El motor de la historia es la lucha de clases

Marx encabeza el Manifiesto Comunista con una tesis tajante: el motor de la historia es la lucha de clase. Y lo hace porque esta es la tesis fundamental del marxismo, la que le da su carácter revolucionario y ordena y jerarquiza todos su cuerpo teório.

Aunque prácticamente todas las tesis del marxismo son hoy cuestionadas, esta, la de colocar la lucha de clases en un papel dirigente, es la más atacada, considerándola por el pensamiento dominante en la izquierda como un “reduccionismo” o un “exceso dogmático”.

¿Lucha de clases o “múltiples conflictos”?

No es casual que el Manifiesto Comunista, la presentación pública de la posición y el programa de los comunistas, comience como lo hace.

Sus primeras frases son tajantes: “toda la historia de las sociedades humanas hasta nuestros días es una historia de lucha de clases. Libres y esclavos, patricios y plebeyos, barones y siervos de la gleba, maestros y oficiales; en una palabra, opresores y oprimidos, frente a frente siempre, empeñados en una lucha ininterrumpida, velada unas veces, y otras franca y abierta, en una lucha que conduce en cada etapa a la transformación revolucionaria de todo el régimen social o al exterminio de ambas clases beligerantes”.

Así nace el marxismo. Colocando en el puesto de mando la lucha de clases como motor de la historia. Si no se hace así, en realidad se está tergiversando el marxismo hasta convertirlo en su contrario.

Es lo que se hace cuando desde algunos sectores de la izquierda nos dicen que el marxismo lo basa todo en el desarrollo económico, conduciendo a un “determinismo” donde las cosas suceden de forma “inexorable”.

No es verdad. Ese economicismo nada tiene que ver con el marxismo, que siempre ha colocado la lucha de clases, y no el desarrollo de las fuerzas productivas, como motor de la historia.

Pero esta tesis fundamental del marxismo está totalmente cuestionada por el pensamiento hoy dominante en la izquierda.

En su libro “Hegemonía y estrategia socialista” Ernesto Laclau (teórico del “postmarxismo” e inspirador de buena parte de las tesis hoy defendidas por la dirección de Podemos) afirma que “vivimos en un tiempo postmarxista. Que nos obliga a deconstruir la noción misma de clase social. (…) La noción fundamental de que el antagonismo crucial en la sociedad es la lucha de clase ha sido sobrepasado por una multiplicidad de antagonismos, plasmados en los diferentes movimientos de emancipación de los excluidos”.

Dos concepciones del mundo

Lo que se enfrentan, en torno a negar o afirmar la primacía de la lucha de clases, son dos concepciones del mundo antagónicas.

Tal y como plantea Lenin en Tres fuentes y tres partes integrantes del marxismo, “el materialismo histórico de Marx es una enorme conquista del pensamiento científico. Al caos y la arbitrariedad que imperan hasta entonces en los puntos de vista sobre historia y política, sucedió una teoría científica asombrosamente completa y armónica, que muestra cómo, en virtud del desarrollo de las fuerzas productivas, de un sistema de vida social surge otro más elevado; cómo del feudalismo, por ejemplo, nace el capitalismo. (…) El genio de Marx consiste en haber sido el primero en deducir de ello la conclusión que enseña la historia del mundo y en aplicar consecuentemente esas lecciones. La conclusión a que llegó es la doctrina de la lucha de clases”.

Lo que se enfrentan son dos concepciones del mundo antagónicas, el materialismo revolucionario del marxismo y el idealismo y humanismo burgués

El marxismo busca conocer las leyes objetivas que rigen la historia para transformarla al servicio de los intereses de los explotados y oprimidos. Mientras que al negar la validez de la tesis científica de que el motor de la historia es la lucha de clases, se nos propone una auténtica regresión histórica en el conocimiento, comparable a si algún físico cuestionara a Newton para retornar a Aristóteles. Basada, frente al materialismo revolucionario que supone el marxismo, en el idealismo y el humanismo burgués, que persigue siempre ocultar el poder de las clases dominantes y el antagonismo de su dominio.

Las consecuencias de partir de una u otra posición las plantea tajantemente Lenin cuando afirma que “los hombres han sido siempre, en política, víctimas necias del engaño ajeno y propio, y lo seguirán siendo mientras no aprendan a descubrir detrás de todas las frases, declaraciones y promesas morales, religiosas, políticas y sociales, los intereses de una u otra clase. Los que abogan por reformas y mejoras se verán siempre burlados por los defensores de lo viejo mientras no comprendan que toda institución vieja, por bárbara y podrida que parezca, se sostiene por la fuerza de determinadas clases dominantes. Y para vencer la resistencia de esas clases, sólo hay un medio: encontrar en la misma sociedad que nos rodea, las fuerzas que pueden — y, por su situación social, deben — constituir la fuerza capaz de barrer lo viejo y crear lo nuevo, y educar y organizar a esas fuerzas para la lucha”.

No olvidarse nunca de la lucha de clases

Al iniciarse la Revolución Cultural Proletaria en China, Mao Tse Tung lanza una consigna de masas: “No olvidarse nunca de la lucha de clases”. Colocando, como hicieron Marx y Lenin, la lucha de clases en el papel dirigente, también dentro de una sociedad socialista.

¿Qué queremos decir los marxistas cuando afirmamos que el motor de la historia es la lucha de clases?

Se trata de toda una concepción del mundo, asentada sobre la más importante tesis científica del materialismo histórico.

En “Sobre la práctica”, Mao Tse Tung expone de forma sencilla y clara la posición materialista y revolucionaria del marxismo:

Ante todo, los marxistas consideran que la actividad del hombre en la producción es su actividad práctica más fundamental, la que determina todas sus demás actividades. (…) En una sociedad sin clases, cada individuo, como miembro de la sociedad, uniendo sus esfuerzos a los de los demás miembros y entrando con ellos en determinadas relaciones de producción, se dedica a la producción para satisfacer las necesidades materiales del hombre. En todas las sociedades de clases, los miembros de las diferentes clases sociales, entrando también, de una u otra manera, en determinadas relaciones de producción, se dedican a la producción, destinada a satisfacer las necesidades materiales del hombre. (…)

La práctica social del hombre no se reduce a su actividad en la producción, sino que tiene muchas otras formas: la lucha de clases, la vida política, las actividades científicas y artísticas; en resumen, el hombre, como ser social, participa en todos los dominios de la vida práctica de la sociedad. Por lo tanto, va conociendo en diverso grado las diferentes relaciones entre los hombres no sólo a través de la vida material, sino también a través de la vida política y la vida cultural (ambas estrechamente ligadas a la vida material). De estas otras formas de la práctica social, la lucha de clases en sus diversas manifestaciones ejerce, en particular, una influencia profunda sobre el desarrollo del conocimiento humano. En la sociedad de clases, cada persona existe como miembro de una determinada clase, y todas las ideas, sin excepción, llevan su sello de clase”.

El valor de una s

Ernesto Laclau, cuyas tesis dirigen hoy en buena medida el pensamiento de la izquierda, habla de “lucha de clase” y no de “lucha de clases”. Solo hay una “s” de diferencia. Pero ya Lenin nos advirtió que “en cuestiones de matiz se decide el destino de la revolución”. Pues bien, en colocar o borrar esa “s” hay dos concepciones radicalmente enfrentadas.

Así sucede cuando Laclau planea que “demostrar que las relaciones capitalistas de producción son intrínsecamente antagónicas implica entonces, demostrar que el antagonismo emerge lógicamente de la relación entre el comprador y el vendedor de fuerza de trabajo. Pero, precisamente, esto no puede ser demostrado (…) sólo si los trabajadores se resisten a esta extracción [de plusvalía] la relación se vuelve antagónica; no hay nada en la categoría de “vendedor de fuerza de trabajo” que sugiera tal resistencia como conclusión lógica.

Es decir, para Laclau no existe antagonismo en la explotación capitalista si el proletariado “no se resiste”. Y solo existe “lucha de clase” (enfrentandose a la lucha de clases “ ininterrumpida, velada unas veces, y otras franca y abierta” de la que habla Marx en el Manifiesto Comunista) cuando las clases se enfrentan, en una lucha sindical o en una batalla política.

Partir de la posición de que la lucha de clases es el motor de la historia nos enfrenta a un mundo dividido en clases con intereses irreconciliables, donde todos debemos tomar partido

En “Para una crítica a la práctica teórica. Respuesta a John Lewis”, el filosofo marxista Louis Althusser ya combatía estas concepciones, antagónicas con el marxismo y propias del reformismo:

Es necesario ver que esta Tesis [el motor de la historia es la lucha de clases] es decisiva para el marxismo leninismo. Puesto que traza una línea de demarcación radical entre los revolucionarios y los reformistas.

(…) Para el reformista, las clases existen antes de la lucha de clases, un poco como dos equipos de rugby existen, cada uno por su lado, antes del encuentro.

Cada clase existe en su propio campo, vive en sus propias condiciones de existencia; una clase puede incluso explotar a la otra, pero eso no es todavía la lucha de clases. Un día, las dos clases se encuentran y se enfrentan, y sólo entonces comienza la lucha de clases. (…)

Por el contrario, para los revolucionarios no es posible separar las clases de la lucha de clases. La lucha de clases y la existencia de clases son una sola y misma cosa. Para que en una “sociedad” haya clases es necesario que la sociedad esté dividida en clases; tal división no se hace a posteriori, pues lo que constituye la división en clases es la explotación de una clase por la otra, o sea la lucha de clases. Porque la explotación es ya lucha de clase. Para comprender entonces la división en clases, la existencia y la naturaleza de las clases, es necesario partir de la lucha de clases. Por lo tanto es preciso colocar la lucha de clases en el primer rango”.

Tomar partido

Esta es una discusión teórica, por supuesto, pero que tiene una importancia práctica decisiva.

Partir de la posición de que la lucha de clases es el motor de la historia nos enfrenta a un mundo dividido en clases con intereses irreconciliables, desvelando el dominio y la explotación de la clase dominante.

Lo que nos obliga a tener que tomar partido, puesto que en una sociedad de clases no se puede adoptar una postura “imparcial”. Nos empuja a la necesidad de tomar una posición por la clase explotada, el proletariado, y por los objetivos revolucionarios de acabar con la explotación capitalista y el dominio político de la burguesía.

Por el contrario al negar que la lucha de clases es el motor de la historia, se subvierte la realidad de un mundo dividido en clases, ocultando el poder de la clase dominante y borrando el antagonismo de su dominio y de su explotación. Orientando a todos los revolucionarios hacia la confusión de “combatir todas las injusticias”, impidiendo su organización para golpear el poder de la clase dominante con el objetivo de derrocarlo.

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