen soviético como la socialdemocracia son fieles defensores.

Marx afirma: «El desarrollo político, jurídico, filosófico, religioso, literario, artístico, etc., descansa en el desarrollo económico. Pero todos éstos repercuten también los unos sobre los otros y sobre la base de la necesidad económica, que se impone siempre en última instancia». «En última instancia», es decir, no está hablando de una relación mecánica «causa-efecto», sino de una relación dialéctica de determinación y sobredeterminación en la que los distintos factores «repercuten los unos sobre los otros». Los elementos de la superestructura están ligados directa o indirectamente a los cambios que se operan en la base económica, pero no son un reflejo mecánico de la misma.

Reducir y simplificar el marxismo es atacarlo; Marx afirma que los hombres hacen su propia Historia, pero no arbitrariamente sino bajo condiciones heredadas del pasado, «el peso de las generaciones muertas oprime como un losa el cerebro de los vivos». La transformación radical de la superestructura que corresponde a una revolución en la infraestructura no excluye que algunos elementos de la misma se sigan manteniendo. De lo que habla Marx es de relaciones complejas, de «determinación en última instancia» y de mutua influencia.

El modo de producción es un concepto teórico que se refiere a la totalidad social global, tanto a la estructura económica como a los otros niveles de la totalidad social, jurídico-político e ideológico. La fracción dirigente de la sociedad tiene gran interés en dar sello de ley al estado de cosas existentes, dándole una forma reglamentada y ordenada. «Esta regla y este orden son ellos mismos, un factor indispensable en todo modo de producción». El concepto modo de producción es por tanto el que nos permite pensar y conocer científicamente una totalidad social.

Ha quedado claro que con el concepto modo de producción el marxismo se refiere a una estructura global y no sólo a la base económica. Cuando se afirma que la existencia de una base económica en la que están «socializados» los medios de producción implica la aparición del modo de producción socialista ya que no existe la propiedad jurídica sobre ellos, se está subdividiendo el concepto marxista de modo de producción y haciendo desaparecer el concepto de propiedad real sobre los medios de producción con el fin de ocultar a la clase que los detenta, la burguesía burocrática de Estado.

¿Qué diferencia existe entre la propiedad jurídica sobre los medios de producción y la propiedad real? ¿Qué se quiere decir con que existe una estructura regional dominante y otra determinante? ¿Qué distingue a un modo de producción de otros? ¿Qué leyes intervienen en que su sucesión sea inevitable? Todas estas cuestiones fundamentales para comprender el proceso que nos ocupa serán, por razones de espacio, el objeto del próximo artículo.

Beatriz Muñoz


La conquista de la democracia (V)
(1998)

¿Por qué el socialismo, la Dictadura del Proletariado, engendra las condiciones para la restauración del capitalismo? Ésta es sin duda una pregunta crucial para poder defender hoy la Dictadura del Proletariado como alternativa al capitalismo: la negra experiencia del socialfascismo soviético y de todos los países de su órbita mantiene a muchos amigos del marxismo confundidos. He propuesto una serie de capítulos con el objetivo de asentar las bases teóricas necesarias para poder comprender la naturaleza de la lucha de clases que se libra en el socialismo. Si la tarea del socialismo, tal y como la concibió Marx, es acabar con las estructuras fundamentales propias del modo de producción capitalista, resulta imprescindible seguir profundizando en el concepto «modo de producción» para comprender las características propias de aquél que nos hemos propuesto transformar.

La reproducción del modo de producción

En el capítulo anterior asentamos que el modo de producción es un concepto que nos permite pensar y conocer científicamente una totalidad social, que está constituido por tres estructuras regionales: la económica, la político-jurídica y la ideológica. Pero a su vez, afirmaba que de las tres estructuras regionales, una es la dominante sobre las otras dos, mientras la estructura económica es siempre la determinante en última instancia, ¿qué se quiere decir con dominante y determinante?

Consideramos estructura dominante a aquella estructura regional que desempeña el papel fundamental en la reproducción de un modo de producción determinado. Consideramos que la estructura económica es la determinante en última instancia porque, según Marx: «el desarrollo político, jurídico, filosófico, religioso, literario, artístico, etcÉ, descansa en el desarrollo económico. Pero todos ellos repercuten también los unos sobre los otros y sobre la base de la necesidad económica, que se impone siempre en última instancia». En el sistema esclavista, la estructura dominante era la política, en el feudalismo, la religión. En ambos casos, como decía Marx, «ni la Edad Media pudo vivir del catolicismo, ni el mundo antiguo de la política. Lejos de ello, lo que explica por qué en una era fundamental la política y en la otra el catolicismo es precisamente el modo como una y otra se ganaban la vida», es decir, la base económica, las relaciones de explotación que en ellas se establecían decidían «en última instancia» el desarrollo jurídico-político e ideológico, aunque éstos a su vez eran los elementos dominantes en asegurar la reproducción de tales condiciones de producción y explotación.

En el modo de producción capitalista ambas determinaciones coinciden: la base económica desempeña en este modo de producción no sólo el papel determinante en última instancia, sino también el papel dominante, es decir, el fundamental para que el modo de producción se siga reproduciendo. En el caso del modo de producción capitalista su reproducción está asegurada por leyes internas a la estructura económica. Esto no quiere decir que los elementos propios de la superestructura no actúen, sino que su presencia no es el elemento fundamental para su reproducción. Ésta es una cuestión de gran importancia para comprender por qué durante el periodo del socialismo se siguen generando sin cesar las condiciones para la reproducción del capitalismo. Sin embargo, antes de entrar en ello es preciso continuar comprendiendo las características del modo de producción en general y del capitalista en particular.

Las relaciones de producción

Si la Historia de la Humanidad es la historia de la sucesión de unos modos de producción por otros ¿qué distingue y caracteriza a un modo de producción?, ¿qué leyes intervienen en su sucesión? Vayamos por partes.

Lo que caracteriza y distingue a un modo de producción son las relaciones de producción en que se basa la organización social de la producción. Como ya recordaba en el capítulo anterior, Marx afirma: «En la producción social de su vida, los hombres contraen determinadas relaciones necesarias e independientes de su voluntad, relaciones de producción que corresponden a una determinada fase de desarrollo de sus fuerzas productivas materiales. El conjunto de estas relaciones de producción forma la estructura económica de la sociedad, la base real sobre la que se levanta la superestructura jurídica y política y a la que corresponden determinadas formas de conciencia social».

Las relaciones de producción representan los cimientos últimos sobre los que se levanta todo el edificio social. Pero éstas no pueden entenderse exclusivamente como relaciones técnicas en el proceso de producción, ni tampoco pueden comprenderse como simples relaciones entre hombres sino entre «agentes» que intervienen en la producción de bienes materiales, como relaciones sociales que dependen del tipo de relación de propiedad, posesión, disposición o usufructo que se establezca con los medios de producción. Así pues, si bien esclavismo, feudalismo o capitalismo son tres modos de producción que coinciden entre sí en establecer relaciones de producción de explotación, las relaciones económicas concretas son muy distintas.

Veamos lo que dice Marx hablando de la fuerza de trabajo que el obrero se ve obligado a vender en el capitalismo. «La fuerza de trabajo es, pues, una mercancía que su propietario, el obrero asalariado, vende al capital, ¿Para qué la vende? Para vivir (É) La fuerza de trabajo no ha sido siempre una mercancía. El trabajo no ha sido siempre trabajo asalariado, es decir, trabajo libre. El esclavo no vendía su fuerza de trabajo al esclavista, del mismo modo que el buey no vende su trabajo al labrador. El esclavo es vendido de una vez y para siempre con su fuerza de trabajo a su dueño. Él es, por sí mismo, una mercancía, pero la fuerza de trabajo no es una mercancía suya. El siervo de la gleba sólo vende una parte de su fuerza de trabajo. No es él quien obtiene un salario del propietario del suelo; por el contrario es éste, el propietario del suelo, quien percibe de él su tributo. El siervo de la gleba es un atributo del suelo y rinde frutos al dueño de éste. En cambio el obrero libre se vende él mismo, y se vende en partes. Subasta 8, 10, 12, 15 horas de su vida, día tras día, entregándolas al mejor postor, al propietario de las materias primas, instrumentos de trabajo y medios de vida: es decir, el capitalista. El obrero no pertenece a ningún señor ni está adscrito al suelo, pero las 8, 10, 12 o 15 horas de su vida cotidiana pertenecen a quien se las compra (É) No pertenece a tal o cual capitalista, sino a la clase capitalista en conjunto, y es incumbencia suya encontrar dentro de esta clase capitalista un comprador». Esclavo, siervo y obrero sufren por igual el hecho de pertenecer a las clases explotadas, sin embargo, las relaciones económicas a las que se ven sometidos son bien distintas, y son estas relaciones económicas las que distinguen a un modo de producción de otro y lo caracterizan.

La sucesión de unos modos de producción por otros

¿Qué leyes rigen la sucesión de unos modos de producción por otros?¿Por qué esta sucesión resulta inevitable?. El propio Marx explica. «Al llegar a una determinada fase de desarrollo, las fuerzas productivas materiales de la sociedad chocan con las relaciones de producción existentes, o lo que no es más que la expresión jurídica de esto, con las relaciones de propiedad dentro de las cuales se han desenvuelto hasta allí. De formas de desarrollo de las fuerzas productivas, estas relaciones se convierten en trabas suyas, y se abre así una época de revolución social (É) Ninguna formación social desaparece antes de que se desarrollen todas las fuerzas productivas que caben dentro de ella y jamás aparecen nuevas y más altas relaciones de producción antes de que las condiciones materiales hayan madurado en el seno de la propia sociedad antigua. Por eso la humanidad se propone siempre únicamente los objetivos que puede alcanzar, pues bien miradas las cosas vemos siempre que estos objetivos sólo brotan cuando ya se dan o por lo menos se están gestando, las condiciones materiales para su realización».

El feudalismo tenía que suceder inevitablemente al esclavismo, y al mismo tiempo no pudo evitar sucumbir bajo el empuje del capitalismo. La nueva sociedad burguesa que se gestó en el seno mismo de la vieja hacía inevitable su destrucción: la producción del campo cedía el paso a la producción industrial, mucho más rentable y dinámica, la revolución de las fuerzas productivas que supuso la Revolución Industrial exigía nuevas relaciones entre los hombres que intervenían en el proceso de producción, las viejas relaciones «amo-siervo» resultaban una traba para la industria moderna, que requería «hombres libres» que pudieran vender su fuerza de trabajo en el mercado de la mano de obra.

En el mismo texto, Marx continúa afirmando: «Las relaciones burguesas de producción son la última forma antagónica del proceso social de producción; antagónica no en un sentido individual, sino de un antagonismo que proviene de las condiciones sociales de vida de los individuos. Pero las fuerzas productivas que se desarrollan en el seno de la sociedad burguesa brindan al mismo tiempo las condiciones materiales para la solución de ese antagonismo. Con esta formación social se cierra por tanto la prehistoria de la sociedad humana».

La burguesía, como cualquier clase explotadora, pretende su modo de producción como el último posible. Sin embargo, como afirma Marx, la sociedad burguesa contiene en su seno las herramientas y los hombres llamados a destruirla. Una herramienta revolucionaria indispensable, gestada en el seno mismo de la vieja sociedad burguesa, es la propia teoría marxista con la que en el próximo capítulo pretendo avanzar en caracterizar las relaciones de producción capitalistas y las que corresponden al período del socialismo, tema que necesitará de dos capítulos más debido a su complejidad, pero que como he señalado resulta vital para poder defender la actualidad de la Dictadura del Proletariado como alternativa a la Dictadura de la Burguesía.

Beatriz Muñoz


La conquista de la democracia (VI)
(1998)

Según se afirma, la única alternativa posible tras el fracaso del «comunismo soviético» es resistirse al capitalismo neoliberal. El capitalismo pretende presentarse como el último modo de producción posible. En el capítulo anterior asenté las tesis teóricas por las que el marxismo da al traste con este sueño burgués de inmortalidad, que por otra parte ha sido también el deseo de cualquiera de las clases explotadoras, que la Historia se ha encargado de dejar en su lugar.

Como ya expliqué, resolver cuáles son las condiciones materiales, las bases económicas, en que se libra la lucha de clases que decide el destino del socialismo exigía de un paréntesis teórico en el que teníamos que comprender algunos conceptos imprescindibles de la teoría marxista. En este capítulo, una vez asentado quées el modo de producción, las relaciones de producción que los distinguen y las leyes que rigen la sucesión de un modo de producción por otro, se trata de comprender la naturaleza de las «relaciones capitalistas de producción», en definitiva aquellas que la clase obrera tiene que destruir y sustituir por otras para poder conquistar la Democracia.

En el capítulo anterior establecimos qué son las relaciones de producción, según Marx: «En la producción los hombres no se limitan a actuar sobre la naturaleza, sino que actúan los unos sobre los otros. Sólo producen cuando cooperan de un determinado modo e intercambian sus actividades. (É). Las relaciones sociales en que los individuos producen, las relaciones sociales de producción, cambian por tanto, se transforman, al cambiar y desarrollarse los medios materiales de producción, las fuerzas productivas. Las relaciones de producción forman lo que se llaman las relaciones sociales, la sociedad, y concretamente, una sociedad con un determinado grado de desarrollo histórico».

Trabajo asalariado

Ahora se trata de pasar a comprender el carácter de las relaciones de producción capitalista. Éstas son las que se establecen entre el capital por un lado, y el trabajo asalariado por el otro. Ya conocemos que no siempre ha habido trabajo asalariado; ni el esclavo, ni el siervo vendían su fuerza de trabajo a cambio de un salario.

El trabajo asalariado es una relación burguesa de producción, es una relación social que aparece con la industria moderna, cuando la burguesía necesita «hombres libres» a los que comprar su fuerza de trabajo para poner en marcha las máquinas.

La fuerza de trabajo es una mercancía que su propietario, el obrero asalariado, vende al capital. Pero, ¿cómo se establece el precio de esta mercancía? Si queremos comprender cómo se establece el valor y en consecuencia, el precio, de la mercancía «trabajo asalariado», debemos ver cómo funciona esto con las mercancías en general.

¿Qué es lo que determina el precio de una mercancía? Marx nos contesta diciendo que es la competencia entre los compradores y vendedores, la relación entre la demanda y las existencias, la apetencia y la oferta. La competencia que determina el precio de una mercancía tiene tres aspectos; la competencia entre vendedores, que abarata el precio de las mercancías puestas a la venta, la competencia entre compradores, que hace subir el precio de las mercancías puestas a la venta y la competencia entre compradores y vendedores unos quieren comprar lo más barato posible y otros vender lo más caro que puedan.

De cómo se libre esa lucha entre ambos bandos y la lucha intestina que a su vez los recorre, dependerá el alza o la baja de los precios, pero ¿qué quiere decir precios altos o bajos?, ¿qué criterio sirve al burgués para medir su ganancia? El coste de producción de su mercancía. El burgués calculará la baja o la alza de su ganancia de acuerdo a los grados que el valor de cambio adquirido por su mercancía acuse por encima o por debajo del coste de producción.

El precio de una mercancía expresa en dinero la proporción en que otras mercancías se entregan a cambio de ella. Partiendo de estas relaciones, Marx afirma: «Dentro de un determinado periodo, englobando en el cálculo el flujo y reflujo de la industria, puede afirmarse que las mercancías se cambian unas por otras con arreglo a su coste de producción, y su precio se determina consiguientemente por éste. (É) La determinación de precio por el coste de producción equivale a la determinación del tiempo de trabajo socialmente necesario para la producción de una mercancía, pues el coste de producción está formado:
1) por las materias primas y el desgaste de los instrumentos, es decir, por productos industriales cuya fabricación ha costado una determinada cantidad de jornadas de trabajo y que representan, por tanto, una determinada cantidad de tiempo de trabajo, y
2) por trabajo directo, cuya medida la da precisamente el tiempo.

Las mismas leyes que regulan el precio de las mercancías en general regulan, también, naturalmente, el salario, el precio del trabajo». Entonces, ¿cuál es el coste de producción de la fuerza de trabajo?, es lo que cuesta sostener al obrero como tal obrero y educarlo para su oficio. Cuanto menos aprendizaje requiera su oficio menor será el coste de producción de un obrero y por tanto su salario. Pero al igual que al calcular el coste de producción se incluye el desgaste de los instrumentos de trabajo, del mismo modo hay que incluir el coste de producción, de procreación, de los obreros; y todo ello se establece de acuerdo a una condiciones sociales dadas.

El coste de producción de la fuerza de trabajo se cifra por tanto en los gastos de existencia y reproducción del obrero en unas condiciones sociales dadas. El salario así establecido es el salario mínimo, que no rige para cada individuo, sino para la especie. Hay indivíduos que no ganan lo necesario para poder vivir y procrear pero el salario de la clase obrera en conjunto se nivela de acuerdo a estas leyes.

Capital

Pero, si estamos viendo que la fuerza de trabajo es una relación social de producción propia del modo de producción capitalista, según Marx: «También el capital es una relación social de producción, una relación burguesa de producción, una relación de producción de la sociedad burguesa. Los medios de vida, los instrumentos de trabajo, las materias primas que componen el capital, ¿no han sido producidos y acumulados bajo condiciones sociales dadas, bajo determinadas relaciones sociales? El capital está formado por las materias primas, instrumentos de trabajo y medios de vida de todo género que se emplean para producir nuevas materias primas, nuevos instrumentos de trabajo y nuevos medios de vida. Todas estas partes integrantes del capital son hijas del trabajo y nuevos medios de vida. Todas estas partes integrantes del capital son hijas del trabajo, productos del trabajo, trabajo acumulado. El trabajo acumulado que sirve de medio de nueva producción es el capital».

Todos los productos que forman el capital, como nos dice Marx, son mercancías, el capital no es sólo una suma de productos materiales, es una suma de mercancías, de valores de cambio, de magnitudes sociales.

Ahora bien, no toda suma de mercancías es capital. ¿Cómo una suma de mercancías, de valores de cambio, se convierte en capital? Por el hecho de que, en cuanto poder social independiente, es decir, poder de una parte de la sociedad, se conserva y aumenta por medio del intercambio con fuerza de trabajo inmediata, viva. La existencia de una clase que no posee nada más que su capacidad de trabajo es una premisa necesaria para que exista capital.

Como afirma Marx, es el mando del trabajo acumulado sobre el trabajo inmediato, vivo, lo que convierte el trabajo acumulado en capital. El trabajo vivo (la fuerza de trabajo) sirve al trabajo acumulado (capital) como medio para conservar y aumentar su valor de cambio. Un instrumento de trabajo por sí mismo no es capital, es necesario ponerlo en relación, en intercambio con la fuerza de trabajo viva para que éste se transforme en capital, arrancado de esta relación con la fuerza de trabajo, no tiene nada de capital.

¿Y cómo el capital aumenta su valor de cambio?

El obrero adquiere a cambio de su fuerza de trabajo medios de vida, el capitalista adquiere la actividad productora del obrero, la fuerza creadora del obrero con la cual el obrero no sólo repone lo que consume sino que da al trabajo acumulado un mayor valor del que antes poseía, añade un plus al valor del mismo, es decir, añade una plusvalía.

Un obrero de una fábrica de coches, ¿produce solamente coches? No, produce además capital. El obrero ha vendido su fuerza de trabajo intercambiándola por medios de vida que consume de inmediato, el capitalista al comprar la fuerza de trabajo ha adquirido la capacidad reproductora de la misma. El obrero ha vendido 8, 10 o 12 horas de jornada laboral, pero en 4, 5 o 6 horas ya ha reproducido el coste de producción de su fuerza de trabajo, es decir su salario. Sin embargo, el capitalista ha comprado más horas de trabajo del obrero y éste se ve obligado a realizarlas; son estas horas de trabajo que el obrero se ve obligado a ceder gratis la base de la ganancia capitalista.

Cuando el burgués vaya al mercado a intercambiar sus mercancías las venderá según el tiempo de trabajo socialmente necesario para la producción de dichas mercancías, sin embargo el capitalista sólo ha pagado una parte de las mismas, las otras las ha obtenido gratis merced al contrato firmado con el obrero.

Acabar con la explotación

El obrero es la única fuente del valor, la cualidad desu fuerza de trabajo es la de producir más valor; del que necesita para reproducirse socialmente; la plusvalía pertenece al obrero porque es quien la genera, sin embargo se ve expoliado. La misma plusvalía se puede redistribuir de modo que garantice un aceptable nivel de vida o sumiendo a la clase obrera en la miseria, pero la explotación es una relación cualitativa, no cuantitativa.

Cualquier alternativa que no parta de abolir la nueva forma de esclavitud que supone el trabajo asalariado y pretenda establecer exclusivamente el justiprecio de la misma, reproduce y mantiene la explotación capitalista sobre la clase obrera.

La «justa redistribución» de la plusvalía a través del Estado del Bienestar que propone la socialdemocracia ha sido la solución adoptada por las burguesías monopolistas para mantener su explotación en unas condiciones sociales e históricas dadas. En Europa, éstas fueron: el grado de organización y lucha adquirido por la clase obrera europea y la competencia con el socialimperialismo soviético. Cortar el paso a su posible infiltración en los movimientos obreros europeos era una cuestión esencial para los EE UU en su disputa con la ex-URSS para mantener la hegemonía mundial.

Pero por otra parte, abolir la propiedad jurídica de los burgueses sobre los medios de producción no resuelve el problema. Conocemos la experiencia reciente de la antigua Unión Soviética en la que, jurídicamente, no existían propietarios, no existían capitalistas, mientras se sometía a la clase obrera y al conjunto del pueblo a uno de los mayores grados de explotación, opresión y miseria conocidos. Conocer las bases económicas de la lucha de clases que se libra en el socialismo va a ser el objeto del próximo capítulo en este paréntesis ­técnico­ abierto para poder adentrarnos en cómo «conquistar la Democracia a través de la Dictadura de Proletariado».

Beatriz Muñoz.


La conquista de la democracia (VII)
(1998)

Se tiende a pensar que el socialismo implica una base económica nueva en la que se generan nuevos elementos burgueses por la fuerza de la costumbre de la vieja sociedad, porque entre las masas persiste la ideología burguesa (fundamentalmente el individualismo egoísta de la pequeña burguesía) y porque persiste a su vez la vieja división entre el trabajo manual e intelectual (fuente de divisiones sociales de clase), la división entre el campo y la ciudad, la opresión de la mujer, etc.

Estas posiciones, mayoritarias entre los «marxistas», coinciden a su vez en atribuir el origen del fenómeno de la restauración del capitalismo en la antigua URSS y su transformación en una superpotencia imperialista, al cerco capitalista que obligó a la creación de fuerzas armadas poderosas y órganos especiales de seguridad separados de los productores y mantenidos por éstos, aunque estuvieran al servicio de las grandes mayorías. Ésta sería la explicación de por qué en el seno del Estado Soviético se gestó una «burocracia opresora».

Pretendo argumentar, desde los conceptos marxistas asentados en los capítulos anteriores, que estas tesis mayoritarias abandonan el camino de la teoría marxista y desarman al movimiento obrero en la que debe ser su labor principal, su misión histórica de destruir las viejas relaciones de explotación y sustituirlas por nuevas relaciones de colaboración.

¿Es el Socialismo, como afirman, una base económica nueva? ¿Los nuevos elementos burgueses que se generan en el socialismo provienen del viejo egoísmo pequeño burgués que persiste entre las masas? ¿Es la división entre el trabajo manual e intelectual la fuente de las divisiones sociales de clase que se generan en el socialismo? Y en lo referente a la experiencia soviética: ¿Fueron los factores externos el origen de su transformación? ¿Los dirigentes soviéticos eran una «burocracia», o una clase social? Vayamos por partes:

El socialismo n es un nuevo modo de producción

El socialismo, como ya hemos definido, es una sociedad de transición entre el modo de producción capitalista y el comunista, en esta nueva sociedad, el proletariado, a través de su partido, ha tomado el poder del Estado y ha transformado la naturaleza de clase del mismo. Sin embargo la nueva sociedad socialista se ve obligada a convivir con una base económica correspondiente en lo fundamental al modo de producción capitalista, una infraestructura capitalista, que generará sin cesar elementos ideológicos y prácticos propios de la sociedad bueguesa en la superestructura de la sociedad socialista.

¿Por qué, si se ha destruido el Estado burgués, si se han destruido las viejas formas jurídicas de la propiedad capitalista, afirmo que siguen dominando las estructuras económicas fundamentales de la vieja sociedad? Porque las relaciones de clase no se asientan sobre las formas jurídicas de la propiedad, sino sobre las relaciones de producción, y éstas, como hemos demostrado, no son simples relaciones jurídicas de propiedad, simples relaciones entre los hombres, entre «el patrón y el obrero», sino entre los agentes que intervienen en la producción, el lugar que éstos tienen asignados y la relación que guardan con los medios de producción. Aclaremos en primer lugar el término «propiedad».

Propiedad jurídica y propiedad real

La sociedad socialista implica una transformación más o menos radical (dependiendo de la forma política que ésta adopte) en la propiedad: en el caso de la antigua URSS, la abolición de la propiedad privada sobre los medios de producción fue total; en el caso de China y otros países, se respetó la pequeña propiedad porque la revolución fue fruto de una alianza de clases populares. En ambos casos, el nuevo Estado gestionaba la dirección de los principales recursos, es decir detentaba la propiedad real sobre los principales medios de producción.

Es fundamental distinguir entre el derecho de propiedad, es decir, propiedad jurídica y la posesión efectiva, la propiedad real. En la antigua URSS, el derecho a la propiedad estaba suprimido por la Constitución Soviética, pero la propiedad real, es decir, el poder de usar, gozar y disponer de los medios de producción y, por lo tanto, de los productos obtenidos en el proceso de producción, estaba en manos de los cuadros dirigentes instalados en las altas estructuras del Estado. La «burocracia soviética» era en realidad una «burguesía de nuevo tipo» que, a diferencia de la burguesía típica, no coincidían en ella la propiedad jurídica con la propiedad real, una burguesía burocrática de Estado, gestada en el seno mismo del Estado proletario.

Origen de la restauración del capitalismo en la URSS

Resulta evidente que la restauración del capitalismo en la URSS no provino de los elementos de la ideología pequeño burguesa dominantes entre las masas, ya que no hubo una contrarrevolución sino un cambio de naturaleza de clase de las estructuras fundamentales del Estado y del Partido. Por otra parte, afirmar que éstas se transformaron debido al cerco exterior concede a los factores externos la capacidad de cambiar la naturaleza de una contradicción interna y este pensamiento es contrario al marxismo.

El cambio de poder de clase en la antigua URSS se debió al desarrollo que en ésta tuvo la lucha de clases que decide el destino del socialismo, hacia el comunismo, o hacia la restauración del capitalismo. La Dictadura del Proletariado, como afirmó Lenin, es la continuación de la lucha de clases bajo nuevas formas. La base de la lucha de clases que decide el destino del socialismo radica en que las relaciones de producción dominantes siguen siendo las relaciones capitalistas de producción, y esto no sólo sucede en la pequeña o mediana propiedad respetada por las alianzas políticas con otras clases populares, sino en los sectores fundamentales de la economía que pasa a controlar el Estado Popular.

La base económica del socialismo

La Dictadura del Proletariado y la supresión de la forma jurídica de la propiedad privada no bastan para destruir las estructuras fundamentales del modo de producción capitalista; es esta destrucción, y la de las formas y prácticas ideológicas que corresponden a estas estructuras fundamentales el objetivo de la lucha de clases en la fase de la Dictadura del Proletariado.

En el capítulo nº VI veíamos cómo describe Marx las relaciones capitalistas de producción: «el capital presupone el trabajo asalariado y éste el capital. Ambos se condicionan y se engendran recíprocamente. (É) El aumento de capital es, por tanto, aumento del proletariado, de la clase obrera». Marx habla de capital y trabajo asalariado, no de «capitalistas y obreros»; habla de las relaciones entre agentes que intervienen en la producción, no de simples relaciones entre los hombres. La clase de los capitalistas para Marx es aquella que tiene en sus manos el poder sobre el capital, pero éste es definido como una fuerza social independiente.

Marx, al explicar cómo una suma de mercancías se transforma en capital, afirma: «Por el hecho de que, en cuanto a poder social independiente, es decir, en cuanto poder de una parte de la sociedad, se conserva y aumenta por medio del intercambio con fuerza de trabajo inmediata viva». Ni el capital ni el trabajo asalariado como agentes económicos han sufrido modificación alguna en la nueva sociedad socialista, ambos siguen engendrándose recíprocamente, y el capital sigue conservándose y aumentándose al intercambiarse con el trabajo asalariado.

Al contrario de lo que muchos piensan, y extrayendo experiencias de la hecatombe soviética, el Estado socialista debe, para seguir impulsando el desarrollo de las fuerzas productivas, atender a las leyes objetivas que rigen el proceso de acumulación de capital. De no atender a ellas creará graves problemas en el desarrollo de la Revolución y provocará el empobrecimiento de las masas populares. Ésta es una gran contradicción del socialismo: cómo impulsar la Revolución al mismo tiempo que promueve la producción; es decir, cómo se destruyen las relaciones capitalistas de producción al tiempo que se atiende a las leyes objetivas que rigen la acumulación de capital y permiten el desarrollo de las fuerzas productivas. El Estado Socialista pasa a ocupar en los hechos el papel de un «gran capitalista», él es quien tiene la capacidad real de usar, gozar y disponer de los medios de producción y por tanto de los frutos obtenidos, es por esto que la lucha de clases más aguda y decisiva para el destino del socialismo no proviene del «cerco imperialista exterior», sino de la lucha que se libra en las altas esferas del Estado y del Partido entre las vías (o líneas) de restauración del capitalismo y las vías de construcción de socialismo.

En el capítulo nº V, al comprender las leyes que rigen la reproducción de un modo de producción vimos cómo en el modo de producción capitalista, la base económica ocupa no sólo el papel determinante (como en cualquier otro modo de producción) sino también el papel dominante, es decir el papel fundamental para que el modo de producción se siga reproduciendo: ésta es una cuestión esencial para comprender por qué en el socialismo se generan sin cesar las condiciones para la restauración del capitalismo. La presencia del modo de producción capitalista en la base económica del socialismo es el factor determinante en la teoría y en la práctica de la «lucha entre las dos clases» y «entre las dos vías».

Los elementos que la infraestructura genera sin cesar se representarán de forma inevitable en la superestructura, en forma de corrientes primero, y de líneas ideológicas y políticas después, que entrarán en lucha en el Partido por la dirección del Estado y del socialismo. Conocer las diferencias entre las dos vías extrayendo enseñanzas de las experiencias revolucionarias habidas y resolver cómo armar al Partido y a las masas populares para enfrentarse a esta aguda lucha de clases que decide la Conquista de la Democracia será el objeto de los próximos artículos.

Beatriz Muñoz


Sí hay alternativa al capitalismo

«Las revoluciones proletarias se interrumpen constantemente en su propia marcha, vuelven sobre lo que parecía terminado para comenzarlo nuevamente desde el principio, se burlan concienzuda y cruelmente de las indecisiones, de los lados flojos y de la mezquindad de sus primeros intentos, parece que sólo derriban a su adversario para que éste saque de la tierra nuevas fuerzas y vuelva a levantarse más gigantesco ante ellas; retroceden constantemente aterradas ante la ilimitada inmensidad de sus propios fines, hasta que se crea una situación que no permite volverse atrás y las circunstancias mismas gritan: ¡Hic Rodas, hic salta! ¡Aquí está Rodas, salta aquí!».
(Marx. El 18 Brumario de Luis Napoleón Bonaparte)

«Ninguna clase dominante, por todopoderosa que parezca, es capaz de frenar o imponerse al imparable empuje histórico de la humanidad en la dirección de alcanzar cada vez un mayor grado de bienestar material y conquistar cotas de libertad». «El capitalismo no sólo no es «el fin de la historia» sino que, al contrario, como afirmaba Marx «con él se acaba la prehistoria de la humanidad»

El enésimo fin de la historia

Desde la caída del Muro de Berlín, los aparatos ideológicos y de propaganda de los centros de poder mundial de la burguesía monopolista no cesan de difundir, a través de mil formas, la idea de que la humanidad ha llegado al límite histórico de su desarrollo. Que el capitalismo, una vez demostrado en los hechos su superioridad económica y política sobre lo que se conocía como «socialismo» (la URSS), se ha convertido en el último y el menos malo de los modos de producción posibles.

Habríamos llegado, por tanto, al fin de la Historia, al límite máximo de desarrollo posible de la sociedad, en el que ni tan siquiera sería pensable una alternativa global al sistema capitalista, sino tan sólo reformas parciales que ayuden a transformar algunos de sus aspectos manifiestamente mejorables.

Ideas de este cariz, mayoritarias hoy incluso en el seno mismo de la izquierda, no son nuevas en la historia de la humanidad. Todas las clases dominantes, llegados al cénit de su dominación como clase, las han sustentado de uno u otro modo. Igual que los filósofos de Atenas concebían, frente a las sociedades bárbaras, que la forma de organización económica y social de la democracia esclavista de las «polis» griegas era el desarrollo natural de la sociedad. Lo mismo que los escolásticos medievales sostenían que el modo de producción feudal, en tanto que acorde con los designios divinos, era la organización social perfecta y última en el desarrollo de la humanidad, la burguesía pretende hoy que su modo de producción, el capitalismo, descansa sobre leyes económicas verdaderas, eternas e inmutables asentadas en el dictado de la razón.

La burguesía comparte, pues, con todas las clases dominantes que han existido en la historia «la interesada idea de que su régimen de producción y propiedad, obra de condiciones históricas determinadas» es el más perfecto y el último grado posible de desarrollo de la sociedad. También compartirá con ellas, tarde o temprano, su mismo destino: «ser arrojada en el basurero de la historia». Y del mismo modo que el mundo esclavista asistió impotente a su propia decadencia y al advenimiento de una forma más elevada de organización de la producción, el modo de producción feudal, de igual forma que los señores feudales sucumbieron ante la incomparable superioridad de la nueva clase, la burguesía, y el nuevo modo de producción, el capitalista, que se les enfrentaba; también la desaparición de la burguesía, la extinción del capitalismo y su sustitución por el nuevo modo de producción comunista son igualmente inevitables.

El empuje de la humanidad

«Pero el hombre pedía más. La humanidad empujaba misteriosamente a unos cuantos hombres para que abrieran con sus hachas de luz el bosque tupidísimo de la ignorancia».
(F. García Lorca).

La historia de la humanidad es la historia de la inevitable sucesión de unos modos de producción por otros más elevados. El motor de su desarrollo es la lucha de clases. Comunismo primitivo, modo de producción asiático, esclavismo, feudalismo, capitalismo. Los modos de producción se suceden invariablemente en el sentido del progreso material y espiritual de la Humanidad.

El propio desarrollo económico, político, científico, jurídico, religioso, artístico, filosófico o ideológico es el que crea las condiciones materiales en el seno mismo de la sociedad antigua sobre las que empiezan a gestarse nuevas y más avanzadas relaciones sociales de producción. Ésta es una ley inherente, invariable e inevitable, al proceso de desarrollo de las sociedades humanas. De la misma forma que en cualquier manifestación de la vida lo nuevo se gesta en las entrañas de lo viejo y termina reemplazándolo, ninguna clase dominante, por todopoderosa que parezca, es capaz de frenar o imponerse al imparable empuje histórico de la humanidad en la dirección de alcanzar cada vez un mayor grado de bienestar material y conquistar mayores cotas de libertad.

Desde esta perspectiva ­la única posible para aquellos que «afirman que algo en el mundo está completamente equivocado y que los seres humanos podemos cambiarlo»­ el capitalismo no sólo no es «el fin de la historia» sino que, al contrario, como afirmaba Marx «con él se acaba la prehistoria de la humanidad». Y esto es tanto más así cuanto que en su seno se desarrollan las armas que han de ponerle fin: el creciente antagonismo de las contradicciones de clase llegadas a un grado jamás visto, y «los hombres que han de empuñar esas armas»: el proletariado.

Un enérgico principio para el próximo futuro

La extinción inevitable del capitalismo y su sustitución por el modo de producción comunista no es un dogma de fe, ni expresión de un ideal utópico e irrealizable sino consecuencia de las condiciones materiales y espirituales a que ha llegado la humanidad en esta etapa de su progreso histórico.

De un lado, el capitalismo no ha hecho sino simplificar y agudizar el antagonismo de las contradicciones de clase. No sólo es que cada año que pasa millones de brazos, hasta en los últimos rincones del planeta, se unen a las filas de proletariado mientras que la riqueza y la propiedad se concentran cada vez más en menos manos. Al mismo tiempo, en este proceso, la competencia y la lucha entre los países imperialistas y los grupos monopolistas se da en unas magnitudes cada vez más gigantescas mientras crece sin límites la explotación y la opresión imperialistas sobre los países y pueblos del mundo.

La agudización de estas contradicciones que mueven el mundo, y que como el viejo topo horadan la tierra bajo una superficie aparentemente sólida y segura, es la que empuja a las fuerzas revolucionarias, la que hace que «las circunstancias mismas griten Ò¡Aquí está Rodas, salta aquí!Ó», desatando así procesos revolucionarios en cualquier parte del globo. Y de todas las clases revolucionarias en el capitalismo sólo hay una verdaderamente consecuente: el proletariado. La única clase que no tiene nada que defender del actual régimen de producción y propiedad.

A diferencia de otras clases revolucionarias que han existido a lo largo de la historia, como por ejemplo la misma burguesía en su época, el proletariado no puede derrocar el actual orden social sin abolir al mismo tiempo cualquier régimen de propiedad basado en la explotación. Desde este punto de vista, el comunismo no es un ideal abstracto al que los hombres tengan que ajustarse sino consecuencia y expresión del movimiento real de la sociedad y de su interés por pasar «del reino de la necesidad al de la libertad».

«El comunismo es (...) en la próxima evolución histórica, el factor real, necesario de la emancipación y recuperación del hombre. El comunismo es la figura necesaria y el enérgico principio del próximo futuro; pero el comunismo no es como tal la meta del desarrollo humano, la figura de una sociedad humana».
(Marx. Manuscritos de Economía y Filosofía de 1844).

El comunismo, a diferencia de cualquier otro modo de producción que haya existido, no es, no pretende ser «el fin de la historia». Si no, justamente al contrario, «el enérgico principio» de un futuro luminoso en el que, sobre la base de que cada uno sea dueño de su propio destino y responsable del destino colectivo, la humanidad en su conjunto disponga de tanta abundancia material como riqueza espiritual y libertad.

A. Lozano